Media Cuartilla

La memoria silente de Ana Ilce Gómez

Ana Ilce es un símbolo en la literatura nicaragüense por su intuición poética, su manejo verbal y sutileza en el engarce de los versos. Su poesía es una poesía silente, casi en susurros, como si los resquicios de la memoria y las ráfagas de sus vivencias nos exhalarán la voz de “la que escribe no soy yo, sino la otra”. Esta memoria silente es una constante en “Ceremonias del Silencio” y “De lo humano Cotidiano”, sus dos únicos libros, pero que revelan un magistral compromiso con el oficio literario.

De personalidad gatuna, huraña, elegante y enigmática, con una sensibilidad poco común que impregnó en su carrera literaria y que ha sido objeto de estudio para académicos nacionales e internacionales.

En este acercamiento a su poesía haré una reflexión a dos temas que orbitan en su universo poético: la memoria y el silencio.

La memoria poética se manifiesta en la relación emotiva que establecemos con los lugares y momentos que nos provocaron emociones y que guardamos como acontecimientos, como esos agujeros donde se filtran instantes que nos marcan. Ana Ilce lo expresa en estos versos:

“Un día de tantos uno descubre

Pequeños huecos de la memoria.

Unos agujeros finísimos por donde se disipa

la lucidez

o se escurre la luz

o se desgasta el pertinaz chorro

de recuerdos”

“Agujeros” es el título del poema que nos grafica que la memoria son esos huecos en donde la luz de las imágenes ilumina ese momento. Gastón Bachelard ilustró en su libro “La intuición del instante” que los fragmentos de memoria se van recopilando como instantáneas de polaroid.

Pero esa memoria también nos puede jugar malas pasadas porque no podemos recordar las vicisitudes de forma nítida. Tenemos también claros oscuros o nubarrones que nos obligan a que olvidemos detalles, fragmentos, y en este sentido la ficción permite que los escritores tengan licencia poética para cubrir esos baches de olvido. En su poema “Trampas de la memoria” la poeta nos dice:

“Pero el hombre viene o cree que viene

a hacerlo todo

y la raya que traza lo contiene

o lo desborda

pero no lo libera del abismo

ni de las trampas más oscuras

de su propia memoria”

En este segundo poema Gómez nos reafirma que la memoria tiene esas cavernas profundas donde podemos perder el raciocinio, la fortaleza o la cordura. La “raya lo contiene”, es decir, hay una línea muy fina entre el consciente o subconsciente. Lo que Freud llamó “inconsciente”, ese profundo lugar donde abandonamos los deseos reprimidos, los malos recuerdos y traumas que nos atormentan y suelen aparecer como pesadillas.

Carl Young, discípulo de Freud, decía que “nuestra identidad personal, no solo está formada por nuestros recuerdos conscientes, sino también por nuestro concepto de ‘memoria’, esto significa que no solo las experiencias traumáticas pueden tener un impacto negativo, si no la interpretación que hacemos en el presente sobre ellos”.

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Según lo que nos dicen estos dos sicoanalistas, la identidad de alguna forma está ligada a nuestra memoria, a los fragmentos que en nuestros recuerdos van armándose como un rompecabezas que ensambla los resquicios de las historias familiares, esos secretos que generalmente son las matriarcas o mujeres quienes los administran. Ellas son un baúl de fotografías, de anécdotas familiares que cuentan de una generación a otra.

En varias entrevistas Ana Ilce Gómez manifestó su admiración y amor por sus padres y familia. Su poesía recopila esos momentos de su historia familiar y los transforma en la voz poética que reclama esos pasajes familiares. Veamos “A una mesa”:

Esta mesa fue de mi abuelo

Sobre ella más de una vez reclinó su cabeza

Y durmió largas siestas…

Esta mesa fue de mi padre

Sobre ella pintaba pájaros y vírgenes

y naturalezas vivas

y mi madre aplanchaba sobre ella

con la plancha de carbón.

…Mía también fue esa mesa

Y sobre ella escribí un día estos versos…

…Cada generación tiene su historia

Cada sueño su raíz. Cada mesa es como

la palma de la mano…

En estos versos la memoria poética se auxilia de la imagen de la mesa, la mesa como un objeto común en la familia que ha sido un bien que ha pasado de una generación a otra con diferentes utilidades: dormir, planchar, escribir, pintar. La mesa es el eslabón que vincula la historia familiar y retorna al tema de subconsciente y la identidad que planteaba Young, “cada sueño su raíz”, siendo la raíz el sinónimo de identidad y memoria.

Milán Kundera expresó: “Parece como si existiera en el cerebro una región específica que podría denominarse memoria poética y que registrara aquello que nos ha corroído, encantado, que ha hecho hermosa nuestra vida”.

Esa memoria poética está presente en la obra de Ana Ilce, ella indica en el poema “Mujeres con Guitarra: “Pero la vida me cuenta sus secretos”, y esos secretos son las voces de otras mujeres que habitan en ella. También dice: “Hay muchas mujeres lapidadas a lo largo de la historia”, éstas pueden ser de la familia, amigas y colegas de trabajo las que le confían sus recuerdos e intimidades.

En el poema “Pero la vida”, Ana hilvana esos recuerdos al advertirnos:

“Pero de ellas perdura una hebra sutil

un hilo ciego que sin saberlo

nos hace crecer y despertarnos en la noche

con unas ganas inmensas de vivir”

En esos versos se registra la memoria poética que señala Kundera, esos momentos ocultos que perduran porque nos marcan. La poeta acude a las mujeres de la historia y las une a su propia voz como un coro de distintos matices.

Esas pizcas de memorias siempre tienen resquicios temporales. La duda sobre la permanencia a través de la escritura es otro elemento en la poética de Ana Ilce. La vacilación de su fuerza es un cuestionamiento que desde el inconsciente Ana Ilce, la mujer, le hace a la escritora.

En los poemas “Permanencia” y “Ella” plantea sus interrogantes de esta forma:

“Me he desangrado en el trabajo

de dar permanencia a la palabra…”

“La que escribe no soy yo, sino la otra

esa que viene del pasado

asediada y urdida

por sus fieles demonios”

En ambos poemas el tiempo juega un papel importante en su memoria poética. En el primero, la necesidad de la permanencia, del arduo trabajo que le ha llevado pulir las palabras, para que éstas sean las que queden una vez que la mujer desaparezca. En el segundo poema habla desde esa dualidad, y señala esas historias del pasado, de esas mujeres que han marcado un hito en la historia y que tuvieron vidas atormentadas por romper esos esquemas de los roles tradicionales. Aunque sabemos que Ana Ilce era una mujer que disfrutaba de su “cuarto propio”, no era de asistencia a eventos. Le ocasionaban mucha incertidumbre y lo plasma también en algunos versos.

Esta soledad nunca estuvo plagada de ausencias. Ana Ilce era una mujer dedicada al oficio que ejercía con ahínco, librando sus propios demonios, que siempre se escondía en esos agujeros de la memoria. “Agujeros” es un poema que indica que, así como recordamos eventos que nos marcan, también los olvidamos, algo que ella llama “desmemoria”.

Luego nos apacigua con la pérdida:

… sin embargo perder la memoria no es tan malo

Cuando se aleja, deja tibias cenizas en tu lecho

Y de vez en cuando te cura

de algún viejo dolor”

Este olvido es la superación de un dolor que permanecía latente, las cenizas como los restos de un fuego, un evento incandescente que dejó dolor, pero la distancia o la superación de ese duelo implica una cura, un abandono de ese sentimiento que provocó tristeza.

En el poema “Yo he militado” nos envuelve de nuevo en esa constante búsqueda del tiempo y el recuerdo:

“y mi obra no podrán destruirla

ni las lluvias persistentes

ni la perenne marcha del tiempo”

En estos versos hay imágenes que asocian el tiempo, la memoria, los recuerdos marcan la preocupación de la poeta por su obra, por sus palabras que no las podrán borrar los vendavales que año con año son parte de las estaciones.

Meterse en las reminiscencias de la obra poética de Ana Ilce Gómez nos brinda un viaje a la semilla, como la obra de Alejo Carpentier, una relación con los objetos, el juego del tiempo, los recuerdos infantiles, amorosos y dolorosos de una mujer que siempre estuvo en debate permanente consigo misma, de sus angustias frente a las indómitas palabras, las cuales siempre domó con magistral elegancia y sobriedad. La voz poética de esta mujer habitada por muchas voces femeninas nos obliga a una lectura desde nuestras vivencias, como mujeres que elegimos la palabra para explorarnos a nosotras mismas y para que nuestro nombre no sea recordado como antorchas para estudios literarios, sino para encender esos oscuros laberintos donde Ariadna soltó la carrucha para encontrar la salida.

Ana Ilce Gómez permanece en nuestra memoria tal como nos dice en su breve poema “Lo perecedero”:

“Lo perecedero no soy yo

sino mi sombra reflejada en este muro”

Su sombra poética queda grabada en los muros de nuestra memoria. La escritora caló profundo con sus palabras.

Ilustración de El gato negro lunar

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