Media Cuartilla

Una íntima confesión

El erotismo es una de las bases del conocimiento de uno mismo, tan indispensable como la poesía. Anais Nin

Nunca me ha gustado que me encajonen como una poeta erótica, aunque en mis poesías sí hablo del amor romántico como una experiencia de un encuentro vital entre mi cuerpo y mis sentidos. No me gustaba, porque percibía que se delimitaban mis temas a un aspecto meramente copulativo, de encuentro sexual, y no del deleite que nos pueden provocar ciertas experiencias de intimidad con nosotras mismas, con lo que nos hace sentir vivas, radiantes, divertidas y femeninas. Estas experiencias íntimas no son necesariamente encuentros amorosos, o sensuales.  

Hablar del amor propio y no hablar de las búsquedas de aceptación, intimidad y de las decepciones que nos provoca relacionarnos con otras personas. Cuando reflexionamos sobre lo que significa el amor propio o autoestima, no podemos construirla sino es con la otredad. Quiero decir con el contraste o complemento de los otros. En la medida que yo me relaciono con otros encuentro esos paradigmas de la diferencia o la complementariedad.

Pero ¿qué tienen que ver mi poesía erótica, con el amor propio y la otredad? En el proceso de formación como individuos, estos elementos son parte de nuestra naturaleza. En este sentido, mi experiencia del placer tiene un acercamiento especial con la palabra. El deleite del descubrimiento de otros placeres me lo dio la lectura y compartir mis lecturas, autores con otros lectores y escritores. Aunque la lectura es un acto solitario, siempre va acompañado con la imaginación, con la conexión entre la sonoridad de las palabras que nos antojan una sucesión de imágenes, de olores, de sensaciones térmicas que se registran en la memoria afectiva.

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La escritura, en especial la poesía, despertó en mí el deleite por las palabras. La sonoridad, la cadencia del ritmo, lo sincopado de la ruptura de la sintaxis, el verso libre y los caligramas, son un espectáculo de la imaginación y lo sinuoso que resulta el malabar poético.

Hace unos años, una joven universitaria me entrevistó porque su tesis fue sobre el erotismo en la poesía nicaragüense, una de sus preguntas fue: si en mi vida cotidiana era igual de “sensual” que en mis textos. Esto me llevó a reflexionar sobre ¿cuánto estamos las mujeres dispuestas a decir sobre nuestros íntimos placeres? Qué tan abiertas somos a dejar al descubierto lo que nos gusta, lo que exploramos y necesitamos, no solo como mujeres, también como ciudadanas, como profesionales, madres, amigas.

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Compartir una cerveza, un café con amigas y contarnos las cuitas es un estimulante para aumentar la dopamina y reforzar esos vínculos afectivos entre las amigas. Así que en las charlas espontáneas nuestras pares son material valioso para crear poesías, narrativas como sucedió con los Best Seller: El Diario de Bridget Jones, novela de la escritora inglesa Helen Fielding, Los Caballeros las Prefieren Brutas, de la colombiana Isabela Santodomingo, y la obra de teatro: Los monólogos de la Vagina, escrita por la feminista estadounidense Eve Ensler.

En este sentido, las autoras tomaron sus conversaciones, reflexiones con sus amigas para llevarlas a una obra de ficción, para entrar en un diálogo con otras mujeres, darnos cuenta que pese a las diferencias culturales, sociales, las mujeres necesitamos expresar lo que por mucho tiempo nos ha sido limitado: las palabras.

Estas palabras, no solo para expresar amor, comprensión, cariño, solidaridad. También palabras que nos conduzcan a tomar decisiones, a plantear lo que queremos, soñamos y anhelamos.

El tema de lo erótico no era nada nuevo en la escritura, que también por mucho tiempo fue vetado para los hombres como en el caso de las obras del Marqués de Sade o El amante de Lady Chatterley del escritor británico David Herbert Lawrence. Sin embargo, las mujeres tuvieron que recorrer un largo trayecto para plasmar en una obra, ese deleite femenino, que no se debería reducir solo a un placer sexual, sino como lo mencioné con anterioridad a toda una experiencia.

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Tal es el caso de la novela mexicana “Como agua para Chocolate” de Laura Esquivel, en dicha novela el paladar, es el centro de la experiencia sensorial. Los platillos, en particular la comida mexicana, llevan al lector a un disfrute de los sentidos: imaginando en cada receta, sabores, colores. En el caso de las obras que mencioné, fueron llevadas en su versión adaptadas al cine que también es una experiencia visual, cinestésica, sensorial que nos ofrecen otro tipo de goces.

La escritura es tomar el riesgo de decir para entablar un encuentro íntimo con el lector, es llevarlo a nuestro “cuarto propio” como decía Virginia Wolf, acurrucar con palabras y nuestras visión de la vida, a esos lectores que sin conocernos, tienen los mismos deseos, placeres y vicios.


En noviembre en Voces Sororas hablamos sobre el placer y el amor propio.

Ilustración realizada por Colectiva

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