Media Cuartilla

Los desafíos y etapas de mi cuerpo

Lo que pensamos sobre nuestros cuerpos está influido por nuestros entornos, por cómo hemos sido criadas, cómo nos hemos desarrollado y por lo que nos hemos acostumbrado a ver y a oír. Es  inevitable no haber caído en algún momento en pensamientos y prácticas muchas veces machistas.

Nos han inculcado que nuestros cuerpos deben verse delgados, con curvas perfectas, sin defectos, ni deformidades para que sea visto como algo bonito, aceptado por la mayoría, pero la realidad es que no todas lo tenemos así.

A lo largo de nuestras vidas sufrimos diferentes transformaciones fisiológicas y otras provocadas por un autocuido deficiente o simplemente despreocupado.

Creo que siempre he estado conforme con mi cuerpo, sin embargo estuve expuesta a críticas o burlas de personas cercanas como familiares, amistades o compañeras de escuela.

De niña siempre fui delgada. Muy delgada.  De la mitad de mis miembros inferiores sobresalían mis rodillas que se percibían mucho más grandes en proporción a los muslos y a las piernas.

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Por mucho tiempo mis hermanas me apodaron “rodillas de elefante” porque además decían que eran muy negras y arrugadas. Obviamente me daba pena, me enojaba con ellas y siempre trataba de ocultarlas cuando estaba en lugares fuera de la casa. Actualmente las veo y me río. Trauma superado creo.

Mi primera menstruación ocurrió a los 12 años, cuando cursaba  primer año de secundaria. Mis bustos crecieron rápido y era una de las chichonas del aula de clases. Mi grupito de amigas no tenía nada para esos tiempos, así que traté de ocultarlas haciéndome más jorobada de lo que mi contextura delgada podía permitir. Fue hasta que ellas desarrollaron un poquito más que pude dejar de tratar de ocultarlas y sentirme mejor.

El resto de mi secundaria disfruté del desarrollo de mi cuerpo, siempre delgada, pero me aceptaba y me sentía bonita. No recuerdo porqué el cambio en esa percepción, pero sí me sentía muy bien, jugaba voleibol y eran oportunidades para lucirme con shorts cortos y sin nada de pena. Luego en la universidad y egresando de ella me sentía muy bien, sobre todo por mi abdomen excavado y el resto de mi cuerpo proporcional.

Pero tuve otro momento de confusión, por llamarlo de alguna forma. Fue cuando a mis 33 años quedé embarazada. Como médico sé cuáles son los cambios y las consecuencias que de ese estado derivan.

Disfruté cada mes con sus propios cambios. El verme al espejo desnuda o en ropa interior era algo muy raro, había visto a muchas mujeres gestantes pero honestamente jamás había imaginado verme así. Me gustó, me sentía bonita, porque además la piel y el cabello se transforman y se ponen más suaves, sedosos. Desapareció mi acné: ¡Era una maravilla!

El problema fue cuando empecé a notar estrías en la parte baja de mi abdomen. Eran gigantes, una ruptura enorme e irreversible de las fibras de mi piel que me marcarían siempre. Apareció además una gran hernia umbilical. Aumenté mucho de peso y el abdomen tardó en disminuir de tamaño después del parto. Casi un año y medio después aún parecía que seguía embarazada.

Nunca me ha gustado vestir muy descubierta o mostrando abdomen, pecho o piernas, no es eso lo que me afectaba, pero sí siento que ese cambio provocó en mi cierta inconformidad y vergüenza en mostrarme ante los demás, pues se veía feo.

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Por todo eso es que comencé mencionando que la manera o el entorno en el que nos criamos puede afectarnos, ayudando a que nos aceptemos o rechacemos.

Hoy he podido sentirme mejor. Sé que hay cosas que puedo mejorar, por salud, con cirugía, pero creo que como mujeres debemos intentar creer y aceptarnos con todos los cambios que cada día podamos tener.

No existe cuerpo perfecto y sin defectos como nos quieren mostrar los medios y la sociedad, lo importante es sentirnos bien, que esa imperfección no afecte nuestra salud corporal y mental.

Este es un trabajo del día a día que mentalmente debemos realizar, sin que importe la opinión de los demás.

Tengo que reconocer que en esa terapia de aceptación influyó mucho mi esposo, pues la manera cómo trataba de hacerme sentir mejor me ayudó a pensar que ese cambio fue por algo bueno y bello que ahora es la persona más importante de mi vida.

Su terapia era decirme algo como: acordate que para que tuviéramos a ese niño tuvo que estar en algún lugar, crecer en tu vientre, en tu abdomen, alimentado de tu propio cuerpo, es una creación perfecta de Dios, valió la pena. Son cicatrices que siempre te van a recordar que tuviste la oportunidad de ser madre y que hiciste un buen trabajo cuidándolo y formándolo con tu cuerpo.

Entonces yo rechazaba y no me importaba nada de lo que me decía porque había entrado en depresión, pero poco a poco me fui aceptando y entendiendo que esos defectos no cambian mi esencia, mi personalidad, lo que soy y lo que muestro al resto del mundo.

Voces sororas aborda durante el mes de septiembre la temática del cuerpo desde la visión y las realidades de distintas mujeres.

Ilustración elaborada por Colectiva

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