Media Cuartilla

Venus esteatopigia

Debo confesar que no recuerdo mí cuerpo de niña. Me vino la regla a los 11 años, terminando 6to de primaria. Mi cuerpo se desarrolló en muy poco tiempo. Me salieron unas tetas grandes, herencia familiar. Una cadera prominente y estrías en cada rincón de mi cuerpo, ya que la piel se estiró de la noche a la mañana.

Pasé de ser una niña, a tener un cuerpo de venus esteatopigia en menos de un año. Este cambio fue muy duro porque aunque mi cuerpo ya era curvilíneo y atractivo a la vista ajena, mi mente y mi ser seguían siendo el de una niña que continuaba jugando a los playmobil.

Recuerdo que esos primeros años vestía con ropas anchas, con playeras de grupos de música que me quedaban grandísimas, pero que disimulaban un poco mi cuerpo de mujer.

Con 14 años asistí a un campamento de verano y era de las pequeñas, ya que la mayoría rondaban los 17 años. En el campamento había un buzón para dejar mensajes a los compañeros. En una ocasión me mandaron un mensaje dedicado a la “niña ubres”. Así me llamaron.

Eso me hizo sentir muy mal. Me acomplejó en gran medida. Una monitora que nos cuidaba en el campamento salió en mí defensa y nos enseñó que esas no eran las formas correctas de referirse al otro. Agradezco que lo hiciera.

Poco a poco fui aceptando mi cuerpo y acostumbrándome a él. En este proceso fue clave el ir viendo y reconociendo la relación de mi madre, de mis tías, de mis primas y de mis amigas con su cuerpo.

Todas somos diferentes, todas tenemos estrías, todas tenemos complejos y no por ello dejamos de vestir con lo que nos gusta o de mostrar nuestro cuerpo. Hubo una vez que una amiga me dijo algo así como que tenemos un cuerpo para lucirlo, no para esconderlo. Y eso es lo que pienso, no tenemos porqué esconder lo que somos.

Alrededor de los 20 años, en el proceso de una crisis emocional, subí de peso. Esto causó un gran revuelo a mi alrededor.

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Mi familia insistió en hacerme pruebas para ver si no había un origen hormonal en el hecho, pero resultó que no, solo empecé a comer más y el resultado de ello fue obvio. Años después he reflexionado mucho sobre qué me llevó a engordar. Y sí, la comida fue la causante, pero no fue una cuestión sólo física, sino también muy ligada a lo emocional.

Considero que el engordar fue un sistema de defensa propia, para alejar esas miradas que desnudan y que te hacen sentir mal. Esos ojos que se clavan en tu cuerpo y te hacen querer desaparecer por una eternidad.

El “nuevo cuerpo” me causó conflictos. Físicamente perdí agilidad y flexibilidad. Tuve que comprar nueva ropa, adaptada a mis nuevas formas. En síntesis, puedo decir que me veía diferente y fue complejo el aceptarlo.

Siempre he vivido con la esperanza de recuperar el peso que tenía a los 20, pero con el tiempo una se da cuenta que por mucho que adelgaces ya no es el mismo cuerpo, que los años pasan y pesan, y que no es tanto el cómo te veas, sino el cómo te sientas.

Tu sentir se ve reflejado en tu cuerpo, y no es tanto el estar o no en un peso ideal, sino el estar bien, el aceptarte como eres. Esto se ve reflejado en tu pelo, en tu piel, hasta en tu forma de ser y comunicarte con el otro.

Reconozco que con los años he aprendido a valorar lo que tengo, lo que soy.  A dar gracias porque tengo un cuerpo que me pertenece y con el que puedo hacer lo que yo quiera. Hace días, hablando con una buena amiga, me contó cómo fue que empezó a tatuarse.

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Ella comentó que tras observar una fotografía en la que salía con otras compañeras no fue capaz de reconocer su espalda, no pudo autorreconocerse. A partir de entonces se interesó en hacer esa diferencia, por lo que comenzó tatuándose la espalda.

Para ella era muy importante el poder saber quien era. Y estoy con ella. Creo que lo más importante es darse cuenta de que tu cuerpo es parte de tu ser, de que es tu cuerpo y no el de alguien más.

Que por mucho que veas otros cuerpos y quieras que el tuyo se parezca al suyo, seguirá siendo tu cuerpo. Sí, puedes hacerte cirugías para que tu nariz se parezca a la de alguna famosa, puedes teñirte el pelo de mil colores, puedes hacerte escarificaciones o lo que tu quieras. Pero tu cuerpo, la que siente ese cuerpo y la que tiene que vivir con él, sólo vas a ser tú.

Voces Sororas aborda durante el mes de septiembre la temática del cuerpo desde la visión y las realidades de distintas mujeres.

Ilustración realizada por Colectiva

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