Media Cuartilla

Solo el amor propio nos puede salvar

Recientemente me encontré con arrebatos de ira, de reclamos, de choques… de odio. Esto trajo consigo consecuencias físicas, como subidas de presión, dolores de cabeza, fatiga y cansancio. Entre lágrimas me pregunté: ¿Qué estaba pasando? ¿Qué le estaba pasando a los demás? ¿Por qué tanto odio hacia mí? Un gran amigo, muy sabio, me dijo, que redirigiera la pregunta: ¿Qué me estaba pasando a mí?

No sé si han pasado por ahí. Honestamente no es un lugar muy lindo. Encontrarse sola, herida, con la sensación que estás haciendo lo mejor, pero nadie lo entiende y para remate pareciera que el universo conspira en contra tuya (sí, la antítesis de la versión Coheliana en persona). Se trate de días malos días, malas experiencias, malos ratos o nubes negras, de algo podemos estar seguras y seguros: piedras, espinas y pantanos habrá a lo largo de nuestro viaje por esta tierra.


 ¡Y qué pantanos! En una acalorada discusión dentro de un grupo al que pertenecía me di cuenta que no bastaba cuántas respiraciones y posiciones de yoga hacía en el día, habrán siempre personas, lugares, relaciones que simplemente nos sacaran lo más irracional de nosotras. Lo que tengo que decir es sano. Necesitamos darnos el permiso de sentir y abrazar los sentimientos de ira, dolor, vergüenza y por qué no, también de odio porque como mujeres muchas veces la estructura patriarcal está diseñada para reprimirnos, callarnos, para que nos traguemos lo que sentimos y seguimos como si nada. Esta fórmula me parece tan tóxica, no solo para mí, sino para los que están a mi alrededor.

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Mi búsqueda en este camino solo se encontró con una muralla, la muralla de que nada puede ser cambiado, pues ¿qué respuesta le podés encontrar al odio, a la ira, a la injusticia, a la discriminación? Fui ahí cuando me di cuenta que necesitaba hacer un alto. Realmente preguntarme: ¿Qué me estaba pasando? Porque al final no se trata de lo que los demás piensen o digan de vos, sino más bien de qué permites que te afecte. Es ese momento de honestidad total hacia una misma que nos lleva a ser vulnerables.

El asunto con ser vulnerables es permitirnos serlo. Esto es mal visto en nuestro sistema. Peor si sos líder, si estás en posiciones de poder. Nos creemos la mujer maravilla, no solo por lo aguerrida y fuertes que debemos ser en todas las áreas de nuestras vidas (familiar, social, laboral) sino también por lo astutas, inteligentes y exitosas que nos exigen ser, no importa el cómo, no importa qué, siempre y cuando logremos lo que queramos.

Y en esa presión —a veces más o menos visible— que sentimos de los demás hacia nosotras, caemos en la trampa de no ser reales, de no ser auténticas, de no querer aprender, pero deconstruirnos, fallar, abrazarnos en nuestras imperfecciones son parte de nuestro mapa único, que al final resaltan nuestra propia belleza.

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La vulnerabilidad nos hace humanos y nos conecta hacia otros y otras, pero al mismo tiempo hacia nosotras mismas. Cuando soy vulnerable me doy cuenta de que necesito amarme más y que necesito amar más. La Dra. Brené Brown, quien por años ha estudiado la vulnerabilidad del ser humano, lo describe así: “La vulnerabilidad es nuestra medida más precisa del valor.

Ser vulnerable, dejarnos ver, ser sinceras o sinceros. “La vulnerabilidad es donde nace la innovación, la creatividad, el cambio”, dice Brown en su charla en TED, titulada Escuchando a la vergüenza. Cada palabra de esta mujer es valiosísima.

Unido a la vulnerabilidad quizás el camino más difícil es el del amor. El amor es una elección. Nunca es fácil decidir amar en vez de odiar. Nunca es fácil pedir perdón, nunca es fácil decir me equivoqué. Sin embargo, el amor es el que te puede hacer libre. Es el que te puede enseñar que detrás de palabras de odio, de rabia, en realidad solo hay personas proyectando sus inseguridades hacia vos y hacía ellos mismos y mismas.

El camino del amor que debemos escoger es el amor que nos nutre, que nos hace creer en nosotras mismas. Está bien fallar, caerse, no ganar siempre, está bien inclusive si las cosas no salen a cómo las habíamos planeado.

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Alok, un poeta no-binario indio estadounidense dijo una vez: “He descubierto que el amor es el acto revolucionario por excelencia. En una sociedad donde la norma es matar, odiar, el ser diferente es un acto de rebeldía”.

Que nuestro discurso sea diferente, aún cuando suene un cliché o una frase vacía, solo el amor puede salvarnos. A nosotras mismas y a los demás.

Ilustración realizada por Colectiva

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