Media Cuartilla

Mi cuerpo y yo tenemos una relación

El cuerpo y el proceso de aceptación

Cuando era pequeña viví un tiempo con mi abuela paterna. Con ella aprendí a ver los cuerpos desnudos con la mayor naturalidad del mundo. Era enfermera y parte de su rutina para alistarse por las mañanas consistía en caminar en la casa por casi media hora en calzón y en brassier dejando secar al viento la crema en su piel.

Todos estábamos acostumbrados a aquella dinámica de verla hacer miles de actividades antes de que lograra ponerse su impecable traje blanco para irse al policlínico.

Me acostumbró desde pequeña a llamar las partes del cuerpo por su nombre, sin ningún adorno, decoración, sin mayor tabú.

A  finales de los ochentas nos recuerdo yendo al mar y me veo observando a aquellas mujeres de mi familia utilizar muy cómodamente y con la mayor seguridad los trajes de baño pequeños.

Mi abuela y mis tías de este lado de la familia eran muy confiadas con sus figuras. Las evoco manejándose y hablando de sus cuerpos con mucha seguridad.

El tema de tener una buena relación con nuestros cuerpos es muy dicotómico. Durante mucho tiempo manejé esta relación personal en un ambiente de amor-odio. Y puede ser una situación recurrente en la vida: Que de repente vuelve y se va de nuevo.  

He podido identificar quien soy gracias a mi cuerpo y nuestra relación ha logrado llegar a mejores términos. He aprendido a vivir desde la dualidad de lo superficial y lo trascendental para mí. Me he aceptado y eso me deja ver mis imperfecciones y necesidades creadas gracias a la sociedad y el medio en el que  me manejo.

He visualizado y valorado que soy capaz de desdoblarme, de encontrar en mi reflejo cosas físicas que me gustan y otras que no. Además de saber que lo que trasciende o lo más importante es que existo en mi propio cuerpo, y que lo honro y le agradezco cada día.

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A punta de tropiezos y de la observación de mis experiencias he logrado identificar que mi cuerpo y cómo luzco no son necesariamente lo que rige mi vida, y que eso tampoco es equivalente a mi éxito, pero cómo me siento al respecto me hace lograr lo que quiero y me transmite más seguridad.

En todo este proceso de autoconocimiento he encontrado apoyo en prácticas como el yoga, la meditación y el reiki, que me han dado fuerzas para encontrar dentro de mí todo lo que necesitaba, para lograr estar en paz conmigo.

Una vez que recorrí el camino de la conciencia y me conocí verdaderamente, aprendí a tener mejores diálogos conmigo. Aprendí a ser mi propia amiga: La que me comprende, me escucha, me mima, me estimula, me consiente y hasta me indulta por situaciones y decisiones  que me hacen sentir culpable.

Creo que ahí aprendí a no ser una víctima de lo que me pasaba con mi cuerpo, ni a responsabilizar a nadie ni a nada por lo que me hacía sentir mal o incómoda.

Recuerdo que en algún momento de mi vida empecé a engordar. Creo que los cambios hormonales con el uso de pastillas al inicio de mi vida sexual marcaron un antes y un después de cómo era mi cuerpo, de ser flacucha a ser más rellenita. Nunca estuve tan fijada con el tema del peso porque me sentía cómoda en mis carnes y mi piel.

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Al inicio de mi adolescencia noté que era visiblemente más desarrollada que mis compañeras de 12 años y que mientras ellas eran aun planitas, yo tenía un busto mucho más grande, así que empezaron los sobrenombres: “Tetonic”, “Chichona”. En ese tiempo mi frente pasó a ser la parte más “llamativa e importante”.

No faltaron los comentarios o preguntas fuera de lugar… Y así, el tema de mis senos grandes me acompañó durante toda la secundaria, con los novios, la universidad, mis primeros trabajos, etc. Hasta que un día mi papá, quien menos mal tiene la mente abierta y tres hijas con el mismo rumbo, nos preguntó a mi hermana y a mí si queríamos  operarnos.  Yo no dudé ni un segundo y al día siguiente de mi defensa monográfica de la universidad me las quité. Finalmente.

Fue una recuperación muy  dolorosa, pero la promesa de poder circular con comodidad, de no matarme tratando de encontrar brassieres para cargar todo ese peso y de poder dormir y correr cómodamente, era una gran promesa en mi vida.

A mis 37 años he aprendido a reconocer que hay partes de mi cuerpo que no necesariamente me gustan, y que hay otras que han cambiado con el paso de los años. Sé que éstas últimas sí puedo cambiarlas, pero ya que no soy tan activa físicamente,  no va a ser tan fácil hacerlo.

He aprendido a aceptar esta nueva versión mía. Desde que tuve a mi hijo, mi cuerpo definitivamente no es igual que hace cinco años pero hoy más que nunca me siento agradecida con este cuerpo que me lleva a todos lados y me permite tener la vida que tengo.

Desde que tengo 18 años sufro de una ciatalgia neural que en algunas ocasiones me ha inmovilizado por semanas.

Lo más duro ha sido no poder moverme de la cama para poder hacer cosas por mi hijo o para trabajar.  Así que poder desplazarme tranquilamente y sin dolor para mí significa que estoy viva. Cuando estoy postrada me replanteo la existencia y luego del trauma agradezco a cada parte de mi ser, a cada célula por permitirme ser quien soy y dejarme vivir más y con calidad de vida.

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Pasé una depresión profunda hace más de cinco años que me hizo replantearme como mujer y ser humana, a reconocerme más a fondo, a encontrar mis más profundas debilidades y fortalezas.

Empecé a acercarme y a buscarme, a amarme cada vez más y a tener una relación más proactiva y positiva conmigo. 

Me hice amiga mía, aprendí a tratarme con amor, como a los demás y me funcionó muy bien. Todo este reconocimiento me enseñó que no debo gustarle a nadie para gustarme a mí misma y en el proceso también aprendo a no juzgar a otras mujeres por sus figuras o decisiones de vida. Es más, aprendo a admirarlas y a encontrar en otros seres lo positivo de sus existencias.

Voces Sororas aborda durante el mes de septiembre la temática del cuerpo desde la visión y las realidades de distintas mujeres.

Ilustración realizada por Colectiva

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