Media Cuartilla

Cuidado mental, pero ¿y el físico?

Una semana antes de anunciarse el primer caso oficial de covid-19 en Nicaragua, cumplí 33 años y por primera vez en mucho tiempo quise celebrarlo con la familia y amigos. Y así fue.

Entre los preparativos, que incluían asado, pastel, algunas “Victorias” y también un esguince que me hice en el pie derecho de la manera más tonta —pero esa ya es otra historia— estaba la típica y banal pregunta de muchos cumpleañeros: ¿Qué me voy a poner?

Y así, sin más, escogí ponerme un vestido que me compré acertadamente en diciembre en las tiendas de “Pakistán”: un diseño colorido, estilo años 60´s, con tonos rojos y celestes predominantes, con diseños emulando mandalas y cortito, bastante cortito, al menos para mí, para así lucir, ahora que puedo y quiero, esas piernas largas que tengo.

Sí, digo ahora que quiero, porque pasé más de dos décadas acomplejada por mi cuerpo delgado, y la vida, sabemos, no está para desperdiciarla, así que desde 2019 decidí que ya era hora de sacar a relucir las piernas largas y delgadas.

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Y es que al menos hasta hace un año evitaba ponerme ropa corta. Es increíble como las críticas y los comentarios de la gente, inevitablemente influyen en nuestras autopercepciones y sin dudarlo, en nuestra autoestima, sobre todo cuando somos adolescentes y apenas estamos creando nuestro concepto de identidad.

No es un camino fácil. Recuerdo que recibir la clase de educación física era todo un padecimiento. En general era mala para los deportes y lo único que se me daba era la gimnasia o el baile sincronizado.

Entonces pesaba entre 90-98 libras, cuando todas mis amigas y compañeras con una estatura similar a la mía superaban las 100 libras.

La profesora de entonces ayudó a reforzar mis inseguridades, sumado al bullying que me hacían algunas compañeras. En una ocasión, en esas tandas de pesaje, me dijo en un tono bastante pesado e insistente: Tenés que comer, tenés que subir de peso, ¡comé!

Pasaron los años, entré a la universidad y he venido subiendo de peso. La edad, supongo. Hacer ejercicio nunca fue lo mío. La gente te dice: “Qué flaca que sos”, y supongo que, aunque para muchos es causal de envidia, para mí había significado mucha incomodidad y no fue hasta hace relativamente poco que he empezado a sanar la relación con mi cuerpo y como me siento respecto a él.

El año pasado, después de estar lidiando con varios procesos emocionales (duelos y la crisis sociopolítica), sentí que estas cargas me pasaron la cuenta en el plano físico: Tenía sueño todo el tiempo, me levantaba de la cama porque tenía que o por inercia. Los ánimos y las ganas estaban ausentes.

Estaba en medio de un enorme letargo. Pasé así alrededor de tres meses. Probablemente estuve deprimida. La terapia y el bordado fueron medicinas paliativas, hasta que un día, de la noche a la mañana y muy probablemente harta de sentirme así todo el tiempo, toqué fondo. No podía seguir así, no quería.

Para ese entonces, ya seguía en redes a mi amiga Elaine Miranda, una mujer a quien admiro profundamente y quiero. Con atención empecé a ver sus entusiastas historias matutinas, con ricos y balanceados desayunos. Y por ella, llegué con Yaz. Y no es por hacerles en lo absoluto publicidad, pero encontrarme con ellas y esas historias fueron mi primer gran paso: cambiar mi relación con la comida.

Para entonces caí en cuenta, al fin, que no me estaba alimentando adecuadamente. Con ellas, y sus historias tomé conciencia de mi mala alimentación.

¿Cómo podía tener ánimos de hacer algo si ni siquiera le estaba dando el suficiente combustible a mi cuerpo? Estaba atendiendo el plano emocional, pero no el físico. Y ahí comenzó (otra vez) esta otra versión de mí, más consciente de lo que como y por ende de mi cuerpo.

Y como la cereza del pastel, es que a finales de enero, gracias a (la Yaz) y a esa vocecita interior que me animaba a ejercitarme, comencé a correr.

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Nunca había sido buena para los deportes, pero correr sin duda creo que es lo mío, un deporte donde no solo entrenás el cuerpo, sino también la mente. Aunque he de confesar que, como todos, con la pandemia he experimentado mis altas y bajas, pero en la medida de lo posible he tratado de mantenerme activa.

El otro día conversaba con una amiga sobre el por qué será nos cae el veinte tan tarde sobre comer sano y sentirnos mejor con nosotras mismas.

Concluimos rápidamente que puede ser un factor de edad y madurez (los 30’s), pero creo que también a esto se suman los prejuicios e ideas preconcebidas que existen al respecto, y obviamente que hay más conciencia sobre la alimentación, y sobre todo sobre nuestros cuerpos, los que son y deberían ser siempre nuestro espacio seguro.

Eso me lleva a pensar en lo bien que se siente llevar falda corta, así haya aprendido a usarlas hasta a los 33 años.

Voces sororas aborda durante el mes de septiembre la temática del cuerpo desde la visión y las realidades de distintas mujeres.

Ilustración elaborada por Colectiva

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