Media Cuartilla

«El modelo de madre que se fomenta exige que las mujeres renuncien a todo o a casi todo»

A mi edad, 32 años, mi madre ya tenía cuatro hijos. En los años ochenta y noventa ella se la pasó revisando tareas, haciendo malabares con su escuálido salario, yendo a reuniones en las escuelas y acompañándonos a citas médicas. Estudió durante cinco años una carrera universitaria y nunca se volvió a casar. No la recuerdo trasnochando, a menos que fuese porque estaba estudiando, ni permitiéndose lujos. Estoy convencida que hubiese sido más exitosa de lo que es hoy si no hubiese dedicado más de la mitad de su vida a criarnos. Seguramente también tendría dinero, bienes, qué sé yo.

Veo a mi madre y su sacrificio y me pregunto si quiero eso para mí. En ocasiones la respuesta es sí (porque tiene buenos hijxs) y en otras, la mayoría, es no. No quiero desvelarme por un bebé, tampoco quiero que mi cuerpo cambie por un embarazo, no quiero dejar de disponer de mi tiempo y empezar a velar por alguien más. No quiero pensar en qué escuela estudiará, cuántos idiomas deberá aprender ni en qué mundo vivirá.

Hay circunstancias, en cambio, en las que me pregunto qué será de mí cuando llegue a los 50 o 60, si acaso llego, y entonces me convenzo en que sí debo ser madre. Esto, como lo explica más adelante la socióloga y feminista María Teresa Blandón, tiene que ver con la desolación femenina.

Empecé esta entrada tras leer la investigación de Milagros Romero titulada Maternidades feministas: experiencias y reflexiones en construcción, en la que analiza las implicaciones que tiene la maternidad para jóvenes feministas y qué influencia tiene el feminismo en el ejercicio de la maternidad.

Milagros Romero apunta en su investigación que “esa tarea de cuidar, criar, educar, atender necesidades y llevar a la vida adulta a otro ser humano no debe ser solo tarea de las mujeres, pero en vista de lo bien que le cae al patriarcado que así sea, toda la sociedad se ha acomodado para que esto no cambie”.

Agrega que “esa exclusividad y sobrecarga de tareas no solo recaen en las mujeres madres no feministas, se trata de una realidad en la que todas estamos”.

Pensé en que hablar sobre la investigación no sería suficiente si no entrevistaba a alguien que haya problematizado el tema de la maternidad, así que busqué a María Teresa Blandón, quien explicará detalladamente por qué se cuestionan los fundamentos de la maternidad, el exigente modelo de madre que predomina, la presión social alrededor del tema y cómo medimos con una vara a los padres y con otra a las madres.

Como no hay una única razón por la que las mujeres son madres, entrevisté a mujeres de distintas edades y segmentos socioeconómicos para que cuenten por qué decidieron ser mamás (ver video).

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María Teresa Blandón.

Entrevista a María Teresa Blandón

¿En qué momento se empieza a problematizar la maternidad?

Para empezar no hay una postura única dentro del feminismo respecto de la maternidad. Han habido distintas posturas, y hoy por hoy te puedo decir que el discurso feminista sobre la maternidad probablemente no se parece mucho al discurso que tienen las feministas árabes. Hay distintas miradas, incluso en el propio mundo occidental no hay una mirada común, hay autoras europeas y norteamericanas que han exaltado la maternidad como una forma de poder de las mujeres y como una forma de crear vínculos distintos entre mujeres que podrían constituirse en un profundo muro contras las opresiones, contra la violencia y el machismo.

Estas mujeres dicen: las mujeres debemos recuperar esa dimensión sagrada de nuestro cuerpo, de nuestra capacidad de dar vida en un sentido simbólico, afectivo y cultural, pero para eso dicen las feministas de la diferencia, tenemos que cuestionarnos todas las nociones patriarcales que han sido construidas en torno a la maternidad.

Grosso modo este fue durante la década de los 70 y 80 el planteamiento del feminismo de la diferencia. El feminismo de la igualdad, por su parte, coloca más la mirada en esta idea de que la maternidad es patriarcal, de que no responde al deseo de las mujeres, que ha sido construida como una forma para oprimir a las mujeres y relegarlas al ámbito de lo privado, este feminismo pone en cuestión el propio deseo de la maternidad. Es un deseo que se va construyendo desde la infancia, nos van enseñando el deseo de la maternidad.

¿En qué se diferencian estos discursos según la zona geográfica?

El feminismo que cuestiona la maternidad como una forma de opresión ha estado más presente en el feminismo occidental, estoy simplificando, pero creo que en todas las latitudes del mundo ha habido una mayor problematización de la maternidad que por un lado la reconoce así como la vivimos ahora, como un producto del patriarcado, pero también reconoce que es posible construir, aunque con muchas dificultades, otras nociones de la maternidad y del maternaje que no esté anclado o que no contribuya al sometimiento de las mujeres.

¿De qué forma se le puede explicar a una mujer que hasta ahora continúa viendo la maternidad de la forma más romántica, que esta está basada en nociones patriarcales?

A veces las mujeres salen embarazadas y se convierten en madres no porque haya un deseo visible, claro, sino porque hay una presión social que cada vez empieza más tempranamente, eso es lo primero. Lo segundo: hay mujeres que salen embarazadas por situaciones fortuitas, por presión de los maridos, hay mujeres que salen embarazadas producto de la violencia. Muchísimas mujeres han terminado aceptando el embarazo más por culpa que por deseo, por miedo a la sanción moral y a la sanción religiosa.

Luego viene lo otro que es profundamente gravísimo: ¿cuál es el modelo de madre que se fomenta en estas sociedades profundamente patriarcales? Es un modelo súper exigente, que le exige eso a las mujeres y no a los hombres en su condición de padres que renuncien a todo o casi a todo, que dejen de ser todo lo que eran para convertirse en madres, y ese convertirse en madre consiste en dejar de ser, colocar tus energías, vida, fuerza en función de garantizar el bienestar de otras personas.

¿Dónde está la marca sexista y también neoliberal? Que ni el estado ni el mercado asumen compromisos con la reproducción de la vida y muchos hombres sabemos que se van, que no pagan la pensión, que maltratan a la esposa, que en el mejor de los casos solo son proveedores económicos, pero que el resto le toca a las mujeres. Entonces esto es lo que dice el feminismo: aquí hay una doble moral espantosa, por un lado exaltan la maternidad como el hecho más maravilloso y la mayor fuente de realización y de felicidad de las mujeres, pero por otro lado la realidad dice lo contrario, que las mujeres ejercen esta función social llamada maternidad en condiciones de absoluta desventaja, de mucho sacrificio y de mucha renuncia.

Los hombres, la mayor parte, siguen colocados en esta estrecha idea de que su responsabilidad más importante es la de ser proveedores y figuras de autoridad, pero todo lo que es realmente el trabajo de cuidado, y no solo lavar, planchar, cocinar, dar de comer, la comunicación, el afecto, la socialización, que es parte del cuidado vital, sigue siendo asignado a las mujeres.

Hablemos de la maternidad como un acto de sacrificio

El tema de la maternidad sacrificial tiene en el caso de occidente una marcada impronta religiosa, en el relato cristiano el modelo de madre es la virgen María y la virgen acompañó a su hijo Jesús hasta las ultimas consecuencias. Trató de aliviarle en su propio martirologio, incluso después de muerto asumió el legado del hijo. Es madre pero se convierte en hija de Jesús para seguir su legado.

María es pura, para que sea una figura creíble y estar a la altura de la dimensión de su hijo, renuncia a cualquier dimensión corporal, sexual, erótica. La maternidad como el sentido de la vida de las mujeres está sintetizada en la imagen de María.

María buena, María sin sexo, María como el arquetipo no de la mujer sino de la madre y de la buena madre.

Aunque no hayamos analizado muy sofisticadamente el relato lo tenemos muy incorporado y hay una serie de rituales, ese modelo de madre es el que celebra la sociedad. Si ves las canciones del 30 de mayo, lo que dicen es que esta madre es buena porque lo dejó todo por mi, las canciones de Jaramillo son absolutamente expresivas de este arquetipo de madre sacrificada.

Ese arquetipo está en la madre y también en los hijos, que quieren tener una buena madre y esa buena madre no es la que disfruta, no es la que goza, no es la que se realiza, es la que se sacrifica, la que renuncia, la que lo da todo. Hay una idea pervertida de la maternidad. Las madres quieren acercarse lo más que pueden a ese modelo sacrificial y hay hijos que lo exigen.

Ese esquema es perverso porque por un lado somete a las madres y sin quererlo, nos convierte a los hijos e hijas en una especie de dictadores y en una suerte de explotadores, no solo en el sentido literal, sino emocional porque si aquella madre no nos da todo, pues le pasamos la factura y hay muchos hijos e hijas que llegan a viejos pasándole la factura porque consideran que no se sacrificó como debía.

Este no es el mismo relato para el padre. Al padre lo tratamos con más consideración, le perdonamos sus ausencias, nos da poco y como no esperamos demasiado, con poco que nos dé estamos súper agradecidos. La vara moral con la que medimos a los padres y a las madres es completamente desigual.

Hay mujeres que postergan la maternidad pero luego piensan en que si no son madres vivirán una vejez infeliz y sola.

Volvemos a confirmar lo mismo, por un lado hay mucha presión y la presión tiene un efecto: el efecto que tiene es que no podés prescindir de esa expectativa, la llevés a cabo más temprano o más tarde, la presión social cumple un papel importantísimo como sistema de control para que cumplas con el mandato de la maternidad.

Puedo pelearme con quien me lo diga pero me recuerda que yo como mujer tengo un pendiente, que no es solo con mi propia vida sino con mi familia y con la sociedad, el pendiente de cuándo voy a ser madre. Es como si tenemos que rendir cuentas de hecho a la sociedad por lo que hacemos con esta dimensión reproductiva.

Esa es una cosa, la otra es que cuando no hemos tenido posibilidades de reflexionar y no hemos tenido discursos alternativos y nuestra capacidad para resistir ha estado muy doblegada, pues entonces nos podemos someter fácilmente. Decimos: si soy mujer y todas tenemos útero y podemos ser madres, ¿por qué yo no?

«Es como si tenemos que rendir cuentas de hecho a la sociedad por lo que hacemos con esta dimensión reproductiva».

Lo que decís está asociado a esto que algunas autoras han llamado la desolación femenina. Marcela Lagarde hace una diferencia entre soledad y desolación. Dice que el problema con las mujeres es que hemos sido educadas para convertirnos en seres desolados, en el sentido que nuestra propia vida no tiene sentido sino es a través de la mirada de los otros, si no es a través del trabajo de cuidar de otros seres humanos, y eso ya es un aprendizaje que lo tenemos desde la infancia.

A ese estado de desolación es que responde esta idea de que si no tengo un hijo, voy a ser vieja y voy a estar sola, voy a ser vieja y no voy a tener quien me cuide, voy a ser vieja y no voy a tener, como se dice en el lenguaje popular, ni quien me pase ni un vaso de agua.

¿Eso qué te está diciendo? Que las mujeres sí entendemos que en esta sociedad vamos a correr muchos riesgos de abandono, de desamor y que esos riesgos se incrementan en la medida que nos hacemos viejas. No tenemos la confianza en un hombre, no decimos: mi marido me va a cuidar, no, sabemos que tendría que ser alguien que haya salido de nuestro útero, de nosotros y a quien nosotros hayamos cuidado con el máximo de devoción posible, y quien nos va a devolver en alguna medida todos los sacrificios que hicimos por ellos. Es una especie de intercambio de sacrificios, sabiendo, claro está, que el máximo de sacrificio está colocado en el lado de la madre.

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En la investigación de Milagros, ella entrevistaba a feministas jóvenes y una de las entrevistadas decía que entre las feministas hay posiciones radicales, en el sentido que hay quienes plantean que solo no siendo madres se conseguirá la autonomía y felicidad…

No conozco feministas que hayan dicho eso, ni aquí ni en ningún lado, sé porque fui tutora de su trabajo, sé y lo discutí con ella cuando revisé su trabajo, que una de sus entrevistadas planteaba que para algunas feministas la maternidad vendría a hacer en todos los casos una fuente de opresión y que hay feministas que dicen que no creen en el deseo de la maternidad.

Las feministas somos las que más nos hemos problematizado el tema de la maternidad, no para negarla sino para desmontar y cuestionar radicalmente el mandato patriarcal de la maternidad y el arquetipo patriarcal de la buena madre. La cosa sería, y en eso coincidimos las feministas, resignificar la maternidad y convertirlo no en un problema de mujeres sino en un problema de la sociedad, es de decir, de los hombres, de mujeres, del estado, del mercado, porque la maternidad tiene que ver con la reproducción de la vida y la reproducción de la vida no puede ser una responsabilidad que la sociedad toda le siga asignando a las mujeres.

Los planteamientos feministas que yo conozco son por un lado, denunciar el mandato, la doble moral las implicaciones que eso tiene y reclamar un nuevo contrato social. Que tengamos útero, que nos embaracemos, no significa que somos las responsable del cuidado de la vida. Es un imperativo ético para toda la sociedad.

Hay que denunciar la maternidad así como se vive ahora, como una fuente de opresión y una fuente de explotación en todos los sentidos. Las feministas que son madres y las que no somos, son las que mas se cuestionan la maternidad y somos las únicas que nos damos el permiso de dudar de la maternidad como deseo, las mismas feministas que en algún momento hemos tenido el deseo de ser madre, en otro momento hemos reconocido que ese deseo no es eterno ni es inamovible, que puede ser un deseo intermitente, y que de hecho hay mujeres que se van, que dejan a sus hijos con otras personas y se convierten en proveedores como hacen los hombres porque es más fácil, o que si están embarazadas interrumpen el embarazo porque no quieren ser mamas.

Hablemos de la maternidad feminista, ¿eso implica plantear una maternidad desde nuevos roles?

El debate feminista sobre la maternidad implica plantear una crítica social, en segunda reclamar un nuevo reparto y eso implica un cambio en los hombres, pero también en las mujeres, las mujeres tenemos que desmontar ese relato de la maternidad como destino y el arquetipo de la buena madre. Tenemos que empezar nosotras mismas a intentar romper con esos mandatos y a crear maternidades de otro tipo, donde los hombres puedan participar, donde podamos pensar en maternidades no con un deje sacrificial sino con un tono de alegría, de aprendizaje.

La vez pasada leía a Élisabeth Badinter, quien sostiene que no existe el instinto materno.

No existe, las feministas lo han demostrado. No es posible que solo la mitad de la especie haya nacido con el instinto de reproducción y de sobrevivencia, eso no tiene género.

Hay demasiadas evidencias que nos permiten saber que hay mujeres que salieron embarazadas y se convirtieron en madres por cualquier cosa menos por deseo y hay mujeres que paren a las criaturas y que no logran desarrollar un vínculo amoroso, y eso tenemos que entenderlo sin pensar que son malas, perversas, que están locas. Hay muchos embarazos que son deseados, queridos, acogidos y hay muchos que no.

A la gente le da miedo hablar de eso, hay madres que logran desarrollar un vínculo amoroso y hay otras que no, igual que esos padres que están en la casa, llevan la comida pero no tienen gestos amorosos con los hijos. Les pasa menos porque el mandato es más grande, el mandato está incorporado y dicen: son mis hijos, nacieron de mi y aunque sea difícil lo asumen, pero nada de eso es por instinto.

La maternidad como la conocen ahora no es por instinto, sino un hecho cultural.

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