Media Cuartilla

Los primeros de mi familia

Mi bisabuelo fue un señor alto, de esos flacos que tienen los músculos definidos, como más tarde llegó a ser mi abuelo, uno de mis tíos y tres de mis primos. Era negociante. Allá, a inicios del S.XX, viajaba de León a Granada y de Granada a San Carlos, y de ahí a San Miguelito. Después emigró a Costa Rica y dicen que tenía una gran miscelánea.

Se llamaba Filiberto Núñez Matute y fue el padre de tres: Inés, María y Carlos Núñez López. Este último estuvo interno en un hospicio, aprendió el oficio de la carpintería, luego el de la ebanistería y más tarde se casó con mi abueli, una vecina suya del barrio Zaragoza, en León. Aunque llegó a sexto grado, tenía el hábito por la lectura y acostumbraba, entre otros, a leer Selecciones del Readers Digest. Murió joven, dejando huérfanos a ocho cipotes. Este año cumpliría cien.

Según mis tías, mi abuelito fue un señor exigente que las corregía al hablar. “No se dice haiga”, les indicaba, y a veces las castigaba pegándoles, pero solo en las canillas. Mi mamá, la menor de los ocho, no llegó a conocerlo, pues a su muerte apenas tenía dos años.

Mi abueli se llama Matilde porque cuando nació, el almanaque rezaba el día de Santa Matilde, quien según leí por ahí fue una reina en Alemania que tuvo un “matrimonio excepcionalmente feliz”, quedó viuda y fue muy caritativa.

Su mamá, mi bisabuela Mercedes, una doña a quien recuerdo flaquita, sin dientes y con el pelo blanco y mal recogido en una moña, la registró como Raymunda Matilde. Tuvo dos hermanas: Mercedes y Modesta, y un hermano: Antonio. La tía Mercha es la historiadora de la familia y con 98 años sigue teniendo un gran sentido del humor y amor por la vida.

Estando en cuarto grado mi abueli se enfermó gravemente y no regresó a la escuela.

Tanto mi abuelito como mi abueli continuaron la costumbre de nombrar a sus hijos según rezaba el almanaque, así a mi pobre tía Alma la llamaron Francisca y a mi tío René, le encaramaron Santos. Con mi mami se ensañaron, ella por mucho tiempo cargó con cuatro nombres, entre ellos Petrona. Lo que sí hay que decir es que ambos salieron a veces de la regla y nombraron a sus hijos con nombres de actrices y de actores. Dicen que mi bisabuela Mercedes fue campeona para cambiar los nombres estando frente a la registradora, pero ese es otro cuento.

En 2012, cuando celebramos el cumpleaños de mi abueli. Ya ella no se pinta sola. Lo hace mi mami cada tarde, a las 5:00 en punto.
En 2012, cuando celebramos el cumpleaños de mi abueli. Ya ella no se pinta sola. Lo hace mi mami cada tarde, a las 5:00 en punto. (Denle click para agrandarla)

“La Tila”, como llamaban sus cuñadas a mi abueli, tuvo un tramo en el mercado central de León, en el que vendía ropa. También tuvo una refresquería: vendía bebidas endulzadas con miel. Estaba embarazada de su sexto hijo, mi tío Carlos, cuando el mercado se quemó y en la casa entró la calamidad. Intentó levantar la tienda pero no pudo, así que se dedicó a vender suspiros (en Managua, que le cambian el nombre a todo, le dicen “espumilla”) y pan. Compraba telitas baratas ya armadas, les ponía los elásticos y las convertía en calzones.

Cuando la mayor de sus hijas, mi tía Milena, se vino a Managua para estudiar contaduría en la Nacional de Comercio, ella viajaba para vender pan en Santa Ana. Me cuentan que en las fiestas patronales de El Sauce, viajaba con mis tíos y vendía raspados, pan y gaseosas. En ese entonces mi mami aún estaba chiquita.

Yo no llegué nunca a comer el pan que hacía mi abueli pero sí me tocó beber el aceite de cusuco y el de hígado de bacalao que, según ella, ayudaría a mejorar mi sistema respiratorio. Siento deseos de vomitar con solo acordarme.

Ella es la persona con más autoridad que he conocido en mi vida. La única capaz de hacer que toda una familia (tres hijos, cinco hijas, siete nietas, nueve nietos, nuera y exnueras) le deban absoluto respeto y obediencia. Con noventa y seis años y pocas energías sigue sin subordinarse a nosotros. Su capacidad de resiliencia es tal, que ha sobrevivido a la muerte de tres hijos, de su mamá y a la embestida de un perro negro que la botó y le fracturó la pelvis veinticinco años atrás.

Mi mamá es la menor de las hijas de mi abueli y aunque fue la única que no debió trabajar siendo una chavala, se vio más tarde con cuatro hijos y un esposo ausente. Para su suerte tuvo a mis tíos, a mis tías y a mi abueli.
(Otro día les contaré eso)

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