Media Cuartilla

Mi cuerpo como territorio de lucha y de resistencia

Soy la menor de cinco  hermanas y desde muy pequeña tuve algunos sobrenombres que hacían referencia a alguna parte de mí o al aspecto menudo de mi cuerpo: “Ñatita”, “Popotito”, “Quininís”, “Flaca”.

Aún algunas de mis amistades y familiares me siguen llamando así y está bien, reconozco que hay un gesto de cariño y cercanía en esos adjetivos, pero también inconscientemente contribuyeron a crear una imagen negativa mía durante mucho tiempo.

Con el pasar de los años he entendido de dónde vengo, cómo crecí y qué mensajes  recibí. Lo he hecho para mejorar la relación con mi cuerpo, romper con esa interiorización del ideal femenino y para darle paso a otros ámbitos inexplorados como el deseo, el placer o el disfrute.

Mi cuerpo y yo hemos atravesado por diferentes conflictos. Recuerdo que cuando llegó el desarrollo, a pesar que sufrí un poco el cambio emocional por ese supuesto de que dejás de ser  niña para ser mujer, físicamente no fue tan traumático.

Los pechos no me crecieron tanto, ni tuve las caderas anchas particulares de ese cuerpo “femenino” que se espera. Seguí siendo la misma.

Leer también: Maldito pelo

Crecí en un entorno de mujeres, mi madre, mis tías y mis hermanas mayores fueron mis principales referentes. Las diversidades de sus cuerpos me inspiraban y me conflictuaban también, de todas deseaba tener algo.

Desde pequeña siempre salía la típica broma de que era la adoptaba por lo poco que me parecía a mis hermanas y eso me incomodaba. Me llegué a sentir la patita fea.

En la adolescencia intenté calzar en el molde estético femenino impuesto: Con ropa ajustada, maquillaje, tacones y pelo planchado. La mayoría de mis amigas se arreglaban también y usaban accesorios que a veces deseaba tener pero que en ese momento no podía por la situación económica familiar.

Por lo general yo usaba la ropa que ya no les quedaba a mis hermanas, o la que mi madre —quien vivía en otro país— con mucho esfuerzo nos mandaba de vez en cuando,  y que no era necesariamente la que me gustaba, por lo tanto nunca me sentí satisfecha y menos  con mi aspecto físico. Sentía que no lograba verme “bonita”, siempre me comparaba con otras mujeres y me frustraba.

Los referentes de feminidad que veía en la tele, en la calle o en las revistas estaban muy lejos de lo que yo era.

Los muchachos que me gustaban en la escuela se enamoraban de chavalas de aspecto más “femenino” (más grandes o que se veían mayores) y eso me hacía sentir insegura. Recuerdo que una vez participé en un reinado de la escuela y quedé en último lugar, la que ganó era visiblemente más grande que yo aunque teníamos la misma edad.

Leer también: Cuidado mental, pero ¿y el físico?

Esa situación reforzó mis inseguridades, me prometí nunca más exponer mi cuerpo de esa manera, por lo apenada que me sentí, como si le hubiese fallado a alguien. 

Hoy siendo una adulta con más información puedo recordar ese evento con humor, pero también reconozco el peso que pueden llegar a tener estos reinados o concursos de belleza sobre la vida de los niñas, adolescentes o jóvenes que por aprendizaje o malos aprendizajes se someten a una serie de regímenes, de abusos, que refuerzan estereotipos de belleza y que cosifican nuestros cuerpos, persiguiendo un modelo irreal de ser mujer.

También he sido objeto de miradas, de gestos y de agresiones verbales y físicas de parte de  hombres cercanos y desconocidos. En la calle no me escapé de sufrir acoso verbal, de sentir miedo mientras caminaba sola, de recibir chifletas, tocamientos, roces, etcétera, y a pesar de que estas situaciones me hacían sentir mal, las aceptaba o las ignoraba.

El feminismo

Algo que transformó mi vida y mi manera de ver el mundo fue el feminismo. Llegué a la universidad con unas pocas nociones sobre género porque antes de salir de la secundaria estuve organizada en diferentes espacios de activismo juvenil y reflexionábamos sobre los derechos de la niñez y adolescencia y su actuar en los espacios de incidencia político y social, pero poco se hablaba de género y nada de feminismo.

Pero una de mis hermanas me invitó a participar a un ciclo de formación sobre derechos sexuales y derechos reproductivos en una organización feminista.

Leer también: Venus esteatopigia

Esos talleres me gustaron muchísimo y cambiaron totalmente  la percepción que tenía sobre mí, entendí que el cuerpo vas más allá de una imagen corporal, pero que además hay tantas formas, tantos colores y tantas dimensiones, que lo que somos no es más que una construcción biológica, social y cultural. Esa frase famosa de Simone de Beauvoir  “no se nace mujer, se llega a serlo”, cobró mucho sentido en mí.

Con el feminismo problematicé varias ideas alrededor de mi sexualidad y en términos de placer y erotismo descubrí un camino más ancho y lleno de posibilidades, de relaciones y de acuerdos que hoy disfruto y valoro por la seguridad que adquirí en relación a mi cuerpo y a mis deseos.

Actualmente sigo reflexionando y trabajando sobre los nuevos desafíos que atraviesan mi cuerpo, uno de ellos la mala relación que tengo con la comida. Desde hace varios años me he obsesionado con la alimentación sana, a tal punto de privarme de comidas  que me gustan por creer que no le harán bien a mi salud, la cual siempre ha sido buena en general.

Pese a que aún no descifro totalmente el significado de esa lucha interna, reconozco que tiene raíces en  miedos e inseguridades, más allá de la estética. Es como querer tener control absoluto de algo que me pertenece.

Leer también: Sanar desde la raíz

Aunque físicamente me considero una persona fuerte que se ha atrevido a desafiar los límites del cuerpo con deportes extremos como el ciclismo de montaña, mentalmente reconozco que le he dado mucho lugar a pensamientos negativos que me limitan, sin embargo para este cuerpo que también es territorio de lucha, de conquista y de resistencia, el autocuido y la aceptación han sido fundamentales para avanzar y dejar atrás muchas cargas, para reconciliarme y ser más consciente con mi cuerpo, practicando  la respiración, la meditación, encontrando la energía vital en las cosas que me complace hacer, sin forzar nada.

Para mí  ahora es muy importante aceptar que en la diversidad está la belleza y que va más allá de las formas de nuestros cuerpos.

La verdadera libertad se alcanza cuando conquistamos ese primer territorio de poder, cuando nos libramos de esos mandatos machistas, llenos de prejuicios y de estereotipos, cuando le damos más valor a lo que llevamos dentro.

Con seguridad puedo decir que amo y valoro mi cuerpo tal cual es, que “la patita fea” que una vez creí ser es ahora un ave hermosa y colorida, que sueña, que siente, que cuestiona, que no admite ningún tipo de abuso físico o verbal.

Un ser que día a día se alimenta de nuevos referentes y de nuevas ideas, con un poder interior que crece para enfrentarse con los viejos fantasmas de la inseguridad y así poco a poco dar paso a la aceptación y al disfrute de este cuerpo que es muchos más que forma y anatomía.

Voces sororas aborda durante el mes de septiembre la temática del cuerpo desde la visión y las realidades de distintas mujeres.

Ilustración realizada por Colectiva

A %d blogueros les gusta esto: