Media Cuartilla

La ansiedad: mi vieja enemiga, mi nueva amiga

Mi nueva amiga. Mi vieja enemiga. La ansiedad. Esa que me provocaba taquicardias, pensamientos obsesivos, descontrol y unas ganas terribles de morir ahora es como la vecina que al inicio me desagradaba, pero que tras conocerla supe que no es tan mala como creía.

Así era mi la relación con la ansiedad, o como la nombran las psicólogas: con el trastorno de ansiedad generalizada.

No sabría decir con exactitud cuándo empezaron los primeros ataques de ansiedad, probablemente fueron en la pre-adolescencia, a los 12 años, en un contexto de violencia en el hogar. Se fueron intensificando con el paso de los años con una serie de circunstancias que hicieron propicio su desarrollo. No le puse nombre hasta que entré a terapia hace tres años. Antes de eso no sabía absolutamente nada sobre lo que pasaba con mi cuerpo cuando uno de esos ataques venía.

En los primeros años viviendo esto recuerdo las manos temblorosas, la dificultad para respirar, la sensación de que el mundo se estaba hundiendo y una opresión en el pecho acompañada de ideas suicidas.

Generalmente venían después de alguna discusión, algún percance o algo que alterara mi estado de ánimo de gran manera. No tenía idea de cómo manejar semejante reacción corporal y emocional, así que me solía ubicar en una esquina de mi cuarto, agachada, con las rodillas en mi pecho, llorando y preguntándome por qué me sentía así. Otras veces recurría a métodos menos asertivos como la autolesión.

Me sentía avergonzada porque sentía que mi reacción era exagerada. Sobre la autolesión nadie lo comprendía, ni yo misma podía explicar por qué me surgían las ganas de lastimarme en esos momentos.

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A los dieciocho años entré a terapia y uno de los primeros retos junto con mi psicóloga fue crear un manual para este tipo de situaciones, para abordar la alegría, el miedo, la ira, la tristeza y por supuesto la ansiedad. En el manual tenía que escribir cómo reaccionaba mi cuerpo, cuáles eran mis primeros impulsos y qué acciones podía hacer para canalizar esas emociones de una manera asertiva. «El manual de Tania», le llamamos.

«No hay emociones buenas y malas, todas las emociones son bienvenidas y necesarias. Lo bueno y lo malo puede estar en la manera en que las manejas», decía siempre mi psicóloga. Me dio unas hojas para materializar el manual y así tenerlo a mi disposición. «Podes escribir, escuchar música, bailar. Ensayo y error, tenés que ir descubriendo qué cosas te sirven y qué cosas no», me sugirió.

Seguí cada recomendación de ella y algunas ideas mías para manejar los siguientes ataques de ansiedad. Ciertamente algunas cosas me ayudaban y fueron beneficiosas, como escuchar música y bailar. El movimiento físico me ayudaba mucho a distraerme de las sensaciones abrumadoras de los ataques, a veces escribía y lo hacía muy deprisa, y a consecuencia de la misma exaltación llenaba hojas y hojas sobre cómo me sentía, describía lo que experimentaba cada parte de mi cuerpo, lo que de alguna manera en unos quince minutos me calmaba.

Los ataques de ansiedad no eran siempre iguales, así que hacía una cosa o la otra dependiendo de lo que mi cuerpo me pidiera. Si me pedía movimiento lo hacía hasta el cansancio, si me pedía desahogo escribía o hablaba con alguien. Me adapté conforme las circunstancias, pero no estaba feliz con eso. No quería tener ansiedad y me aterraba padecer de eso toda mi vida, hasta mi vejez.

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Luego de seis meses en terapia mi psicóloga me dijo que estaba lista para el siguiente paso: terapia corporal, trabajar el cuerpo en conjunto con la mente. Ahí conocí a otra terapeuta y a otras mujeres que padecían de lo mismo o casi lo mismo: ataques de pánico, de ira, de tristeza, etc. Sentí que no era la única en esto y que todas al final buscábamos el control de nuestro propio cuerpo y mente.

En una sesión donde trabajábamos el miedo la terapeuta corporal dijo: «No vean el miedo como su enemigo, sino como su aliado. Cuando su cuerpo reacciona de alguna manera es porque les está queriendo decir algo. Pregúntenle al cuerpo qué les quiere transmitir, cuál es su mensaje. Sólo así van a descubrir su origen». A pesar que ella hablaba del miedo, para mí hablaba de la ansiedad. ¿Qué querés cuerpo? ¿Qué querés?, empecé a preguntarme.

Mientras estaba en ese descubrimiento de lo que me quería decir mi cuerpo, los ejercicios de respiración fueron mi salvación. Mano izquierda en el pecho, mano derecha en el estómago, inhalaba cinco segundos, retenía y exhalaba en el doble del tiempo, así cuántas veces fueran necesarias. O simplemente inhalaba por la nariz y exhalaba por la boca, existían diferentes variaciones.

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El manejo de la ansiedad mejoró y los ataques disminuyeron considerablemente, tal vez por la terapia, tal vez por los ejercicios, tal vez porque mi entorno mejoró. Hace dos años enteros que no recurro a la autolesión para calmarme. Ahora cada vez que siento la ansiedad entrando en mí me tomo un momento, cierro los ojos, respiro, pregunto a mi cuerpo qué me quiere decir y luego sigo con mi rutina.

La ansiedad no se va solo por hacer unos ejercicios de respiración, pero me permite tener la mente despejada. Ya no lo veo como algo de lo que me quiero deshacer desesperadamente. He ido descubriendo nuevas formas de acoplarme a ella y entenderla como un mecanismo de alerta que surge en mí, algo que no decido, pero que puedo controlar y que con el tiempo solo va a ser una experiencia más.

Ilustración realizada por Colectiva.

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