Media Cuartilla

Una década de maternidad gemelar

Siempre supe que quería ser mama, como soy hija única y me siento feliz de serlo, yo decía que tendría una hija o hijo y ya, pero como el universo es mágico me dijo: tomá niña, ahí te van dos de un solo y fue así que me convertí en la mama de las gemelas. La noticia me cayó como balde de agua fría, sobre todo porque no sabía que tenía tal herencia genética.

La primera reacción fue el miedo, luego la negación, el shock y finalmente la aceptación: Bienvenidas mis amoras. Namasté. Desde ese día mi prioridad fue aquel embarazo, que además era de alto riesgo, primero por ser múltiple y segundo porque tengo dos miomas en el útero y “los miomas son tumores benignos que se alimentan de las hormonas, y con el embarazo pueden llegar a crecer del tamaño de un balón de fútbol y pelear con los fetos por el espacio en el útero”, me dijo el ginecólogo.

Así que: comiendo sano, vitaminas, calcio, terapia floral, sesiones de terapia alternativa con mi gurú, full vibras positivas y así, pasamos los 7 meses hasta que llegaron mis hijas. Parecían ratoncitos pero estaban sanitas. Escuchar aquel llanto gatuno de prematuras me hizo llorar de felicidad, primera vez en la vida que lloré de felicidad. Hasta aquí era todo romanticismo, salvo la preeclampsia claro, pero bien.

Lo que nadie te cuenta

Cuando tenés gemelas la gente siempre te dicen “qué lindas, yo también quisiera tener gemelas” o “qué alegre que ya saliste de eso de un solo”, “ay, así quisiera yo la parejita, debe ser lindo”… Pues les cuento que noooo, no es lindo, es jodidamente cansado, agotador, carísimo y al menos durante los dos primeros años, no tenés vida.

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Me hicieron cesárea por la preeclampsia, y aún así me las tuve que jugar para amamantar a dos bebés al mismo tiempo, no tuve chance de quejarme del dolor en la herida o de la raquídea.

Las niñas padecían reflujo porque su organismo no estaba del todo listo, entonces tenía que amamantarlas cada tres horas y quedarme 20 minutos con cada una sacándole los gases y esperando que bajara la leche, de lo contrario tenían reflujo y se me escapaban de ahogar.

¿Se imaginan? Cada tres horas, es decir pasaba una hora amamantando y sacando gases, sentada, luego me acostaba, cerraba los ojos y a las dos horas de nuevo.

Me sentía súper agotada, y aunque tenía ayuda de día, de noche me tocaba sola. El progenitor hizo la mueca los primeros tres meses, luego decidió escribir su capítulo de la Rosa de Guadalupe y bueno, esa es otra historia. Volvamos a la maternidad gemelar.

Durante el primer año de vida de mis monas no tenía espalda, era un dolor permanente, horrible. Era imposible rechazar aquellos bracitos alzados. Chineaba a una y al rato a la otra, y luego de regreso con la primera y así. Recuerdo los famosos vómitos al estilo exorcista (es impresionante como un cipote puede vomitar tanto y con tal fuerza) de madrugada, y al día siguiente regia yo a trabajar porque toca, porque sí.

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Y bueno, hablemos de plata. Yo soy mamá profesional y trabajo, entonces tenía que pagar niñera durante el día, ella y mi mamá me las cuidaban para que yo trabajara, pero apenas llegaba de la oficina eran mi responsabilidad. El pago de la niñera, de leche, pañales, toallas húmedas, comida, visitas al pediatra, ropa, etc., eran literal casi dos salarios mínimos en 2010.

Rumbo a la independencia

Cuando ya caminaron fue la felicidad, mi pobre espalda ya podía descansar un poco, aunque ahora tocaba el corre-corre detrás de dos, así que por muy cansada que llegara del trabajo sabía que tenía que jugar, corretear y demás. Esa parte la disfruté montones, pero también hubo momentos en los que caía medio muerta en la cama, y me levantaba en modo zombie a pasar pacha de madrugada.

De aquí en adelante, mi energía ha estado enfocada en enseñar a mis hijas a ser humanas funcionales e independientes. Recuerdo cuando tenían como tres años, una de ellas guardó una panita con comida en la refri porque eso les enseñé, “si ya no quiero, lo guardo”, y de repente se levantó de donde estaba, se fue directo a sacarla y se sentó a comer. Cuándo le pregunté qué estaba haciendo me respondió “es que tengo hambre”. Me sentí orgullosa y mala madre a la vez.

Sí, mala madre, porque la maldita culpa tampoco es chiche, mi pobre niña comiendo frío… por otro lado, mi niña ya busca cómo resolver sus propias necesidades. Obvio que le calenté la comidita, pero me alegré saber que íbamos por buen camino. Hoy ya tienen 10 años cumplidos, hacen sus propias ensaladas, batidos, sándwiches y otras recetas, tienen un nivel de independencia que me hubiera gustado tener yo a su edad.

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No tengo que corretearlas para que hagan sus tareas porque están claras que la tarea es de ellas y no mía, yo les puedo ayudar si es necesario pero en el 95% de los casos, siempre lo hacen ellas solas y son excelentes alumnas. Gracias al covid-19, iniciaron su proceso de ayuda en los quehaceres, antes era sólo los domingos que colaboraban.

Ahora ya no es tan cansado, estamos entrando en esa etapa hormonal de cambios, de rebeldía y bueno, ahí vamos un día a la vez. Por supuesto que las amo con todo mi ser, daría mi vida por ellas, son de lo mejor que me ha pasado.

Soy mama por decisión, he disfrutado cada etapa de su crecimiento, hemos vivido cosas lindas y bochinches cotidianos, días de hospitales y aventuras con la naturaleza. Son mi mayor orgullo.

Pero ser mamá de gemelas también trauma, al menos a mí me traumó. Para mí la maternidad llegó por la puerta grande con mis twins y se cerró para siempre.

No me imagino pasando todo ese corre-corre nuevamente. Recuerdo que hace ya varios años, una noche soñé que estaba embarazada y me desperté asustada, con taquicardia y la respiración agitada, pero entonces me acordé que estaba sola, soltera y sin vida sexual activa, y me dije para mí misma, “ufff, qué babosa que sos, qué susto”.


Voces Sororas en octubre problematiza la maternidad y la aborda desde los conflictos, realidades, silencios y necesidades de distintas mujeres.

Ilustración realizada por Colectiva

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