Media Cuartilla

El amor propio en todas las tallas

Creo que fue a los nueve años cuando empecé a notar, o mejor dicho, la gente se encargó de hacerme notar, que mi cuerpo era un poco más grande que el de las demás niñas.

Desde que somos niñas, en la casa, en la escuela y en la calle, gente completamente desconocida, se encarga de decirnos que nuestros cuerpos están mal.

Sin saberlo yo tenía varias armas secretas para que esto no me afectara: Andaba siempre en la “luna”, en mi mundo de fantasía, de niña; y mi abuela materna, quien fue clave para el desarrollo de mi autoestima, desde niña me decía que Dios hizo a las personas diferentes, de diferentes colores y de diferentes tamaños, y que a todos nos quería por igual.

No hablaré de mi relación con la comida porque eso ocupa un escrito aparte y porque además, como muchas sabemos, no importa la talla, la gente siempre tiene una opinión sobre los cuerpos de las mujeres.

A los 11 años tuve una cirugía en la cadera que me dejó una gran cicatriz en la pierna. Eso no me detuvo de usar shorts durante la adolescencia. Recuerdo que una vez mientras mi madre me compraba ropa, me dijo: “se te mira la herida”, y la señora de la tienda, quien también es su amiga, contestó: “Déjala, si a ella no le molesta, que se ponga lo que quiera”. ¡Qué poderosas palabras! Nunca se me olvida ese momento. Son las cosas que las niñas deberían escuchar, y no la insistente presión por el peso, por la apariencia, en fin, por todo.

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Nunca tuve vergüenza de mi gran cicatriz, que en los primeros años se apreciaba bastante en mis hermosas piernas. También me acostumbré a usar blusas de tirantes sin brassier. Me encantaba andar así, aunque en la casa siempre me decían “usá brassier”. Luego entendí que tal vez era una forma de protegerme porque conforme fui creciendo, empecé a sentir las terribles miradas hacia ciertas partes de mi cuerpo, pero del acoso hablaré en otro momento.

Siguiendo con las transformaciones de mi cuerpo, cuando tuve a mi primer hijo subí como 50 libras. Creo que tal vez en este momento es cuando empecé a ver las “fallas” en mi cuerpo. Me sentí diferente.

Pero una cosa siempre la tuve clara, no permitiría que nadie me hiciera sentir mal. Desde niña solamente dentro de mi familia  —siempre y cuando fuera con cariño— podían decirme “gordis” o “gorda”. Sé que esa palabra no me define.

Nadie debería ser definido por su apariencia, su peso o su color de piel, a no ser que eso sea lo que te empodere y que así lo hayas decidido vos.

Una vez una señora me regaló una blusa blanca con semi-transparencias, la hizo ella misma y me dijo: “Es que vos sos atrevida y te pones ese tipo de ropa sin problemas”. Si me gusta algo con transparencia, me lo pongo. Más de una vez alguien en algún momento ha sugerido que use ropa por dentro para que “no se me mire”. ¿No se me mire qué? ¿Los rollos? ¿Las estrías? Hasta se me repintan y no me quita el sueño.

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Todo esto influye mucho en las niñas, una ve a algunas que de repente dejan de comer porque no quieren ser gordas e incluso hay madres y padres que no reparan en si se están nutriendo bien porque es mejor una niña flaca que una niña sana. Ese es el mensaje que les queda. Lo peor es que si las niñas son flacas y altas también las critican porque son diferentes al resto. Por otro lado, vemos a muchachas hermosas y ni siquiera con sobrepeso, pero sintiéndose mal con sus cuerpos.

Hubo un momento en el que se mezclaron en mi cabeza los moralismos impuestos por la sociedad a las mujeres, que pasan precisamente por nuestros cuerpos y nuestra sexualidad. De todo eso me liberé gracias al feminismo y a mujeres que lo comparten.

Nos piden no solo cumplir un estándar de belleza y lo cumplamos o no, igual vendrán a juzgarnos por lo que hagamos con nuestros cuerpos, ya sea en la cama, a solas o en compañía. Y no, ni nuestros cuerpos, ni nuestra salud emocional y sexo afectiva están ni deberían estar influidas por las ideas de otras personas.

Ni la familia, ni las amigas, amigos o parejas, sean esposos, novios o amantes deberían influir en las decisiones que tomamos y en cómo nos sintamos con éstas. Si un hombre te hace sentir incómoda con tu cuerpo, ahí no es. Alza el vuelo a un reencuentro con vos misma, con el poder de tu cuerpo, sea del tamaño que sea.

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Si el cuerpo no cumple la “norma” hasta hay quienes se atreven a cuestionar la capacidad del placer de éste. Nada más alejado de la realidad. Cuando un cuerpo es aceptado y amado, otros también serán capaces de amarlo, de desearlo más allá de lo que imaginaron.   

Y llevo esto al plano sexual porque si una niña o una adolescente crece pensando y creyendo que su cuerpo está mal, esto también repercutirá en cómo lleve su vida sexual de adulta e incluso en el tipo de pareja que podría escoger, no importa si es para algo casual o formal. No tiene que ver con la cantidad de parejas que tengas, sino con que muchas veces hay quienes tienen relaciones sexuales para que sus cuerpos sean aceptados.

La sexualidad tiene que ver con nuestras vidas más de lo que imaginamos y para las mujeres y el uso de los cuerpos para el placer se vuelve hasta político. Por eso digo que el amor propio debe estar en todas las tallas.


En noviembre en Voces Sororas hablamos sobre el placer y el amor propio.

Ilustración realizada por Colectiva

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