Media Cuartilla

Lo que el güegüe me enseñó

Poco después de accidentarme junto con mi tía Mirna aquel 6 de enero de 1990 recibí un regalo: el cuento infantil Un güegüe me contó. Me lo llevó alguien que llegó a visitar a mi abueli a León después de la muerte de mi tía. Antes de escribir esto le pregunté a mi mamá quien había sido. Dijo que María Hamlin. «Era amiga de Mirna», añadió.

Los meses posteriores a la muerte de mi tía me atribulé con pensamientos nada típicos en una niña de cinco años. Nadie había podido explicarme bien cómo es que ella había muerto.

Las pocas preguntas que hice entonces no pudieron ser respondidas. Creo que entonces asenté algunos rasgos muy característicos en mi personalidad. En esos momentos de silencio encontré paz en el libro. Me intrigaban los cuerpos desnudos de las personas ahí retratadas, sonreía viendo cómo le colgaban las chichas a las mujeres ilustradas. Volteaba las páginas y me quedaba ida frente a las huellas pintadas en las páginas del libro —las huellas de Acahualinca—.

«Un día malo, hace ya como quinientos años,

hombres de casco y coraza, encaramados en caballos,

con armas de hierro que volaban pólvora,

llegaron a Nicaragua para robar el oro de los templos

y el de los brazaletes…».

Extracto de Un güegüe me contó

Unos años atrás fui a entrevistar a María López Vigil a su oficina en Nitlapán y me encontré con el libro expuesto en una vitrina ubicada en la recepción, ¡qué gran alegría fue aquella! Yo me sabía única por haber tenido ese libro. Pensaba que solo yo lo tenía. Supe hasta ese momento que mi entrevistada era además su autora y con gran entusiasmo le conté que el libro había sido algo así como una fuente de tranquilidad para mí. Con pena le confesé que nunca lo había leído.

No lo leí cuando estaba pequeña y hasta ahora no sé por qué. Aún adolescente acudí en muchas ocasiones al libro. Me daba tranquilidad ver las imágenes. En un arrebato de amor se lo regalé a mis sobrinos mayores, Mirna y Luis. Supuse entonces que el libro tendría en ellos el mismo efecto que en mí. Hace unos años se lo compré y regalé al tercer hijo de mi hermano, Enmanuel, y hasta entonces lo leí. Hace unos días lo volví a comprar, pero esta vez para mí. Recobré esa parte de mi infancia.

Esta introducción no debería tratarse de mí sino de Nivio López Vigil, hermano de María, ilustrador de sus cuentos y quien con sus dibujos marcó de alguna forma mi infancia.

Lo conocí hace poco por skype. Es un arqueólogo y vive en Madrid. Le conté que sus ilustraciones me hicieron feliz y volví con la misma historia: nunca leí el libro. Él me dispensó. Dijo que los niños también leen los cuentos de esa forma: viendo las imágenes.

Nivio se llama así por su papá. Es el más pequeño de los hermanos, me contó María. «Sus hermanos pedimos ponerle el segundo nombre y le pusimos Alberto, pero jamás nadie, ni él tampoco, se reconoció en el Alberto, sino en el Nivio…», recordó.

Ha ilustrado más de una decena de cuentos infantiles, muchos de estos escritos por su hermana. En 2006 ilustró El Quijote. Ese es uno de sus grandes orgullos.

El proceso de ilustración y escritura se realiza en paralelo, me explicó. «El trabajo de ilustración siempre es una apuesta desde la mesa de dibujo. Imaginas el público al que va. No frecuentemente tienes la oportunidad de enfrentarte al público infantil para ver su reacción», contó Nivio.

NIVIO
Nivio López Vigil

Insistió en que tiene un especial cariño por Nicaragua. Por la edad no realiza arqueología de campo. Por placer se dedica a enseñar en el Museo Arqueológico de Madrid. Uno de sus gustos es asomarse al pasado. «Pero de una manera distinta y sobre todo de una manera que genere pensamiento crítico».

Los dos están craneando otro gran proyecto. Otro que seguro le cambiará la vida a algún niño o niña.

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