Media Cuartilla

La maternidad es holística

Si en algo tengo conflicto es con las etiquetas. No soy mamá luchona, ni sacrificada, tampoco soy mamá y papá a la vez, soy mamá y punto.

Instinto maternal

Desde mi adolescencia supe que quería ser mamá joven. Nació no sé de dónde y si es que existe el tan mentado instinto maternal, cuando conocí a otro “loco” igual que yo, decidimos que tendríamos hijos.

Aunque en ese momento no planificamos ser padres, ambos éramos muy jóvenes —yo de 21 y él de 19 años— no habíamos terminado la universidad, no teníamos trabajo, ni casa propia y aunque probablemente fue una gran irresponsabilidad, sí fue una decisión premeditada, muy deseada.

Sabíamos a lo que nos estábamos metiendo y por eso nunca nos arrepentimos. Nuestra hija es lo mejor que nos ha pasado.

Durante mi embarazo mi familia me recuerda malhumorada, pero yo solo recuerdo la parte bonita, la parte romántica en la que mis amigas y familia me cuidaban y atendían mucho. Mi cuerpo cambiaba y a mí me encantaba.

No tuve muchos achaques, las pocas veces que vomité salía del baño con tanto orgullo y sonriendo decía: “Es que estoy embarazada”. Supe desde entonces que cualquier incomodidad o complicación se sobrelleva de una mejor manera cuando el embarazo es deseado y, sobre todo, cuando estás clara que querés ser madre.

¿Suertuda?

Salí embarazada en 2006, ese año en la carrera que estudiaba en la universidad parecía una epidemia de mujeres gestantes. Me sentía como si estuviese en una casa materna. Las embarazadas desfilábamos por los pasillos.

Al principio no entendía por qué las personas insistían en hacerme ver lo dichosa que era ya que el papá de mi hija siendo tan joven no huyó de la responsabilidad paterna. En serio me molestaba mucho, me parecía lo más lógico que él se hiciera responsable de nuestra hija, pero vi que “esa suerte” como lo definían, no la tenían todas las demás muchachas embarazadas en la universidad.

Y es que en esto de la maternidad sí he sido suertuda. Tuve la dicha de pasar los dos primeros años exclusivamente dedicada para mi hija, a quien pude disfrutar y estimular su crecimiento. Suertuda porque la mayoría de mujeres tienen que dejar a sus bebés a los 3 meses de nacimiento al cuido de otra persona.

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Cuando empecé a trabajar me di cuenta que la maternidad aunque es una responsabilidad propia, no se puede llevar a cabo sin la ayuda de otros.

Siempre se necesitará del papá, de las abuelas, tías, niñeras o los centros maternales. Esto lo viví con un poco de frustración, me costaba entender lo injusto de tener que pasar más tiempo del día con jefes y compañeros de trabajo que con mi hija.

Pero bueno, tocó acostumbrarme, aceptarlo y adecuarme al sistema. Desde hace varios años decidí tener un trabajo propio con un horario más flexible para tener más tiempo con ella.

Los apellidos de la maternidad

Si en algo tengo conflicto es con las etiquetas. No soy mamá luchona, ni sacrificada, tampoco soy mamá y papá a la vez, soy mamá y punto. Siempre he sido mamá soltera incluso cuando aún vivía con el papá de mi hija, simple y sencillamente porque nunca me he casado.

Cuando me separé muchos empezaron a verme distinto, con cierta admiración “por tener la valentía de convertirme en mamá soltera”.

Admiración que no tenían por mí  antes, y no es que no se deba admirar el esfuerzo y dedicación de las mamás que les toca criar solas a sus hijos, no debe ser nada fácil, solo que en mi caso soy mamá independientemente de mi estado civil, independientemente de si el papá de mi hija se hace responsable o no.

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¿Quizá deba sentirme nuevamente suertuda por hacer un buen equipo con el papá de mi hija a pesar de estar separados, por acuerparnos, por tomar decisiones juntos, por aconsejarnos incluso cuando no estamos de acuerdo en todo?

Individualidad

Una de las cosas que decidí preservar desde el inicio de la maternidad a pesar de las críticas y señalamientos fue  mi individualidad.

Desde siempre he intentado hacer respetar mis emociones, decisiones y mis tiempos. Mi espacio para estudios, trabajo, para el romance, para mis amigas, incluso para hacer meditaciones, no son negociables. Más bien ahora me toca negociar tiempo con mi hija adolescente ya que tiene sus propios intereses.

Todo lo que hago para mí misma me permite tener un balance emocional y así poder ser quizá una buena mamá.

Comprobé que si yo estoy feliz, mi hija también lo siente, se contagia y lo vive. No hay cosa que más alivio me da, que el poder decirle a mi hija con toda la confianza y amor: “Dame un momento, ahorita no me siento bien”. Y lo entiende, lo respeta, sabe que además de ser mamá, soy mujer que siente, que piensa, que quiere cosas.

Esto también lo he logrado lógicamente con la ayuda incondicional de mi familia, que me apoya cuando me ocupo. He de suponer que en esto también soy suertuda.

Conocer mis límites

A pesar de haber querido ser mamá desde joven, esto no significa que tendría muchos hijos. Conozco mi cuerpo y mis límites como madre, por eso decidí no tener más hijos, siento que ya no tengo la misma energía ni disposición, creo que ya no romantizaría los achaques, ya no podría darme el lujo de dedicarle dos años exclusivos a un nuevo bebé, mi atención sería muy compartida y no me parece justo.

Sanación

Desde que soy terapeuta holística comprobé el beneficio que tiene sobre mi hija el hecho de sanar todo lo que necesitaba sanar. Un proceso muy fuerte, pero necesario.

Entendí que cualquier enfermedad que tienen los hijos es por una emoción o trauma mal gestionado y no sanado de los padres y que cuando lo resolvemos, los niños mejoran considerablemente y en el mejor de los casos se sanan por completo, dependiendo del caso.

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Porque la maternidad es un todo, también es holística, no se puede simplemente enfocar en el bienestar externo, físico, material. La parte emocional y espiritual es también importante y no basta con consolarlos o repetirles frases positivas para animarlos, se requiere sanar cualquier emoción contraria al amor que pueda afectarlos directa o indirectamente a ellos también.

Prueba de mi trabajo interno de sanación (aún en proceso) es que mi hija tiene ya cuatro años consecutivos de no enfermarse. Decime qué síntoma tiene tu hijo y te diré qué emoción necesitás sanar.

No todo es color de rosa

Desde que una se convierte en mamá queramos o no, siempre tenemos encima personas que juzgan, critican y quieren decirnos cómo es la mejor forma de ser mamá. Desde siempre he sabido que no todas somos iguales y que cada una es lo mejor que puede ser y que también los hijos son distintos.

Estoy clara que la única que puede decir si soy buena mamá o no es mi hija y créanme que cuando no lo soy me lo hace saber y para mí, aunque muchas veces es doloroso, es una maravilla porque es lo que me permite al menos intentar ser mejor persona.

Tener la responsabilidad de atender y criar un ser humano puede llegar a ser intimidante y muy estresante. A veces me agobia el hecho de pensar si estoy haciendo bien las cosas. Soy una mamá con carácter fuerte, bien regañona, siempre cuento en tono de broma que de las dos, a la que le toca aguantar es a ella, tan linda, tan noble, tan llena de amor y paz.

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Mi hija sabe que tiene derecho a decidir. Que por el hecho de que yo fui mamá joven no significa que ella también lo será, que aunque yo tenga tatuajes no significa que ella también los tendrá.

Más allá de querer ser una buena mamá, me interesa más que ella aprenda a discernir para que esto le ayude a tomar buenas decisiones y sobre todo que respete las decisiones de las demás. Lo único que quisiera que tome como ejemplo de mí y se lo he comprobado, es que cuando hacés algo que realmente querés y te dedicás a lo que te apasiona, sos feliz a pesar de cualquier complicación.


Voces Sororas en octubre problematiza la maternidad y la aborda desde los conflictos, realidades, silencios y necesidades de distintas mujeres.

Ilustración realizada por Colectiva

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