Media Cuartilla

La vida a través del visor

Mi primer contacto con ese “artefacto”

Era una fiesta familiar, caminaba detrás de mi papá y desde abajo observaba cuidadosamente lo que hacía con un dispositivo color negro. Era su cámara point and shoot de la Kodak.

“Posá, posá…”, “Digan Cheese”, eran algunas de las palabras que repetía a los participantes de la fiesta, quienes se movían rápidamente y sacaban su mejor sonrisa para la foto.

Yo me reía y lo seguía. Me picaba la lengua y las manos, pero no me atrevía a pedírsela prestada, hasta que de repente se me salió entredientes un “¿puedo tomar una foto?”. Para mi sorpresa mi papá contestó que sí, se puso en cuclillas y me tomó las manos para poner en ellas la camarita.

Luego me mostró que debía poner mi ojo en el visor y pulsar el botón de la derecha. Se colocó delante de mí y me dijo “ya” y ¡zas! tomé mi primera fotografía.

Esa es la historia de mi primer contacto con una de las actividades que me genera más satisfacción en este viaje llamado vida.

Mis primeras cámaras

Cinco años después del primer “episodio”, mi mamá me dio el mejor regalo que podía esperar, mi primera cámara propia. Era una cámara Samsung digital, compacta y color plateada. Ella había tenido la oportunidad de viajar a Miami a reencontrarse con una de sus amigas de infancia y habían decidido que ese era el regalo perfecto para mí. Sí que atinaron. 

Leer también: Una íntima confesión

Para esos años la fotografía análoga ya había “pasado de moda”. Casi obligatoriamente, la Kodak había cerrado y mi papá también había decidido trasladarse al mundo digital. Juntos, pero ahora cada uno con su cámara, fotografiábamos toda reunión o paseo familiar, cualquier persona, objeto y flor que nos llamaba la atención.

Fotografía intervenida por la artivista El Gato Negro Lunar, inspirada en la canción «Niño Hojas» de Natalia Lafourcade.

Cuando se me dañó mi primera cámara fue como una tragedia porque tal vez suene muy loco o extraño, pero de alguna forma genero una gran conexión con cada una de mis cámaras. Se vuelven como mis acompañantes en distintas experiencias y me cuesta “dejarlas”.

El caso de mi primera cámara me llevó a decidir que me compraría todas las siguientes con mi dinero, aquel que ahorraba de mis meriendas del colegio y regalos de cumpleaños, navidad, etc. Esto era una decisión importante para mí, pues siendo una niña, mi cámara era como mi bien más valioso, mi responsabilidad, y eso me hacía sentir grande.

Leer también: De cómo el yoga me enseñó a respirar

En el año 2013 decidí llevar mi pasión por la fotografía a otro nivel. Había ahorrado y me había comprado una cámara profesional Canon y no estaba sacándole el máximo provecho porque no sabía usarla en manual, así que a la primera oportunidad tomé un curso de fotografía con el fotoperiodista Antonio Aragón Renuncio.

Para esos años, no sé, tal vez tenía que ver con todas las inseguridades de la adolescencia, pero yo sentía que no era muy buena. Solo tomaba fotos a familiares y amigas, y me daba un poco de vergüenza publicarlas. Hasta que gracias al boom de las redes sociales (especialmente Instagram), conocí a más personas que les gustaba mi trabajo, participé en talleres, concursos, colaboraciones y mi propio proyecto fotográfico.

Fotografía con propósito social

Me gusta mucho la fotografía que plasma realidades de impacto social y cultural, es decir la foto documental. He podido ver y experimentar ese poder que tiene la fotografía para generar empatía, visibilizar realidades y hacer denuncia. Me parece fascinante. Y a pesar de que considero que me falta mucho camino por recorrer en esto, he disfrutado mucho de las experiencias que he tenido.

Desde el año 2016, tengo un proyecto de fotografía y storytelling, llamado Nicagrafía, que bajo la filosofía de “Todos tenemos una historia que contar”, recopila historias y fotografías de personas en las calles de Nicaragua.

Hasta el momento, Nicagrafía ha abordado historias de vida que visibilizan realidades/temáticas como: empleo informal, desempleo, educación, lucha lgbtiq+, feminismo, salud mental, vida rural, entre otros.

En 2019 tuve la oportunidad de participar en la exposición fotográfica “Mujeres vistas por mujeres” del Ladyfest Managua, junto a otras fotógrafas emergentes. En esta ocasión presenté fotografías que visibilizan el rol activo de la mujer en la economía nacional, particularmente mujeres trabajadoras informales, lideresas comunitarias y amas de casa.

También he tenido la oportunidad de viajar dentro y fuera de Nicaragua para fotografiar lo que hace la gente en las calles, su vida “del día a día”, aquello que puede pasar desapercibido a los ojos de los ciudadanos.

Me llena de mucha satisfacción el hecho de colaborar con proyectos sociales y pensar que mi fotografía no solo es estéticamente bonita, sino que también puede generar sentimientos, que pueden coincidir (aunque no necesariamente) con los que tuve al momento de tomarla.

Fotografía intervenida por El Gato Negro Lunar.

Este año algunas de mis fotografías que resaltan el rol de las mujeres en la sociedad han sido publicadas en la revista Las Malcriadas. También he realizado colaboraciones con otras mujeres ilustradoras como @elgatonegrolunar y @pajaradeunanoche. Y desde Nicagrafía hicimos una colaboración con la iniciativa social “¿Y si hablamos de esto?”, que consistió en un concurso para visibilizar los desafíos de la juventud nicaragüense a través de fotos.

Miro hacia atrás y me doy cuenta que he pasado casi toda mi vida fotografiando. La fotografía se ha convertido en mi trinchera, en mi “cuarto propio”, en ese espacio de reflexión, lucha y encuentro conmigo misma y con otras personas. Es mi herramienta para expresar al mundo aquello que me gusta, pero también aquello que me incomoda.


En noviembre en Voces Sororas hablamos sobre el placer y el amor propio.

Ilustración realizada por Colectiva

A %d blogueros les gusta esto: