Media Cuartilla

Atada a las únicas cadenas que me dan felicidad, las de la bicicleta

El sobrepeso, la constante migraña y la hipertensión a los 32 años fueron las alertas. Mi cuerpo me decía que tenía que hacer algo y ya. Me gustaba caminar y estaba tratando de cambiar mis hábitos alimenticios, pero realmente no era disciplinada.

Si tenía un ejemplo en casa, ese era el de Chemita, mi esposo, quien ya se había metido al ciclismo, pero yo odiaba que él le prestara tanta atención a una bicicleta y, peor aún, que se perdiera un domingo con sus amigos cleteros. Llegamos a tener discusiones, así que él vendió la bicicleta. Gané, dije yo, y qué va, lo que gane fue más peso.

Un día me pregunté: ¿Y si hago bicicleta? Así que Chemita me armó al suave una, pero tanto él como yo teníamos dudas de si realmente la iba a usar. Llegué a pensar que se iba a llenar de sarro por estar tirada y que la terminaríamos vendiendo. En fin, nunca la usaría, me dije.

El juguete que nunca tuve

Vengo de una familia numerosa. Éramos nueve hijos, más mi papa y mi mama. Once en total. Desde niños trabajamos la tierra para cosechar nuestra comida, por lo que para mis padres no era una prioridad comprar una bicicleta, y quiera o no esto fue un vacío en esa etapa, pero no fue impedimento para medio aprender a andar en bici.

Recuerdo que mi primo Wilmer (el hijo de mi tía Nubia) tenía una bicicleta montañera color azul y nos las prestaba. De verdad que aquello era una felicidad, era como si piloteábamos un avión por esa sensación de libertad que transmitía.

Aunque debo decir que esa libertad no era completa porque antes (y esto que tengo 37 años) no se veía bien que una niña o una mujer anduviera en bicicleta porque decían que hasta tu virginidad podías perder, que no era bueno andar enganchada como hombre y más si solo faldas o vestidos usabas.

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Pero dejemos hasta allí esta historia de la niñez sin bicicleta, ya que este vacío se llenó al ver que mi hijo Renzo, quien ahora tiene 14 años, desde chiquitito ha disfrutado de andar en bicicleta, lo que nos convierte ahora en un equipo de tres.

¿Recuerdan que pensé nunca pararle bola a la bicicleta? Pues un domingo bien temprano decidí empezar.

Empecé en el cuadro del barrio y fue grandioso porque no me caí, pero no fue agradable escuchar burlas u ofensas, incluso de mujeres. Poco tiempo después el circuito del cuadro ya se me hacía pequeño y agarré esa tristeza y burla y la transformé en energía y empoderamiento y me fui más adentro de la comunidad. 

Como no sabía usar los cambios en las subidas, los metí mal, zafé la cadena, la desregulé y se salió la llanta del rin. En fin, me vi obligada a regresar a pie con la bicicleta. Todo el regreso era de subidas, así que la gente que encontraba se prestaba para decirme: “Ideay, subite”, “¿le tenes miedo a las subidas?”, “son duras estas subidas, ¿verdad?”.

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A cada una de estas interrogantes y comentarios respondía: “Es que se me fregó la bicicleta”, pero qué va, quién sabe si hubiera podido subir esas cuestas. Lo cierto es que desde ese momento me propuse seguir en el ciclismo y, por supuesto, no bajarme en las subidas. Esto implicaba más y más pedaleo, mejorar mis hábitos alimenticios, tomar más agua, dormir temprano y ponerle mucha actitud.

Al ver Chemita que el ciclismo iba en serio, se puso las pilas y con mucho sacrificio se compró una nueva bicicleta. Así fue que fuimos a nuestra primera gira y en ésta sí me malmaté: cholladas las rodillas y las manos. Con la caída pensé en que tenía la oportunidad de abandonar este deporte. O como me lo dijo mi esposo: “Tenes dos opciones: o te vas a la mierda o seguís. Escogé”.

Después de oír estas palabras decidí secarme las lágrimas porque sí lloré de arrecha al ver que no pude dominar la bicicleta ni visualicé el obstáculo. Si aplicaba esta situación a la vida, siempre iba a tener caídas dolorosas y en mis manos estaba tomar el reto. Así lo hice ese día. Concluí aún chorreando sangre de las rodillas y con ardor en las manos.

Las giras aumentaron y esta vez nos aventamos a ir a la Laguna de Apoyo, íbamos con un grupo de ciclistas que eran los organizadores y estábamos emocionadísimos porque esta vez éramos más locos al pedal (hasta la fecha estos locos son nuestra familia: Los N´biciados).

Me quiero detener para decir que los N´biciados y las N´biciadas son el único grupo de ciclismo que hace ciclo-viajes en Nicaragua, por eso hemos sido los primeros en ir en bicicleta a Bluefields, antes y ahora que fue construida la carretera.

Aunque no he tenido la oportunidad de ir hasta Bluefields, sí he tenido el orgullo de ir a la isla de Ometepe, al Tránsito, Masachapa, al cerro Arenal, en Matagalpa, bordear el volcán Masaya innumerables veces; y subir y bajar Catarina, entre otras giras que se volvían más y más exigentes, de más resistencia y velocidad y con las que mi cuerpo respondía con más sentido de pertenencia al ciclismo.

Cada vez me daba cuenta que el ciclismo era como la mafia, una vez que entras ya no podés salir. Y realmente así es, el ciclismo te ata a esas únicas cadenas que uno hace funcionar por la fuerza que le das con tus piernas, convirtiéndote en tu regulador de velocidad humana, llevando activos todos tus sentidos.

Estas serán tus ventanas para respirar ese oxígeno que será tu combustible para continuar hacia una meta que guardarás en la memoria del alma y sabiendo que portas una bandera ambiental porque no estás contaminando ni causando ruido. Uno de mis objetivos es usar este transporte ambientalmente sostenible.

Reconozco a Dios en todos mis caminos

Como buena creyente en Dios siempre le pido su protección a través del proverbio 3:6: “Te reconozco en todos mis caminos para que hagas derechas mis veredas”.  Es un hecho que te expones a riesgos, incluso hasta expones tu propia vida. Podes ser atropellado o víctima de un robo.

Las y los ciclistas debemos usar el equipo de protección adecuado en las carreteras, calles y caminos y promover el derecho vial, ese 1.5 metro al que tenemos derecho. Como mujer insisto en impulsar la equidad para que cada vez sean más chicas las que se integren al ciclismo.  

Esto hoy en día ya no es cuestión de hombres o de mujeres, sino de gustos. Si te gusta, pues dale. Tal como lo demostró la europea Annie Londonderry, quien en 1895 fue la primera mujer en dar la vuelta al mundo en bicicleta, en una época en la que las mujeres estaban más relegadas al espacio doméstico y privadas de muchas actividades. Estando casada y siendo madre de tres hijos demostró que una mujer es capaz de conquistar el mundo. La bicicleta fue uno de sus medios. Tiene esto un simbolismo tremendo.

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¿Sabían que fue gracias a las mismas dos ruedas que se rompió el esquema de la vestimenta de esa época? Los vestidos eran muy incómodos, por lo que Amelia Bloomer inventó unos pantalones anchos para poder pedalear plácidamente. La bicicleta definitivamente es un instrumento de liberación y empoderamiento.

El ciclismo también nos sirve para promover luchas y buenas acciones. Hemos organizado pedaleadas a favor de la lucha contra el cáncer de mama, otras en pro de los refugios de animales y también para promover el respeto del 1.5 metro como derecho vial para ciclistas y así evitar muertes o atropellos.

Tengo cinco años de ser ciclista y definitivamente los cambios en mi salud han sido considerables. Quedó en el pasado la hipertensión y la migraña que amenazaban mi futuro. Mi peso corporal está estable y esto es pijudo porque te sentís con más energía, resistencia, velocidad, positivismo y por qué no decirlo, te sentís joven y fuerte, como de 18 años pero con experiencia de 37.

Me sobran las ganas para ir donde sea en bicicleta, para retarme y conocer nuevas amistades, nuevos lugares y conquistar nuevos kilómetros. Soy capaz de vencer a ese YO que muchas veces es mi propio rival. Muchas veces la satisfacción es tal que siento como que he ganado mi propio Tour de Francia.

Ilustración realizada por Colectiva

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