Media Cuartilla

Vivir en modo emergencia

Los síntomas

Esta etapa de mi vida la he llamado involución. Eso fue: una involución, pero la he aceptado y estoy en proceso de agradecer por ella. Fueron años en que literalmente fui hacia atrás, en que me perdí y perdí mucho de lo que me definía hasta ese momento.

Estaba una tarde en absoluta soledad y aparente “tranquilidad” lavando unos cuantos platos en la cocina, más por el placer de jugar con el agua que por obligación de lavarlos. Disfrutaba de mi estadía en el silencio, viendo por la ventana las últimas flores que habían salido, hasta que de pronto mi cuerpo se paralizó, no podía moverme y aunque respiraba no sentía que llegaba aire a mis pulmones. Estaba mareada y con dolor en el pecho, como electrizada, con los pelos de punta, tensa y helada. Se me vino una crisis de llanto que intensificaba todos los síntomas.

Me sentía absorbida por la oscuridad, como cayendo en picada, halada por alguna pesada piedra, sin poder hablar para pedir ayuda.

Empecé a calmarme para lograr respirar de nuevo. “Ya va a pasar”, me decía, pero un pensamiento insistía en decirme que me iba a morir. Esperé colgada del lavaplatos porque tampoco sentía las piernas.

Tras unos cinco minutos en ese estado empecé a recobrar mi fuerza física. No entendía qué me pasaba. Más allá de las alergias y las migrañas nunca había tenido síntomas como aquellos. ¿Me iba a dar un infarto a los 28 años?

En el contexto de esa experiencia tenía problemas para dormir y lograr un sueño reparador. Todo el tiempo me sentía cansada y me despertaba al menos tres veces en la noche escapando de ahogarme.

Cada vez que sonaba el teléfono mi corazón se agitaba, las salidas me empezaban a resultar estresantes, conducir me exaltaba, tener que hacer cosas que tenían algún grado de incertidumbre me sacaba atípicamente de la seguridad que siempre me caracterizó.

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También estaba enojada buena parte del tiempo, por lo general no quería que nadie se me acercara, a veces no quería ni que me hablaran, era una combinación de miedo y enojo.

Así me fui perdiendo. Solía ser alguien que siempre disfrutaba de las demás personas, pero llegó un tiempo en que las aglomeraciones o incluso grupos de personas me empezaron a dar miedo, los ruidos altos me irritaban, hasta algunos olores me provocaban nauseas.

El trauma

Después de indagar en el porqué de todo ese desborde que me acechaba, lo atribuí “probablemente” a recientes situaciones de vida que “había” experimentado, pero no estaba tan segura… La realidad es que aún me encontraba inmersa en la experiencia traumática, pero me negaba a reconocer que vivía una crisis emocionalmente devastadora.

Lo que pasaba en mi vida realmente era traumático y difícil de gestionar. Estaba en una situación familiar que se había extendido por años. La solución no dependía de mí, y aun así había invertido mucha energía para resolver aquello sin lograr buenos resultados.

Era como una ruleta emocional, de bajones y subidas. Cuando creía que aquel problema iba mejorando, volvíamos a la basurera emocional que implicaba.

Por varios años experimenté estrés de manera extendida sin poderme escapar. Pensaba que eso me tocaba, que no había posibilidad de huida. Viví esa época en constante estado de alerta y muchas veces en emergencias reales. Entonces la reincidencia fisiológica de ese estrés me pasó la cuenta.

Las alertas

Mi cuerpo mandaba alertas de peligro en todo momento, algunas eran verdaderas, otras mentales. Mi equilibrio se acabó, se apagó mi chispa, no creía, no confiaba y no sentía ninguna de mis fortalezas, ni mis dones.

Mi garganta estaba cerrada, desconectada, dejé de conversar y de escribir. No podía enfocarme, ni explicar cómo me sentía. Para ese entonces empecé a olvidar hasta las cosas más simples, tenía poca memoria de los días y hasta hoy, hay muchas lagunas sobre esos tiempos.

La mezcla química de mi cerebro estresado de manera crónica había tomado el control. Mi parte racional había sido engullida por el cortisol. Estaba la situación servida para el trastorno de ansiedad con ataques de pánico.

Aprender a abrazar la incertidumbre

Abrazar la incertidumbre es reconocerla tal como es. No se trata de positivismo, ni de sonreír cuando no hay sonrisas. Encuentro esa corriente algo dañina.

Para abrazar la incertidumbre necesitás sentar el problema frente a vos y solo ser la observadora. Cuando lográs observar, podés reconocer todo lo que sentís y tomar distancia de todas esas emociones.

Una vez que llegás sin expectativas, no tirando patadas de resistencia al dolor, al fracaso o a lo que sea que te afecte, podés sumergirte en lo que implica la incertidumbre y vivirla conscientemente.

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Vivir conscientemente las experiencias pone al cerebro a tu servicio y no al revés. Una mente que observa el miedo, pero no identifica ese miedo como lo único que hay, es capaz de tomar decisiones creativas, alejarse de manera asertiva y superar más rápido la adversidad.

Cuando tenés problemas con la ansiedad el cerebro estresado te lleva varios pasos de ventaja. Por eso no deberías pensarlo mucho, porque la ansiedad llega hasta por la puerta de atrás.

Si te sentís ansiosa debés buscar atención psicológica, compartir con las personas lo que estás viviendo, dotarte de herramientas y tener paciencia para empezar a sanar, todo sucede poco a poco.

Lo primero que asumí para mi sanación fue el amor propio. Eso implicó alejarme de las situaciones que me habían enfermado, tuve que desechar algunas construcciones mentales con las que me había identificado, como creer que debía salvar a los demás.

El segundo paso fue informarme de manera consciente. Creía saber lo necesario para tener el control emocional en mi vida, pero esos aprendizajes eran superficiales. Así que leí mucho sobre lo que estaba viviendo en términos teóricos y testimoniales.

Otro paso importante fue la terapia. Es necesario contar con ayuda especializada que te muestre todos los aspectos del problema que no podés ver, especialmente para saber que hay salida.

Integré también la práctica del yoga y la meditación. Cuando aprendí a aplicar las técnicas de respiración en los momentos en que se acercaba la crisis, empecé a tomar el control de mi mente. Fue como desbloquear a mi nueva persona, no necesité tanto tiempo, poco a poco el enfoque iba volviendo.

Después de lograr el control de mi respiración, empecé a trabajar con herramientas para estar presente, le regalé a mi cerebro muchas actividades relajantes así que retomé mi lado creativo. Desde la pintura (pintaba cuadernitos infantiles, nada sofisticado), la decoración, el diseño floral y hasta cocina. Esto me ayudó a despejar el pensamiento compulsivo.

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No tengo ataques de pánico hace años, he continuado en un proceso de recuperación y de readquisición de habilidades sociales, fortalezas, dones, pero ahora desde una mejor perspectiva.

Creo que de esa etapa de involución logró salir mi yo más real. Aprendí a definirme con nuevas palabras, me he levantado más fuerte, aceptando lo que me hace vulnerable. Tengo bases de vida más sólidas y  he aprendido a proveerme de cariño y respeto. He fortalecido mi autoestima.

Desde mis nuevas fortalezas enfrento la vida con mis herramientas en primera fila. Hay muchas cosas que tengo que resolver aún, pero he aprendido que todo sucede en el tiempo adecuado, que no puedo presionar a las personas a ser lo que no están listas a ser, ni adjudicarme los cambios de nadie. Respeto el camino de quienes quiero porque entiendo que también han vivido como han podido y confío en el poder interno de cada uno para resolver los nudos de su interior en el momento que estén listos.

No necesito la aprobación de nadie sobre cómo ser, ni construir máscaras sobre quién o como soy. Ahora suelo ser más hacia adentro y he encontrado en ello un gran gusto por la autorrevisión, el silencio y la meditación. Antes solía hablar mucho y escuchar poco, ahora he encontrado un tesoro en la habilidad de la escucha.

Puedo decir que la ansiedad no me define, ni define mis relaciones, ni mi presente, y que sigo en construcción.

Ilustración realizada por El gato negro lunar

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