Media Cuartilla

Ojitos color café

Esa madrugada me senté en la cama y tuve una sensación inexplicable en el cuerpo. Supe que estaba embarazada. Tenía 22 años y hacía 4 que cursaba la carrera de abogacía en la universidad. La ansiedad se apoderó de mí, tenía que confirmar.

Ese domingo a la noche compré un test de embarazo en una farmacia, entramos a un bar y fui derecho al baño. Leí como pude las instrucciones y seguí los pasos. Había que esperar unos minutos pero el resultado llegó de forma instantánea.

Salí con la prueba en la mano, me quedé parada en el marco de la puerta del baño. No podía articular palabra. Mi pareja, que estaba sentada en una de las mesas, se levantó de un salto, se acercó, me tomó de la mano y salimos del local.

Cruzamos la calle y nos sentamos en un banco de una plaza. Seguía con la tira reactiva en la mano, no podía dejar de mirarla. Entré en una montaña rusa de emociones, del miedo a la risa, de la incertidumbre a la certeza, de lo imaginado a la realidad. Lloramos, nos abrazamos, nos preguntamos ¿qué haríamos? y decidimos esa misma noche aceptar el reto y recorrer un camino inesperado.

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La vida me cambió al ciento por ciento, cada decisión era importante y mi carrera universitaria era un tema. Decidí seguir en la facultad y ver qué pasaba, como pudiera. Los tres primeros meses fueron fatales: nauseas, vómitos, dolores que desconocía.

Mi cuerpo estaba revolucionado pero mágicamente a los tres meses todo se normalizó. A partir de allí disfrute el día a día, mi niño me acompañó pacíficamente en cada hora de estudio, en cada clase, salvo cuando llegaba el turno del cursado de Derecho Procesal Civil. No lograba controlar mi panza, escuchaba al profesor y no se quedaba quieto, patada para acá, patada para allá. En más de una oportunidad terminaba escuchando la clase al final del salón, apoyada contra la pared.

Ese año aprobé ocho materias. Fui hasta la última clase. Llegó diciembre y no podía más. El calor pegó con fuerza ese verano y no había parte de mi cuerpo que no estuviera hinchada. El día de mi cumpleaños, el 5 de enero, fui con mi bolso y todos los miedos que te puedas imaginar a internarme. Había llegado el momento. Estaba en la semana 39 y era el último día del obstetra previo a sus vacaciones.

Esa mañana me ingresaron a la sala de preparto cerca de las 9. No había un centímetro de dilatación y el médico decidió inducir el parto. No sabía bien de qué se trataba pero yo quería tener mi parto con él, me había acompañado durante todo el embarazo.

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Me sentía segura, contenida, había desactivado cada miedo que tuve durante la gestación, quizá con la experiencia de hoy y un poco más de información hubiera esperado el curso natural de las cosas.

Llego el mediodía y seguía sin dilatación. Los nervios se apoderaron de mí. Afuera  la familia y los amigos que iban llegando ansiaban un pronto nacimiento pero la presión me jugó en contra. El médico les prohibió el ingreso a la habitación, quedé sola en el cuarto con mi pareja haciendo de asistente del obstetra. Cerca de las 15 me pincharon la bolsa y el dolor se apoderó de mi cuerpo, las contracciones se empezaron a sentir con mayor fuerza.

La tarde fue difícil y la noche me agarró cansada, muy dolorida, sentía que no daba más. El médico se acercó y cariñosamente me dijo que era la hora. El corazón me latía a mil, me llevaron en camilla a la sala de partos y me sentaron en una silla. Cada vez que pujaba la aguja del suero se salía de mi mano y una enfermera volvía a colocarla, pero a esa altura el dolor había pasado a otro estadío, estaba concentrada en mi bebé.

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De pronto nació, el médico lo levantó en una mano, y me lo mostró. Haciendo las veces de balanza me dijo “pesa 3.600”. Nada de lo que se decía en el lugar me importaba, no podía dejar de mirar a mi niño. Se lo llevaron a una mesa donde lo limpiaron bajo mi atenta mirada.

Lo cambiaron y me lo apoyaron en el pecho, nos miramos y fue amor del bueno. Esos ojitos incandescentes me marcaron para siempre, destello que a veces, cuando me mira fijo, aún veo en sus ojitos color café.


Voces Sororas en octubre problematiza la maternidad y la aborda desde los conflictos, realidades, silencios y necesidades de distintas mujeres.

Ilustración realizada por Colectiva

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