Media Cuartilla

Migrar, un camino a lo incierto

Desde niña siempre tuve claro que no viviría toda mi vida en Nicaragua, lo que no tenía claro era dónde, cuándo y cómo lo conseguiría. Me imaginé viviendo en Brasil, Argentina, Francia o Italia.

En la cabeza de una niña todo es posible, no hay espacio para el miedo, solo para la imaginación. Ahora, muchos años después, me encuentro cumpliendo ese sueño, solo que en un país que nunca imaginé: Canadá, reconocido por su largo invierno y sus temperaturas por debajo de cero.

Lo irónico es que yo me consideraba una sirena, amante de la playa, del sol y la arena, por lo que tuve que adaptarme y cambiar el mar por los lagos y aprender a disfrutar de sus aguas frías aún en verano. Yo vivo específicamente en Montreal, Quebec, una ciudad cosmopolita que tiene una mezcla de América del Norte y de Europa Occidental. Es como una pequeña Francia.

Un año y medio después de vivir en mi nuevo país ya puedo llamarlo “hogar”. Aquí he encontrado nuevos amigos, una nueva familia, una nueva cultura y una nueva manera de ver la vida.

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Ahora trato de no ponerme tanta presión, de ser más amable conmigo. Desde que vine me presioné mucho, quería hacerlo todo ya: aprender el idioma en tres meses, en mi caso fue aprender francés (como en esos anuncios de clases de idioma que aseguran que vas a hablar en la primera clase), quería hacer amigos lo más pronto posible y encontrar un súper trabajo justo después de terminar mis cursos de francés.

En fin, quería construir en semanas la vida que me había tomado años hacer en Nicaragua y no me daba cuenta que me estaba haciendo daño, ya que todo eso me causaba mucho estrés, y se veía reflejado en mi cuerpo y en mi mente. Gracias a la meditación, al yoga y a mucha oración, entre otras cosas, pude superar esa etapa para poder enfocarme en metas más realistas.

Este tiempo ha sido un proceso, una metamorfosis. Lo comparo con una mariposa porque para poder tener mis alas listas y fuertes tuve que hacer cambio de piel varias veces. Esta metamorfosis incluyó desde aprender el idioma hasta habituarme al estilo de vida nórdico, que en resumen fue pasar de la calidez de mi cultura a la frialdad de ésta.  

Cuando vine era mayo (primavera). Escogí ese mes para poder disfrutar de todas las estaciones antes que llegara el invierno, me inscribí en todos los cursos posibles para integrarme a la sociedad. Entré en grupos de intercambio de idiomas como Mundo Lingo y estuve hasta en el Comité de Mujeres de la ciudad solo con el fin de hacer amigos. Mi rol era solo de invitada.

Fue todo un proceso de aprendizaje y de desaprendizaje también.  Desde los detalles más pequeños, como no saludar a una persona de beso si no es un amigo cercano a vos, guardar la distancia con cada persona (incluso antes que el covid-19 existiera), tener que hacer cita para absolutamente todo (porque todo se debe planificar con antelación), hasta desaprender mi percepción de frío y calor porque después de pasar 6 meses de invierno entre -10 y -15 grados tu cerebro comienza  a creer que 10 grados es caliente.

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Sin duda este ha sido el viaje de mi vida, una bella aventura. Por momentos he pensado que desde pequeña me estaba preparando para esto, y en otros momentos pienso que simplemente estaba loca al tomar esta decisión. Quizás sea mi corazón hablándome por momentos y la razón contestándole después.

El rol de mi madre en toda esta historia ha sido determinante, ya que siempre me ha instado a soñar en grande y a volar alto, siempre me educó para ser independiente y de mente amplia, a pensar más allá de las fronteras de mi mente y de mi país. Cada vez que he querido vacilar en mis decisiones y flaquear en el proceso es ella quien me dice: “Hija, eres más grande que ese problema”.

Los que me conocen saben que soy una persona que se ríe todo el tiempo y que habla hasta con las piedras.  Siempre pensé que estas dos “cualidades” me llevarían lejos en la vida, y debo admitir que no estaba equivocada. No sé cuánto esto ayudó a mi proceso de adaptación, pero sí puedo decir que me ayudó a hacer amigos y por ende a abrirme camino. Conocer a las personas correctas en el momento correcto asegura solo resultados buenos. Esta fórmula nunca falla.

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Dicen que emigrar es para los valientes, y yo lo confirmo. Se requiere valor dejar a tu familia, tus amigos, tu trabajo y todo lo que era tu vida hasta ese momento para emprender un viaje hacia algo completamente nuevo y al mismo tiempo desconocido. Es estar dispuesto a apreciar las cosas desde diferentes perspectivas. Emigrar es ser resiliente no por decisión sino por necesidad, por necesidad de sacar lo mejor de esa nueva vida.

Al ser migrantes atravesamos por un proceso de adaptación en el que a veces el camino puede resultar duro y poco alentador, pero al final, tras ver todo el camino recorrido, resulta reconfortante. Como siempre digo, requiere de tiempo y paciencia armar un rompecabezas y más cuando ese rompecabezas es tu nueva vida, cada etapa vivida fue justo para que cada pieza alcanzara de manera perfecta.

Hoy con seguridad puedo decir que mis sueños valen el esfuerzo de superar mis miedos, y que si tuviera que volver a comenzar de cero por conseguir mis sueños lo haría.

Ilustración realizada por El gato negro lunar

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