Media Cuartilla

El periodismo me regaló un abuelo

El periodismo me regaló un abuelo.

A los cuatro años él dejó de caminar. Se quedó tullido. Su hermano mayor lo tuvo que llevar cargado por casi seis meses donde una vecina que le regalaba a diario un vaso de leche de cabra y así pudo andar de nuevo. Lo llamaron Onofre, como su papá y su bisabuelo. Tiene ya 86 años y nunca le han gustado los santos. Le daban miedo, me contó hace poco. Él ahora cree que ese es el origen de su nula creencia religiosa.

Se convirtió en mi pariente por decisión propia. Un día, no sé cuál, me adoptó como su nieta y hasta la fecha yo lo he asumido con orgullo. Siempre dice que padece de cuatro enfermedades. Recuerdo que solía repetírmelo antes de salir del periódico a tomar el bus en la calle marginal. Lo decía carcajeándose: estoy viejo, soy pobre, ando a pie y vivo largo.

Escribir estas líneas es complicado porque ahora que lo pienso, no hay nadie que haya señalado más mis errores que él. Si encuentro un correo suyo en la bandeja de entrada intuyo que algún error fue publicado bajo mi nombre. Ahorita me puse a buscar sus correos y entre tantos encontré este de 2012: “En esa página de buena lectura hay un error de la entrevistada, pero que vos pudiste corregir y no lo hiciste: ‘…muchos quieren encajar en esta sociedad a como dé lugar…’. Esa preposición a, antes del adverbio como (‘a como’), es inadmisible en español: es un error. Basta decir: quieren encajar en esta sociedad como dé lugar. Abrazos del abuelo necio”.

El abuelo necio ya era una leyenda cuando lo conocí. Había leído un libro suyo en la UCA —¿Cómo dice que dijo?— y también sus columnas. Sabía que había sido sindicalista y que es autodidacta. Un día de estos me fui a visitarlo y le pedí que me contara más sobre él. Nos sentamos afuera de su casa, en San Judas. Yo sosteniendo un calachero en las piernas —grabadora, bolso, libreta y lápiz— y él un ejemplar de Gente de Gallos y otro de El Quijote. El libro, ya malmatado y amarillento, fue obsequio de uno de sus hijos fallecidos en la guerra. Lo ha leído unas cuatro veces me contó ese día.

Con su típica ironía bromeó sobre el nombre de mi blog y dijo que aquí no alcanzaría toda su vida porque son más de 80 años y esto apenas es media cuartilla. Tiene razón. Solo que olvidó que apenas una vez he podido hacerle honor al nombre del blog.

Mi abuelo es una autoridad en esto de escribir, pero lo que pocos saben es que entró a una escuelita estando ya grande. En la escuelita de doña María, aquí en Managua, aprendió sus primeras letras. “En esa época las familias pobres acostumbraban forrar los biombos de las casas con revistas y periódicos. En esos días que estaba aprendiendo a leer me fijaba en las letras de los periódicos y de las revistas y comencé a formar palabras leyendo en el biombo de la casa. Después de eso aprendí a cancanear”.

Hasta a los 12 años entró a una escuela formal. “No leía bien pero conocía las letras, pasé el primer grado y el segundo, pero por circunstancias del trabajo mi viejo tuvo que regresar a Nandaime y con él nos regresamos los más pequeños. Ahí me metieron a la escuela pública y no recuerdo haber pasado el tercer grado. Le agarré un terror a la escuela por las lecciones de memoria. Le tenía terror a las lecciones de memoria y eso me aplazó. Eso me creó aversión a la escuela”. Esto último me parece raro en él porque suele recordar todo con gran precisión. Pero sigo: como no quiso regresar a la escuela su hermano mayor se lo llevó a trabajar en una zapatería y así se hizo zapatero. Siendo zapatero se hizo sindicalista y eso lo llevó a hacerse un gran lector.

“Como era asiduo asistente a las asambleas me nombraron secretario juvenil. Yo sin saber nada comencé a relacionarme con dirigentes que tenían cursos de formación política y sindical, y así me fui metiendo a la lectura, leía todo lo que me iba cayendo en las manos y muchos libros de literatura marxista…”, recordó.

Después lo nombraron secretario de Actas y de Acuerdo. Esa, asegura, fue su escuela de redacción de crónicas. “Y ahí sin darme cuenta aprendí a redactar, nunca había redactado… No me daba cuenta que estaba aprendiendo a redactar haciendo actas y pasé años en eso…”.

El abuelo ha sido de todo: editorialista, diputado, corrector, papá y es minucioso en lo que hace. La otra vez le pedí su currículum y después de su nombre decía esto: “Sin estudios académicos (autodidacto)”. Luego indicaba las funciones que ha desempeñado: obrero zapatero (1944 a 1962, y de 1969 a 1979); editor de los semanarios Orientación Popular y Tribuna (1962 a 1969); estudios políticos en la ex Unión Soviética (1945-1966); editor de la página editorial, articulista y columnista del diario Barricada (1980-1994); representante del FSLN en el Consejo de Estado (1981-1984); representante (diputado) del FSLN en la Asamblea Nacional (1985-1991); articulista y columnista de El Nuevo Diario (1995-2012); y columnista de Confidencial digital (desde 2012).

Pero sobre todo, y esto se lo agrego yo, ha sido un hombre íntegro. No sé qué error habré cometido al escribir todo esto, abuelo. En todo caso, esperaré su correo para hacerle las debidas correcciones.

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