Media Cuartilla

Sanar y abrazar la vida

Para doña Margarita y para los que ya no están: “Solo una cosa no hay. Es el olvido”.

¿No te sentís estancada? ¿No sentís que no has superado a Ulises?, me cuestionó alguien. Ulises fue mi pareja por cinco años: mi confidente, mi compañero de aventuras, de chismes, uno de mis pilares, esa primera persona en la que pensás en llamar para contarle alguna buena noticia o alguna mala. Era mi mejor amigo. Y así como suele ser la vida, espontánea e impredecible, Ulises falleció de forma inesperada en agosto de 2017. Son tres años los que han pasado y aunque la intensidad de ese dolor profundo ha disminuido, su presencia y él siguen en mi vida como cuando estaba vivo. Y no, por si tenían el pendiente, no lo he superado.

Los que formamos parte de este Club (el Club del duelo), al que nadie nos preguntó si queríamos pertenecer, desde el primer momento nos toca tolerar cualquier cantidad de comentarios que de buena fe (mayoritariamente) hace la gente, y a los que eventualmente logramos acostumbrarnos. Creen decir las palabras “acertadas” o dar el mejor consejo, pero la realidad es que nadie sabe o puede imaginarse el dolor del otro, y cada quien lo sobrelleva y enfrenta desde sus propias posibilidades y recursos.

Sé que no debo justificación alguna a nadie sobre cómo me siento o he procesado mi pérdida. Tal como me dijo mi psicóloga, solo YO SÉ y RECONOZCO mi progreso, aunque cada quien a su manera pueda “juzgar” o creer tener el “derecho de juzgarnos” por el hecho de compartir fotografías, recuerdos, memorias. Al final, la familia y los verdaderos amigos saben sin necesidad de cuestionarnos cómo vamos en ese camino.

Dicho esto, soy de la idea de que la muerte de un ser querido no se supera. No hay fecha de caducidad para ese vacío y desesperanza que nos deja, y que tan solo con el tiempo aprendemos a enfrentar y sobrellevar. Al final, abrazar la vida y continuar es una decisión que a cada quien le tocará tomar.

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Sé que la vida sigue, y con ella la familia de Uli; las charlas, las comidas y cervezas con los amigos que también fueron sus amigos; aquellos que de cerca o de lejos permanecen. Están presentes nuestras conversaciones, las lecturas, los viajes, la complicidad, los aprendizajes, el amor compartido y los recuerdos. Los agregados que, sin él físicamente, todavía me acompañan.

Es más que sabido lo difícil que este 2020 ha sido para todos: la pandemia, el confinamiento, la profundización de la crisis económica y sociopolítica, el desempleo y… la muerte, que por primera vez en mis 33 años de vida se convirtió en una de esas vivencias universales que los seres humanos estamos enfrentando tal vez de manera más consciente y compartida.

Hoy por hoy todos conocemos a alguien que falleció por covid-19 o tenemos a algún amigo que perdió a su mamá, papá, tía o algún familiar a causa de la pandemia, o simplemente a alguien que perdió a un ser querido y no tuvo la oportunidad de realizar ningún tipo de ritual de despedida y/o hacer honor a su memoria; o incluso alguien que ya venía sobrellevando algún tipo de pérdida.

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Más allá de mi experiencia personal y de lo que la covid-19 nos ha obligado a enfrentar, con este texto pretendo hacer un llamado de empatía a aquellos que no han vivido en carne propia la muerte de un ser querido: no invaliden nuestros sentimientos, nuestra tristeza, nuestro quebranto, sobre todo en esta temporada. Hay que estar mal y vivir el duelo para salir avante.

Como me dijo Su Majestad Claribel Alegría en una plática en su patio días posteriores a la muerte de Ulises: Su ausencia enciende su presencia. Y así es, hasta el último de nuestros días, la ausencia de los que hoy no están avivará su presencia entre quienes seguimos aquí, en todo lo que nos legaron y en nuestra memoria, tal como sigue Ulises.

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