Media Cuartilla

De cómo el yoga me enseñó a respirar

Soy muy activa, desde chiquita participé en distintas actividades: en un club de atletismo, en actos culturales del colegio y en la gimnasia rítmica. Suelo estar siempre en movimiento. Me cuesta mucho estar quieta y es lo que me hace ser muy dispersa.

La pandemia me obligó a permanecer en casa y hacer diferentes rutinas de ejercicios, las que me ayudaron a canalizar mi ansiedad de manera momentánea. Tengo crisis constantes y el ejercicio es para mí una válvula de escape.

Una amiga estaba dando clases de yoga en línea y me entró la curiosidad de practicar un mes con ella. Quería hacer esas posturas increíbles que se miran en Instagram, pero entonces no sabía que iba a ganar más que eso con la práctica constante.

El primer día de clase estuve muy ansiosa por saber cuánto tiempo iba a necesitar para hacer una sirsasana, una postura que consiste en hacer una parada de cabeza, porque estaba acostumbrada a tener un resultado visual o físico de los  ejercicios que antes practicaba.

Mi guía muy amablemente me dijo que con el yoga jamás se deja de aprender y que la ganancia viene desde adentro de mi ser, que aunque no tenía las posturas perfectas, estaba siendo mas consciente de mi cuerpo, de mi respiración. 

Luego de un mes de practicar sin descanso y más de una vez en el día, me encontraba tan apresurada por querer pararme de cabeza que no me daba cuenta cuánto había avanzado y fortalecido para lograrlo.

Comencé a ver en retrospectiva y me di cuenta de cómo había minimizado mis pequeños pasos, que fueron las bases y el soporte para lograr esta asana o postura de yoga.

Fue hasta ese momento que comencé a cuestionar cómo llevaba mi vida, empecé a darle valor y atención a aquellas cosas que pasan desapercibidas, como respirar.

En yoga se realizan unos ejercicios de respiración llamados pranayama, término de origen sánscrito que significa “control de la respiración”. Esta técnica, que tiene como beneficio aumentar la capacidad pulmonar, me relaja a tal punto que entro en calma y me posiciona en mi presente.

Siempre antes de la práctica hago unos cinco minutos de respiración para ser consciente y controlar mis pensamientos, de esta manera realizo un vacío mental y mi cuerpo se permite conocer y disfrutar cada asana. Así, al inhalar y exhalar, aprendí a escuchar a mis músculos, a mis huesos, el latido del corazón, mis pulmones.

Leer también: El amor propio en todas las tallas

Ahí mi cuerpo habla por sí solo, a veces llora y lo dejo, sin reprimir, sin cuestionar, sin señalar, solamente dejo que el sentimiento pase. Comencé a dejar entrar esas vibraciones a mi vida sin tener miedo de ellas, sin darles el control, porque entendí que llorar no significa debilidad o castigo, sino que es la mejor manera para limpiar mi alma.

Respirar me ha enseñado a agradecer. Por cada postura trato de mantener al menos cinco respiraciones y cada respiración lograda es un avance que aplaudo porque agradezco hasta el mínimo avance que mi cuerpo me permite hacer. Me doy cuenta que hablarme con agradecimiento es también hacerlo con amor, una cosa lleva a la otra.

Así ya no me comparo, no estoy pendiente de cómo alcanzó la postura mi compañera o cómo se mira esa postura en redes. En ese momento la postura que alcanzo es la que mi cuerpo está preparado para hacer y le agradezco porque me permite realizarla.

Acá entra en juego la paciencia, respirar y entender que hoy mi cuerpo se adaptó a esa postura. Más adelante, con constancia y conciencia, inhalando y exhalando, voy adaptándola a los cambios que se necesitan. Quizás a veces no logro llevar la postura a una versión más avanzada, pero si la mantuve por dos respiraciones más es un avance que antes no lo veía, así que lo aplaudo.

Leer también: Venus esteatopigia

También he aprendido  a entender que hay días en que mi cuerpo solo quiere descansar, en que el mejor ejercicio físico y mental es acostarme en la cama o mi tapete de yoga y entrar a shavasana.  Esta es una postura que al inicio me costó mucho alcanzar, en la que aparentemente no se hace nada, pero en realidad es cuando ponés tus pensamientos en silencio. Aquí también me ayudó la respiración.

Normalmente se hace al final de la clase de yoga, pero la estoy realizando para poder dormir los días en que mi cabeza mi da vuelta. Respiro, suelto, respiro y suelto, no le doy espacio a los pensamientos que llegan, los dejo pasar hasta que logro dormir.

Después de algunos meses sentándome casi a diario con mis guías de yoga, me he dado cuenta que más que una postura bonita para la foto, he aprendido a escuchar a mi cuerpo, a tratarme con amor y paciencia, a dejar de compararme, a equilibrar mis pensamientos y, en especial, a respirar.

Es por ello que estoy haciendo del yoga un estilo de vida que no solo practico al estar en la esterilla. Intento todos los días estar más presente, ser más consciente conmigo misma y mi exterior. No siempre lo alcanzo pero, lo intento. Estoy más presente.


En noviembre en Voces Sororas hablamos sobre el placer y el amor propio.

Ilustración realizada por Colectiva

A %d blogueros les gusta esto: