Media Cuartilla

Después de tanto, aprendí a nombrar mis sentimientos

Convivir con la tristeza, el enojo, la culpa, la angustia y la ansiedad era algo a lo que estaba acostumbrada. Tenía permanentemente esa sensación de opresión en el pecho y si no la llegaba a sentir me alarmaba porque pensaba que algo malo estaba pasando.

En mis sesiones de terapia individual la psicóloga siempre me preguntaba: “¿Cómo venís hoy?” Mis respuestas inmediatas eran “bien” o “mal”, la mayoría de las veces decía “mal”, a lo que ella intervenía nuevamente de manera paciente: “¿Qué significa mal?”. Bastaba con que ella dijera eso para que yo entrara en un trance de al menos cinco minutos. “Respondeme con sentimientos”, me ayudaba ella. “¿Con qué sentimientos venís?”, insistía.

¿Es que mal no era acaso un sentimiento?, me preguntaba yo. Había aprendido a identificar mis emociones de esa manera tan dual, tan simple y reducida. De modo que para salir de la complicada pregunta “¿cómo venís hoy?” intentaba hurgar en mi interior y traducirlo a sentimientos.

Me sentía como una hablante extranjera que tenía poco vocabulario. Me di cuenta que no tenía idea de qué sentimientos albergaban en mi interior, estaba disociada de todo lo que ocurría emocionalmente dentro de mí.

Después de cada sesión analizaba todo lo que sentía, intentaba verbalizar esa sensación en el pecho a la que tan acostumbrada estaba y así fue cómo comencé a identificar dónde se estaban alojando esas emociones que desconocía. Era como mapear un terreno nuevo, era ser consciente de mí misma.

Descubrí que la sensación en el pecho, los ataques que me ocurrían o esos bajones que me daban casi siempre eran ansiedad. Documenté todo eso mentalmente a tal punto que logré identificar la ansiedad de manera inmediata.

Los dolores de cabeza que sentía eran enojo acumulado, y los suspiros y la sensación de sentirme incapacitada para hacer algo eran tristeza. A veces no necesitaba de una sensación física para poder decir “estoy deprimida, me siento angustiada, siento rencor, siento ira”.

Conocí un cúmulo de emociones que explicaban por qué estaba negativa todo el tiempo. Cuando le respondía a mi psicóloga “hoy vengo mal” en realidad le quería decir todo eso.

Cuando llegaba nuevamente a otra sesión ya tenía preparada mi respuesta. Mi lista de sentimientos ya estaban listas y ella ya no me torturaba con “¿qué significa mal?”.

Ahora lo complicado era cuando le respondía “bien”. Había momentos en que no sentía enojo, tristeza, ansiedad o preocupación. Me imaginaba mi interior como un gran océano y cuando las olas se elevaban monstruosas y golpeaban con furia era porque tenía todo lo anterior, era un escenario apocalíptico, pero cuando no sentía la tormenta eléctrica ni las olas de diez metros dentro era porque me sentía “bien”.

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Entonces nuevamente mi psicóloga me miraba, sonreía y preguntaba dulcemente: “¿Qué significa bien?”. En ese momento me quería golpear contra una pared. Pensaba y pensaba en sentimientos que describieran lo que ella quería escuchar. Yo me reía nerviosa para ganar tiempo, pero dentro de mi cabeza buscaba desesperadamente emociones que describieran el significado de “bien”, hasta que con toda la astucia del mundo le respondía “no estar mal”. Sentía que había ganado, que había hecho trampa, pero que había ganado.

Ella asentía y apuntaba en su cuaderno. Me imaginaba que escribía en negrita y mayúscula “ANALFABETA EMOCIONAL”. Sabía que mi respuesta no era concreta, ni contestaba nada. Había sido un largo viaje de anotaciones, esfuerzo y un trabajo bastante arduo identificar mis emociones negativas.

Era mucho más fácil refugiarme en la tristeza y decir todo el tiempo lo deprimida que me sentía. Estaba segura que eso sentía, pero decir “estoy alegre” era algo que dudaba mucho. Por lo que nuevamente emprendí el objetivo de reconocer aquellos sentimientos que no podía nombrar.

El primero que descubrí fue la calma. Aquel océano interior que no tenía la marea agitada y que parecía estar quieto en realidad estaba en calma. Descubrí la paz, la tranquilidad. A veces estaba animada o me sentía cariñosa.

Era tan extraño para mí conectar con algo que no me perturbara o no me causara malestar. Las emociones negativas habían sido mi zona de confort, me había aferrado a ellas y aceptar que en mí habitaban emociones positivas suponía cambiar mi perspectiva de la vida.

Vivía en automático sin reconocer lo que transitaba mi cuerpo y mi mente. Ser capaz de identificar poco a poco lo que cada cosa me provocaba, me daba la oportunidad de conocerme mejor, de gestionar mejor mis crisis, reconocer qué cosas me producían malestar y qué cosas me daban gozo. Ya no vivía dentro de ese hueco pequeño que me tenía en la ignorancia de mi propio sentir.

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Todavía me daba mucho miedo sentir alegría o emociones “demasiado positivas”. Hacer semejante afirmación era algo muy grande, como decir te amo a un desconocido. Sin embargo, una vez que me tocó terapia nuevamente llegué con todas las energías, nada en especial me había ocurrido en la semana, pero estaba a gusto conmigo.

“Tania, ¿cómo venís hoy?”, inquirió mi terapeuta por milésima vez en mi vida. “Hoy vengo feliz”, respondí con toda la seguridad. No lo pensé tanto a como hacía otras veces, estaba convencida de lo que sentía.

Me escuchaba y me expresaba sin problema alguno. Aprendí que en mi vida no solo había la tristeza, rabia o ansiedad con la que viví mucho tiempo, emociones a las que me acostumbré pero de las que también aprendí. En mí había amor, regocijo, diversión, entusiasmo y más. Siempre estuvieron esos sentimientos, lo único que no sabía cómo identificarlos.

Obviamente para llegar a ese punto tuve mucha ayuda, tanto de mi terapeuta como de mi red de apoyo que son mi familia y personas cercanas. En terapia me daban un documento con una lista con sentimientos de todo tipo, así se me facilitaba descifrar mi estado emocional y me servía para un futuro. Y con mi familia me ayudaba hablar sobre lo que sentía. Eso sin duda contribuyó mucho en ese proceso de descubrimiento.

Había momentos en los que genuinamente no sabía lo que sentía, tal vez porque tenía emociones mezcladas, contradictorias o desconocidas y eso estaba bien. Ya no me frustraba no tener una respuesta precisa al “¿cómo venís hoy?”. Me di cuenta que no tener una respuesta a esa pregunta era también una manera de decir cómo me sentía.

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Darme la oportunidad de ser consciente de cada emoción me permitió vivir mejor todas mis relaciones. Ahora reconozco cómo vive mi cuerpo y mi mente cada evento. No vivo desde la disociación o la ignorancia conmigo misma, ahora estoy dispuesta a sentir mucho más.

Aceptar esa parte de mí fue el inicio de trabajar cosas más profundas en mi historia y de atenderme en todas las áreas. Y aunque sigue siendo un camino largo que creo que nunca se deja de recorrer, al menos descubrí que existen más opciones que “bien” o “mal”.

Comprendí que no era una analfabeta emocional, una simple reduccionista o una persona sin emociones, al contrario, encontré un universo entero en mi interior, del que me falta mucho por descubrir. Solo tenía que darme un tiempo y ver dentro de mí.

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