Media Cuartilla

9 de cada 10 mujeres realizan trabajos domésticos no remunerados, ¿cambia esto en pandemia?

I

Siglos cuidando

“Desde la madrugada me despertaba a lavar el porche, a limpiar el piso, a dejar listo el desayuno y a empacar el almuerzo de mi esposo. Luego alistaba a mis hijos para el colegio y cuando estaba sola, atendía una pequeña pulpería”. Así recuerda Leda Roxana López Zúñiga sus largos años como ama de casa. Hoy tiene 65 años.

A los 24 ya era madre de tres niños. En ocasiones los ingresos de la casa no ajustaban para pagar los recibos y las deudas, así que lavaba, planchaba y cocinaba para otras personas. Cuando se casó, a los 16 años, no sabía hacer los oficios del hogar pero tuvo que aprender de inmediato. “Podía tener seis, siete, ocho o nueve meses de embarazo y mi rutina no cambiaba”, relata.

Leda no recibió remuneración de ningún tipo por las largas e interminables jornadas laborales que realizó en su casa. Su contribución a la economía familiar y nacional fue siempre invisible. Sin embargo, su trabajo tiene un valor y es posible cuantificar su aporte a la economía.

En 1995, tras 24 años de matrimonio, Leda tomó la decisión de separarse de su esposo e ir a vivir con una de sus hijas. Según datos de Veinticinco años de cuidados en Nicaragua 1980-2005: Poco estado, poco mercado, mucho trabajo no remunerado —una de las pocas investigaciones sobre cuidados realizadas hasta ahora en el paíspara el último quinquenio del siglo pasado, el trabajo que en conjunto realizaban todas las amas de casa en Nicaragua representaba el 30.7 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB), usando la mediana del salario de las empleadas domésticas y el 54.3 por ciento si se comparaba con el ingreso promedio de los hombres y mujeres ocupadas. Lo anterior indica que el aporte del trabajo de las amas de casa a la economía nacional representaba más de la mitad del PIB, un porcentaje sin duda sustantivo.

A los trabajos realizados por las mujeres dentro del hogar sin paga se les denomina trabajos domésticos y de cuidado no remunerados. El término “cuidado”, explica María Ángeles Durán,  científica social experta en el tema, “designa un amplio conjunto de actividades, desde intensivas hasta extensivas, desde aquellas mecánicas hasta aquellas empáticas y reflexivas, puestas a disposición de resolver las necesidades de otro ser vivo”.

Las investigadoras que analizan los trabajos de cuidados no remunerados recurren a las medidas del PIB porque ayudan a ilustrar una economía implícita en la labor de los cuidados.

Juliana Martínez Franzoni, investigadora sobre regímenes de bienestar y de política social de la Universidad de Costa Rica (UCR) y quien coordinó el estudio antes citado, subraya este punto en una entrevista con Media Cuartilla. Con ánimo de explicarse aún con mayor precisión, comparte el siguiente ejemplo: un hombre que llega a recoger piñas a un cultivo debió haber comido, dormido. Debió tener su ropa lista.  “Esa persona llega allí habiendo resuelto un conjunto de situaciones en el marco de esa cara invisible de la economía, pero que si se suprimieran no permitiría que esa persona estuviera a la hora en punto habiendo repuesto sus energías”.

“Una parte de la economía no puede funcionar sin la otra, pero lo que pasa normalmente es que es una economía invisible. Funciona bastante parecido al trabajo doméstico en la casa, si está todo hecho nadie lo ve, basta que no hagas la cama, que no laves los platos, que no hagas la comida, para que sea obvio que las cosas no están funcionando”, explica Martínez Franzoni.

Pero la economía es apenas un ámbito del mundo de los cuidados. Los trabajos domésticos y de cuidado tienen otras dimensiones y la pandemia de covid-19 las ha ubicado en el centro del debate público. Al respecto, en el artículo Los cuidados durante y después de pandemia en América Latina: ¿una emergencia con oportunidades?, de Martínez Franzoni, la especialista sostiene que “los hogares se han convertido en el espacio donde todo ocurre: los cuidados; la educación de los niños, niñas y adolescentes; la socialización; y el trabajo productivo”.

II

 Y los hombres, ¿cuidan?

Mientras estuvo casada, Leda Roxana no tuvo tiempo para cuidar de sí misma. Las consecuencias no tardaron en manifestarse. Antes de cumplir 30 años fue diagnosticada con artritis. “Las manos me dolían horriblemente y fueron deformándose poco a poco. Luego comencé a tener problemas de la presión y del azúcar. La doctora que me atendió me dijo que eran las consecuencias por someter tanto mi cuerpo”.

“Todo lo hacía yo”, agrega.  Y cuando dice todo, es todo. “Solo yo podía cuidar de mis hijos y de mi esposo. Cuando mis hijos crecieron empezaron a hacer algunas tareas, como lavar los platos en los que comían o mantener arreglados sus cuartos, pero eso no me quitaba la demás carga”.

Su caso no es aislado ni excepcional. Datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) revelan que, previo a la actual pandemia, las personas dedicaban 54% de las horas al trabajo remunerado y 46% al no remunerado.

¿Qué tipo de actividades ocupan ese 46% de tiempo sin remuneración? Martínez Franzoni enumera dos: llevar y traer a niños y niñas a la escuela y a apoyarles con las tareas escolares, y atención a personas enfermas o con algún tipo de discapacidad. Pero también subraya que el porcentaje en cuestión no está igualmente distribuido. La carga la llevan las mujeres. De ese 46%, 76 de cada 100 horas son realizadas por mujeres. Es decir, hasta 8 horas diarias en comparación a un máximo de 2.4 horas diarias en el caso de los hombres.

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En Nicaragua reproducimos esta lógica desigual desde antes de la pandemia. Aunque no se dispone de información actualizada, el estudio Veinticinco años de cuidados en Nicaragua 1980-2005 nos da una idea. Revela que solo 8 de cada 100 hombres cuidaba a personas en Nicaragua. En contraste, 9 de cada 10 mujeres entre 15 y 64 años en Nicaragua realizan por lo menos alguna actividad de trabajo de cuidado no remunerado. Casi todas las mujeres realizaban tareas domésticas (87%), y casi cuatro de cada diez cuidaban a personas.

La investigación El mercado laboral de Nicaragua desde un enfoque de género (2014) detalla que las mujeres realizaban, en promedio, nueve horas de trabajo reproductivo, actividades domésticas y cuidado de personas enfermas o ancianas. A diferencia de ellas, los hombres solo realizaban cinco horas diarias.

Por otra parte, al estar casados o en unión de hecho, tanto los hombres como las mujeres duplicaban sus horas reproductivas. Sin embargo, mientras las mujeres pasaban de seis a 11 horas, los hombres lo hacían de tres a seis horas. En el área rural, las mujeres dedicaban cinco horas más que los hombres a actividades reproductivas. En las zonas urbanas esta diferencia disminuía a tres horas.

Isolda Espinoza, economista e integrante del equipo de la investigación ya citada sobre cuidados Nicaragua, sostiene que de todos los países estudiados en ese periodo, Nicaragua tenía un alto enfoque familista de los cuidados. Espinoza argumenta que algunas funciones, como el cuidado de la niñez, la salud y el cuidado de personas enfermas, recaen en la familia debido a la ausencia de servicios sociales financiados por el Estado. Y agrega algo fundamental: “Sabemos que en la familia ese tipo de trabajos nos toca a las mujeres, independientemente que asumamos roles de proveedor económico, y ahí es donde surge la doble carga de trabajo”.

Además de señalar lo anterior, sostiene que las mujeres “hemos roto de forma unilateral” los roles. “Las mujeres hemos empezado a compartir el rol de proveedor con los hombres, pero los hombres no han compartido el rol de cuidadores. Somos las mujeres quienes asumimos esa sobrecarga”.

¿Qué determina que un hombre se involucre en mayor o menor medida en los cuidados? La pregunta nos obliga a analizar los roles de género y hablar sobre la división sexual del trabajo. “En la división sexual del trabajo las mujeres históricamente —esto alimentada por una cultura patriarcal—somos las que hemos realizado estos oficios y no es casual que sean los únicos no remunerados”, explica la economista Natalia Moreno Salamanca.

Martínez Franzoni complementa los argumentos de Moreno: “Los hombres siguen teniendo un uso del tiempo altamente inelástico, o sea, siguen no cuidando, desde Río Grande hasta Tierra del Fuego, no importa las características de la economía, del régimen político, la edad que tengan, si tienen hijos pequeños o grandes, lo cierto es que en los grandes números, la vida masculina ha cambiado muy poco. Mientras la vida femenina se ha apropiado de los espacios masculinos con mil dificultades y tal, pero haciéndolo, la vida de los hombres ha cambiado muy poco”.

III

¿Quiénes cuidan durante una pandemia?

La sobrecarga laboral que implica estar a cargo de cuidar de otros y otras se ha visto agudizada en el contexto de la pandemia de covid-19. A partir de marzo, el espacio doméstico se convirtió en escuela, centro de atención y sitio de acompañamiento psicológico, entre otros.

Al respecto, Martínez Franzoni afirma: “Se volvieron también espacios de atención de las personas adultas mayores que tal vez en febrero no eran cuidado-dependientes pero en marzo les dijeron ‘no podés salir a la calle’ porque sos población de riesgo. En toda la región, por supuesto dependiendo de lo estricto del confinamiento, las familias expandieron su ámbito de acción de una manera muy grande, solamente reemplazando las horas que niños y niñas asistían a la escuela, solamente esas horas y además agregando el acompañamiento necesario, desde enchufar la computadora hasta hacer las tareas, solamente con eso tenemos un crecimiento muy grande de trabajo no remunerado”.

Hay un supuesto de que las familias son elásticas, agrega la especialista, “que se van a estirar como un chicle para atender todo lo que sea necesario, pero esa no es la realidad. En Latinoamérica hay muchas familias lideradas por mujeres, donde no hay más adultos, tenés familias integradas por niños, niñas, personas adultos mayores, es decir, el supuesto de que todas las familias pueden arreglárselas conteniendo esas situaciones es un supuesto falso”.

¿Y cómo se concilia esta nueva realidad? Para Martínez Franzoni la respuesta es sencilla: “Con una elasticidad del tiempo de trabajo no remunerado y en particular del trabajo femenino”.

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Johana del Carmen Ortega Salazar, de 47 años, puede hablar con propiedad del tema. Ella es ama de casa desde que en 2019 renunció para cuidar a su mamá, quien estaba enferma. “Soy la única mujer en la familia, solo yo atendía a mi mamá. Mi papá ayudaba pero no era lo mismo”. En su casa viven seis personas, sus dos hijas de 16 y de 12 años, dos hermanos y su papá. “Trabajo para todos”, dice.

Con la pandemia su rutina se vio alterada. Antes se levantaba a las cuatro de la mañana a lavar trastes, limpiar la casa y hacer el desayuno. “Cuando mi mamá se enfermó se multiplicó el trabajo porque tenía que cuidarla a ella, todo se duplicó”.

En promedio, Johana dedicaba 10 horas al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado. Cuando en Nicaragua se registró el pico de contagios, entre mayo y julio, sus hijas ya no asistieron a clases. Pese a que al estar en casa ellas contribuían con las labores domésticas y disminuyó el horario dedicado a la preparación escolar matutina, eso no se tradujo en menos horas de trabajo para Johana.

“Si mi momento de descanso era en la tarde, con la pandemia la ocupaba ayudando a mis hijas con las tareas. Nos daban una semana para hacer las tareas, le echábamos ganas todos esos días y cuando ya estaba listo, tenía que ir a dejarlas al colegio”, cuenta.

La UNESCO documentó que en marzo, al menos 37 países cerraron sus escuelas a nivel nacional. En consecuencia, al menos 113 millones de niñas, niños y adolescentes permanecieron en sus casas para prevenir la expansión del virus.

“Los cierres de estos centros de enseñanza suponen que deben brindarse 24 horas diarias de atención a esta población, lo que sin duda sobrecarga el tiempo de las familias; en particular, el de las mujeres, que en la región dedican diariamente al trabajo doméstico y de cuidados no remunerados el triple del tiempo que dedican los hombres a las mismas tareas”, sostuvo la CEPAL en su informe de abril, denominado “La pandemia del COVID-19 profundiza la crisis de los cuidados en América Latina y el Caribe”.

La sobrecarga de trabajos no solo se agudizó porque los y las hijas en edad escolar dejaron de asistir a la escuela. Lo hizo también porque las mujeres asumieron el cuidado de las personas que enfermaron de covid-19. A ello se sumó la nueva dinámica de desinfección que se incorporó en todos los espacios públicos y privados.

Johana lo cuenta desde su experiencia: “Limpiaba con cloro y gas el piso, todo lo que es desinfectante se comenzó a incorporar. Las niñas no podían ayudarme porque son alérgicas, y yo también lo soy, pero soy adulta”.

La disminución de ingresos a causa del covid-19 hizo que empezara a elaborar tortillas y a vender pan. “Tengo una enfermedad que se llama esclerodermia y me hace daño hacer mucho esfuerzo, entonces busqué una manera de conseguir dinero que no dañara mi salud”.

Los casos de Johana y de Leda obligan a reflexionar sobre el aporte de los cuidados a la sociedad. ¿Por qué las especialistas en el tema insisten en que sin cuidados no hay economía? Martínez Franzoni se remonta al nacimiento: “Nacemos altamente cuidado-dependientes y a lo largo del ciclo de vida hay muchísimos momentos en los cuales no podemos valernos por nosotras mismas, entonces, en esos diferentes momentos, de tener esos terceros que te reemplacen y que te apoyen, depende nuestra vida”.

“Si asumimos que de los cuidados depende nuestra viabilidad como especie, necesitamos organizar los cuidados desde las distintas esferas para que se relacionen de manera más armónica y más corresponsable, eso implicaría mirar los cuidados al interior de las familias y cómo se organizan e inciden en la división sexual del trabajo, porque los hombres son tan cuidados-dependientes hoy como lo eran hace 25 años y las mujeres hemos cambiado muchísimo nuestras vidas en estos 25 años”, agrega Martínez Franzoni.


Texto realizado con insumos y reporteo de Tania Herrera y Matilde Córdoba. Ilustraciones de Colectiva.

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