Media Cuartilla

Soy mamá, pero tengo miedo y cometo errores

“Ser madre te cambiará la vida” fue una de las frases que más repitieron durante mi embarazo.

Y sí, ahora no puedo dormir de un tirón toda la noche, me baño en cinco minutos, mi cuerpo ya no es el mismo, hay días que me siento muy agotada pero no hay tiempo para descansar, los senos me duelen cuando tengo mucha leche y en ocasiones me abrumo porque no sé qué le ocurre a mi hijo.

Son tantos cambios que puedo seguirlos mencionando durante unas tres páginas más.

Hace cinco meses me convertí en madre y he vivido momentos de dulzura, pero también de desesperación. La maternidad no es como la pintan en las novelas, ni es como cuando vemos a la duquesa de Cambridge, quien siempre luce impecable. Incluso después de dar a luz la miramos usando tacones y sin el vientre inflamado.

Es maravilloso dar vida a otro ser humano y apreciar su desarrollo, pero la responsabilidad es mayor que la de tener un trabajo remunerado fuera de casa.

Actualmente me dedico a mi hijo las 24 horas. Sí, las 24 horas, pues aunque hay noches en las que no se despierta sino hasta las 4:00 a.m., me levanto para vigilar que todo esté bien, confirmo que esté respirando —no sé si es cosa de primerizas—, veo si su pañal no está muy cargado, si la temperatura del cuarto es la adecuada, por mencionar algunas de mis tareas nocturnas.

Otra parte difícil es descifrar por qué llora, qué le duele o incomoda, por qué no se puede dormir. Todo eso lo pienso desde el día uno. 

La primera enfermedad

Mientras lloraba en una cama de hospital con mi hijo conectado a un monitor y canalizado, reflexioné sobre la maternidad. Me culpé y cuestioné mi papel como madre.

Tenía 18 días de haberme estrenado como mamá cuando mi hijo presentó fiebre debido a una infección urinaria, muy común en los bebés, explicaron los médicos.

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Mi esposo y yo estábamos en emergencias y yo no paraba de llorar y reprocharme por lo que estaba viviendo. En ese momento sentí arrepentimiento de haberme convertido en madre, era demasiada la responsabilidad y el dolor de ver a mi hijo en esas condiciones.

Fueron tres  días duros, sin compañía por las noches por el protocolo del hospital debido a la pandemia de coronavirus. Pero estando en un país ajeno al mío, al igual que su idioma, con mi cuerpo todavía adolorido por el parto y mis hormonas descontroladas, debía dejar todo atrás y sacar fortaleza para responderle a mi hijo.

36 horas de dolor

Mi embarazo transcurrió sin problemas. El 4 de mayo, con 40 semanas, rompí fuente. Ese día me bañé, agarré mis maletas y nos fuimos al hospital. No tenía contracciones ni mayores molestias más que sentir cómo se empapaba mi toalla sanitaria rápidamente. Y claro, muchos nervios acerca del procedimiento del parto y de posibles complicaciones.

Me indujeron al parto con oxitocina porque no tenía dilatación. Soporté los dolores todo un día porque quería evitar la epidural o raquídea. “Es malísima para la espalda”, “deja secuelas” y “es doloroso cuando te la ponen”, fueron muchos de los comentarios que me hicieron.

Pero no pude más, así que solicité la epidural. Mientras me ponían el catéter tuve una fuerte contracción y no lograba concentrarme en la explicación (en español) de la enfermera sobre el procedimiento y las consecuencias que podría llegar a presentar. Apenas recuerdo que decía que a veces da “problemas en las piernas, pero son casos raros y extremos…”. Hablaba muy rápido.

La epidural es una anestesia que insensibiliza partes del cuerpo para sentir menos dolor.

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Sin embargo no fue suficiente, las contracciones seguían igual de intensas. Aunque la llegada de un hijo es un momento inolvidable, también deseaba que se terminara todo porque mi cuerpo estaba agotado. Ya no quería sentir las náuseas que me provocaban las contracciones, deseaba que me quitaran el catéter de la espalda y poder descansar. 

Ya habían pasado 35 horas y por fin entré a labor y parto.  En una de las tantas pujadas —durante la hora y 16 minutos que duró—,  me quedé dormida y sin fuerzas. A lo lejos lograba escuchar a las enfermeras decirme: “One more Karen”. La enfermera latina me repetía: “Vamos que ya te vas a aliviar”.

El 6 de mayo tuve a mi hijo y todavía tengo la sensación de los jincones de las agujas mientras la doctora me suturaba el desgarre vaginal que provocó la salida del bebé. Quedé un poco aturdida y débil, pero mi hijo ya estaba ahí y necesitaba adaptarme rápidamente a mi nueva responsabilidad.

La lactancia y el cuerpo

Al salir del hospital tuve un golpe de realidad, pues ya no estaban las enfermeras para enseñarme una y otra vez cómo alimentar a mi hijo, además de guiarme en otros temas.

Mi descontrol hormonal fue inmediato, tenía altibajos emocionales, de repente lloraba, sentía miedo, ansiedad y me hacía muchas preguntas respecto a mi nueva vida.

Estaba feliz por mi hijo, pero consciente del trabajo y estrés que significaba tener a una persona que dependía de mí, y el temor aún mayor porque era mamá primeriza.

También he tenido que aceptar mi nuevo cuerpo, con más estrías y libras. Buscar serenidad para  no colapsar en situaciones complejas, como me sucedió cuando comencé el amamantamiento.

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Darle pecho fue mi decisión pero jamás pensé que tendría dificultad para que me bajara la leche. Me sentí mala madre por no poder alimentarlo, además del estrés que significaba tratar de extraer leche para estimularme y no lograr nada.

Mi preocupación aumentaba en cada visita al pediatra, quien me insistía que debía ponerlo en el pecho. Fueron días difíciles porque estaba mentalizada que la leche materna era lo mejor, que la fórmula les da cólicos y no los protege de suficientes enfermedades, todo en lo que te insisten desde el embarazo. Una semana después me bajó la leche.

Está bien cometer errores

Después de cinco meses de ser mamá he comprendido y valorado más a mi madre y a mi padre, pues es una tarea complicada que requiere mucha paciencia, dedicación y sacrificios. Ser madre no nos convierte en seres sobrenaturales, es normal tener miedo y pedir ayuda.

Es válido querer estar sola y despejar la mente, es necesario cometer errores y rectificarlos; es importante disfrutar el momento y hablar con la verdad.

También es necesario llorar y expresar nuestras frustraciones, ya que son muchas. Las mamás tenemos que saber delegar responsabilidades y simplificarnos para tener energías para los días venideros.

Cada día es de un constante aprender a desaprender para reaprender. Quiero que mi hijo aporte de manera positiva a la sociedad.

Quisiera que este sacrificio sirva para que mediante nuestra educación aprenda de igualdad y derechos, que rompa con esa cadena de generaciones machistas y lo reproduzca con sus hijos, si acaso está en sus planes.


Voces Sororas en octubre problematiza la maternidad y la aborda desde los conflictos, realidades, silencios y necesidades de distintas mujeres.

Ilustración realizada por Colectiva

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