Media Cuartilla

Maldito pelo

Nací con un pelo digno de ser odiado: Un pelo murruco, malo, que debía ser cortado, escondido, bien peinado o agarrado. Nadie debía verlo suelto porque se reiría o lo vería de mal modo.

Quienes nacimos con este pelo sabemos cómo es crecer con él y aprender a aceptarlo contra viento y marea.

En mi casa nunca me dijeron que mi pelo era malo, pero no era necesario que lo expresaran, ya en la escuela, en la calle y en el barrio sobraba quienes se encargaban de dar el mensaje.

Cuando me peinaban me dolía mucho la cabeza y creo que para evitar la fatiga mía y de mi madre, un día me lo cortaron pelona, como niño. Era feo de todas formas, menos pelo malo, menos fea, quizás.

Cuando llegué a la adolescencia decidí dejarlo crecer para verme como una señorita, pero siempre lo andaba agarrado para que no se notara mucho lo murruca porque así ¿cómo le iba a gustar a los muchachos?

Siempre que me lo cortaba escuchaba la típica pregunta: “¿Y por qué no te lo alisás?” Contestaba que no tenía dinero, pero soñaba con el día en que pudiera trabajar y quitarme este pelo tan malo.

La primera vez que escuché a alguien preguntarme ¿y por qué no te lo dejás suelto? Seguro que tenés un pelo hermoso, me dieron ganas de reír y de llorar al mismo tiempo, pero aquella frase me quedó resonando. Me lo dijo además una chica que tenía el pelo como el mío y lo andaba tan campante.

En la universidad siempre lo llevé agarrado, nadie nunca me conoció con el pelo suelto, libre. Tenía vergüenza de que lo vieran.

Cuando tuve mi primer trabajo y después de pensarlo y seguir sintiendo que estaba feo, decidí alisarlo con un químico que además de carísimo era una cochinada que me hacía sentir la cabeza como de maniquí, tiesa y sin vida.

Fue la primera y última vez que hice aquella locura. Pero aunque decidí no volver a alisarlo nunca más, todavía no me sentía cómoda, seguía considerándolo un pelo maldito, la parte más fea e indeseable de mi cuerpo.

Conocer el feminismo negro

Conocer el feminismo nos cambia la vida. Es una verdad que todas las feministas repetimos y yo no soy la excepción.

A mí como a muchas o a todas, el feminismo me hizo nombrar y politizar una serie de incomodidades, injusticias, violencias que había vivido desde niña.

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Como era de esperarse, el feminismo me hizo confrontar con mi propia historia corporal, con este espacio en el que habito y al que tantos reclamos le hacía, siendo uno de los más fuertes el por qué había nacido con este pelo maldito.

Leyendo a Naomy Woolf sobre “el mito de la belleza” comprendí cómo el sistema, la cultura occidental en este caso, nos hace invertir una gran cantidad de tiempo, energía y vitalidad en querer parecernos al prototipo de belleza que la época nos marca, pero también energía vital que invertimos pensando en los desperfectos que tenemos, sintiendo que no estamos completas y que no somos lo suficientemente atractivas.

¿Atractivas para quien y para qué? Para ellos. La misma autora lo expresa: “Como cualquier economía (la belleza) está determinada por la política, y en la era moderna occidental es el último y el mejor de los sistemas de creencias que mantiene intacta la dominación masculina”.

Empecé entonces a darme cuenta que odiar mi pelo no solo me quitaba tiempo y entusiasmo para la vida, sino que expresaba un sistema de creencias en el que las mujeres para ser aceptadas debemos estar “guapas”, guapura en la cual, el pelo afro, parecido a tantas mujeres negras, parecido al pelo de mi mama y al de mis ancestras, no calzaba.

No se trataba simplemente de dejarme el pelo suelto y salir a la calle sin pena, sino de cuestionar ¿por qué tenía que sentirme bonita y para quién? ¿Para mí o para la mirada masculina? ¿Por qué no me disgustaban otras partes de mi cuerpo? ¿Miraba con el mismo desprecio y disgusto el pelo de otras mujeres murrucas, crespas, rizadas?

¿Qué me molestaba de mi pelo? ¿No poder cuidarlo correctamente o no poder cambiarlo? Aquí empecé a hacer mía esa famosa premisa feminista que reza “Lo personal es político”.

Parecía una cosa banal, jamás lo hablaba con mis amigas porque me parecía ridículo reflexionar en torno a mi pelo, pero poco tiempo tardé en darme cuenta que no era un tema pueril.

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Empecé a leer y a escuchar a Audre Lorde, Angela Davis, Bell Hooks y a amigas afrodescendientes  como Lídice Chávez, Dorotea Wilson, Johanna Wetherborn y a entender que en el feminismo las negras con toda su negritud tenían/tienen unos reclamos propios asociados con su condición racial y con las imposiciones y violencias que históricamente han vivido; y que el odio a unos rasgos físicos determinados como el color de la piel, el pelo afro, los labios gruesos, etcétera, son expresión de un racismo que tenemos internalizado como sociedad aunque no lo nombremos.

Las consideraciones de belleza en nuestra cultura como en todas, son profundamente machistas porque imponen a las mujeres un mandato para la satisfacción masculina, pero a la vez racista porque nos llama a parecernos al ideal de mujer blanca, delgada, con una figura más bien parecida a una modelo gringa o europea, nada más alejado de las características físicas de la población nica.

Pero el concepto o el “mito de la belleza” no es estático, se transforma según los intereses del capitalismo, entonces ahora abundan los anuncios publicitarios con mujeres de pelo afro. ¿Es gracias a eso el modelo de belleza menos machista y menos racista? No.

Como lo demuestran las múltiples protestas antirracistas del movimiento BlackLivesMatter en Estados Unidos y en otras partes del mundo, el racismo está vivo y se expresa más violentamente en los cuerpos de las mujeres.

Yo no soy afrodescendiente, soy más bien una mezcla entre mestiza, afro e indígena; pero las reivindicaciones del feminismo negro me han ayudado a politizar una experiencia corporal aparentemente inofensiva, pero con una carga racial muy fuerte.

No se trata de una historia de autoaceptación o superación personal, sino de la toma de consciencia que nuestros cuerpos y la relación con ellos está determinada por creencias que son políticas e intencionalmente reforzadas por el sistema patriarcal y capitalista.

Con el tiempo y con la tranquilidad de que el pelo es solo una característica física igual que cualquier otra, empecé a soltarlo y a salir a la calle sin pena, escuché otra vez los típicos comentarios de “por qué no te lo alisás”, “parece que no te peinaste” o cosas parecidas de gente que no tiene otra cosa mejor que decir, pero ahora mi respuesta es sinvergüenza: Porque así me gusta mi pelo, libre y sin complejos, como mis ideas.

Voces Sororas aborda durante el mes de septiembre la temática del cuerpo desde la visión y las realidades de distintas mujeres.

Ilustración realizada por Colectiva

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