Media Cuartilla

La menopausia y yo

Uno de los consejos que me dio mi papá hace ya muchas décadas fue “tené tus hijos antes de los 35”.  Casi le hago caso.  Tuve mi primera hija a los 32, la segunda a los 35 y el cumiche a los 37.  

Mi mamá me tuvo a mí a los 24 y yo dejé de vivir con ella mucho antes de que ella pasara por la menopausia.  Tal vez por eso nunca se me ocurrió preguntarle sobre este tema, ¡hasta que me tocó a mí!

Debido a  la pandemia, mis dos hijas, mi hijo y yo llevamos casi un año prácticamente sin salir de la casa, justamente el año en el que la menopausia se ha convertido en una palabra de uso diario para todos nosotros.  En otro contexto seguiría un chiste sobre lo “hormonal” que ha sido esta experiencia para mí y el desastre que ha sido para mi familia.  Diría tal vez que me convertí en un yoyo de emociones, torturando a mis pobres criaturas y a mi marido con llantos, gritos y enfurecimientos ilógicos. Pero no ha sido para nada así. Ha sido más bien un periodo de aprendizaje para mí y especialmente para mis hijos.   

Llevo meses queriendo escribir sobre esta experiencia.  No tanto sobre lo que es la menopausia o lo terrible que pueden ser los síntomas para algunas mujeres, más bien, he querido reflexionar sobre la profunda ignorancia en la que nos encontramos tantas personas —¡yo en especial!— sobre una de las experiencias más comunes en el planeta tierra.

Cuando comenzaron mis síntomas (sofoque, insomnio y un cansancio como si estuviera en la semana número 39 de un embarazo) fue cuando realmente me enteré que existía este mundo previamente desconocido para mí. 

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¿Cómo es posible que yo no supiera lo que esto significaba si tengo mamá, tías, primas y otras mujeres mayores que juegan un papel valioso en mi vida? ¿Cómo es posible que yo nunca las haya escuchado hablar sobre este tema?  Lo único que conocía eran los chistes y las advertencias sexistas, como por ejemplo “no aceptes como tutora de tesis a una mujer menopáusica”. 

El término “menopáusica” era despectivo, pero pensé que era simplemente una manera más de expresar desprecio hacia las mujeres mayores. No sabía que la menopausia iba más allá de la ausencia de la menstruación. Ignoraba que incluía una serie de síntomas físicos sin ser enfermedad y que cada mujer vivía la menopausia de una manera diferente.  La verdad es que nunca le había puesto mente.

Yo creo que la primera vez que hablé con alguien sobre la menopausia fue en 1990. Estaba trabajando como encuestadora en una zona rural de Matagalpa en un proyecto sobre la salud de las mujeres.  Una mujer de unos 50 años se me acercó y me preguntó si los síntomas que la agobiaban eran los del climaterio. Yo, a mis 21 años, no sabía qué era eso.  Pero sí le recomendé que hablara con alguien en su centro de salud.  Ignoraba en ese entonces que la mayoría de los médicos no saben mucho sobre la menopausia.  ¿Cómo es posible que nunca se me ocurrió esa posibilidad?

Aun en 2020 mi doctora, en quien confío, al quejarme con ella del cansancio que se había apoderado de mí, me dijo que ese no podía ser un síntoma de la menopausia.  Sin embargo, el cansancio se me quitó de inmediato cuando comencé la terapia hormonal que ella misma me recetó, un lujo que no tienen todas las mujeres, pues es una terapia cara y no la pueden tolerar todas las mujeres, especialmente aquellas con alto riesgo de ciertos tipos de cáncer. 

Mis hijas ya pronto van a volar del nido y les ha quedado bien plasmado lo que ha sido mi experiencia de la menopausia. A ellas no las tomarán por sorpresa los sofoques y el insomnio.  Mi hijo también sabe bastante sobre el tema, seguramente más de lo que sabe el joven promedio de 14 años.

El bochorno

El año 2020 fue uno de los más productivos académicamente para mí.  He trabajado sin parar frente a la computadora ubicada en la mesa de nuestro comedor mientras mis hijos asisten a clases en línea.  Creo que para ellos la idea de que la menopausia detiene a las mujeres no existe. 

También entienden que el sofoque, el síntoma más común de la menopausia, tiene un componente de claustrofobia, por lo menos para algunas mujeres, y que es mucho más de lo que la palabra en inglés “hot flash” indica. En inglés cualquiera pensaría que es como tomar una foto con “flash”: dura segundos y ya estuvo, cuando en realidad no es para nada así. Los sofocos o bochornos obviamente no son causa de vergüenza, pero sí son sofocantes.

El componente sociocultural más complicado y más problemático de la menopausia es que se considera la puerta hacia la vejez, que en el caso de las mujeres es sinónimo de la insignificancia y la invisibilidad.  La vejez históricamente nos ha convertido a las mujeres en fantasmas: estamos presentes pero no nos toman en cuenta, y cuando nos reconocen es generalmente por nuestra labor —frecuentemente solo remunerada con abrazos y besos— como abuelitas.  Hay excepciones, por supuesto, pero en general es como que dejáramos de existir, y este proceso comienza con la menopausia. 

En mi profesión, los profesores universitarios varones al envejecer son considerados más “sabios”.  Para ellos las canas usualmente son un símbolo de sabiduría, pero las mujeres tenemos que seguir pintándonos el pelo pues numerosos estudios científicos demuestran que mientras más vieja la profesora, más negativas son las evaluaciones que nos dan nuestros estudiantes.  Es difícil para algunos creer que tengamos algo importante que decir.

Las mujeres mayores seguimos sin encajar bien en el sistema laboral, uno que, en el caso de los Estados Unidos irónicamente nos exige (a todas las personas de mi generación) que trabajemos hasta llegar a los 67 años para poder cotizar una pensión completa.  En general, es difícil (a veces imposible) que te contraten en un trabajo si tenés más de 50 años, y si tenés capacidades diferentes, sos mujer cisgenero, mujer trans, hombre trans o persona no binaria, es todavía más difícil. Además, en muchos países, ni siquiera hay leyes que prohíban la discriminación por edad, aun cuando los líderes políticos sean de edad avanzada.  

Es necesario combatir el estigma que conlleva la menopausia.  Hablar de las diferentes maneras en que vivimos la menopausia es parte de esa labor.  Son pequeños pasos hacia un futuro diferente del presente que ya conocemos, un presente en el que generalmente no se toma muy en cuenta las opiniones o las experiencias de las mujeres mayores en el mundo de las políticas públicas, un mundo que con frecuencia existe como si nosotras no estuviéramos aquí.

Creo que una de las contradicciones más grandes de la etapa post-menopáusica es que las mujeres mayores con frecuencia jugamos un papel fundamental en nuestros hogares, pero no fuera de ellos.  En otras palabras, muchos hogares no lograrían funcionar sin nosotras, pero esta labor, como es de reproducción social y emocional, se considera “fácil”. 

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La menopausia supuestamente nos convierte en mujeres “difíciles” pero el trabajo que hacemos en la casa supuestamente lo pudiera hacer cualquiera. Es una continuación de las actitudes que  invisibilizan la labor histórica que hacen las mujeres, en especial las madres. Ni siquiera se ha designado un día en mayo en el que se celebra específicamente a las abuelitas. 

Claro que no todas las mujeres somos madres y no todas las que si somos madres seremos abuelas.  Además, en esta tercera etapa de nuestras vidas a veces salen a relucir los traumas que hemos sufrido (pero que no hemos podido o no hemos sabido resolver) y/o los que hemos reproducido a lo largo de nuestras vidas, haciendo que esta sea una etapa o bastante fructífera en cuanto a nuestro crecimiento personal o bastante angustiante.  Frecuentemente es una etapa agridulce, con pérdidas y ganancias emocionales y físicas.  

En los Estados Unidos, a mi generación nos llaman la generación del sándwich porque aunque no somos jóvenes, tampoco estamos en edad de jubilarnos.  Hay muchas mujeres como yo en todo el mundo: con adolescentes que aún viven con nosotros, con trabajos que te exprimen mental y físicamente aunque no sean muy bien remunerados y con padres o madres a quienes hay que cuidar, aunque ellos también nos ayuden en el hogar o de alguna otra manera.  Si añadimos los estereotipos sobre la menopausia a esta escena, entenderemos porqué son como la gota que derrama el vaso. A veces es más desgastante el estigma que la propia menopausia. 

La menopausia no siempre es agradable.  Pero tampoco es como la pintan.  Yo me sorprendí al descubrir que existe un “Día Mundial de la Menopausia”, que se celebra el 18 de octubre de cada año, patrocinado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Sociedad Internacional de Menopausia.  Aunque ese sea el día especial de la menopausia, ¡el resto del año nos pertenece a las menopáusicas, junto a todas las demás personas del mundo!       

Ilustración realizada por El gato negro lugar

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