Media Cuartilla

La danza me ayudó a exteriorizar el dolor

Irse de casa, independizarse y trabajar en lo que se ama son anhelos que muchas personas tienen. Yo bailaba en una compañía de danza contemporánea. Era sub-directora, coreógrafa y bailarina, sin embargo decidí independizarme y ser solista. Así fue que empecé a impartir clases al grupo de danza de la Universidad Centroamericana y entre muchas acciones viajamos a un festival en Costa Rica representando a Nicaragua.

Tenía muchos proyectos e inicié con un grupo de bailarines un movimiento de danza contemporánea. Esa era mi vida antes de 2018. Estaba logrando mis metas, siendo reconocida por mi esfuerzo, pero todo cambió y tras el estallido social me vi obligada a trabajar en cosas ajenas a mi profesión y pasión, dejé mi país y caminé por el sendero de la incertidumbre e insatisfacción.

Los acontecimientos que distorsionan nuestra realidad con el tiempo y la madurez se convierten en un aprendizaje y desarrollo y poco a poco aprendemos adaptarnos a esa vida ajena, aunque muchas veces sentimos como que otra persona estuviera en nuestro cuerpo. Eso me ocurría. A veces tenía la mirada fija en un espacio vacío sintiendo que una parte mía no lo era. A veces me veía al espejo y me preguntaba: ¿Quién soy yo? ¿Por qué me pasa esto? ¿Qué hare con mi vida? Todas esas interrogantes y sentimientos encontrados me hicieron ver que en medio de la tempestad, había un rayo de sol.

Luego de eso pude conseguir un espacio en el que mis alas se abrieron nuevamente. En San Francisco, USA, retomé mi pasión, mi arte, mi yo, fui invitada por una organización llamada Chavalos. Bailé, recibí talleres y fui coreógrafa, en mí se despertó nuevamente la artista que estaba dolida.

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Con esfuerzo y dedicación regresé a Centroamérica, fui invitada a visitar Costa Rica y Honduras para un festival y servir de jurado y posteriormente retorné a Nicaragua porque de la UCA me llamaron.

En 2019 empecé a trabajar y comencé a bailar con el colectivo de danza contemporánea Sinergia Arte Escénica. Comprendí que otras personas habían perdido mucho más que un trabajo y su hogar, algo que atesoras y no es recuperable, habían perdido la vida misma, así que aprendí a ser paciente, a reconocer que no todo estaba perdido y que si tienes fe y paciencia las oportunidades te encuentran.

Ese año también cumplí mis 30 años y lo celebré bailando en una obra coreográfica autobiográfica titulada La Pared Desnuda, pero después de interpretarla supe que relataba la vida de muchas mujeres, no solo la mía. Fue un proceso de catarsis que tuve como mujer. Juan Carlos García, el coreógrafo, me hizo sacar todo aquello que cargaba: miedos, inseguridades y depresiones que pensaba que había curado.

Esta coreografía me removió internamente muchas emociones que llegué a liberar a través del cuerpo y el movimiento. En esta obra también reflejamos diferentes ciclos de la vida de una mujer, desde la niñez hasta sus 30 años, destacando el autorreconocimiento,  fuerza y aceptación porque valemos por lo que somos y no por lo que quieran ver los demás.

Luego de un año en el que parecía que las cosas llevaban un mejor rumbo, nuevamente me vi golpeada por la situación global de salud, la pandemia de covid-19. Jugué un ajedrez muy difícil para no caer otra vez.

Creo que todos y todas aprendimos a sobrevivir y a jugar de una manera dinámica y actitud propositiva en este 2020. Me mantuvieron en pie el apoyo y disciplina de mis alumnas de aerorritmos. Pasar de compartir en un salón de clases al encierro aumentó mucho el estrés, pero la disposición de ellas de continuar en la virtualidad me incentivó a crear cursos virtuales.

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Me reinventé como docente de danza, aprendí con mis estudiantes que el amor y la pasión pueden más que el cansancio de más de tres horas en un teléfono. La metodología y pedagogía cambiaron, ya que los bailarines de arte escénica utilizamos un espacio en donde estamos juntos e interactuamos, ¿cómo hacer para que las clases funcionaran?

Con mis estudiantes de la Compañía Danza Artística de la UCA crecí como familia y aprendimos a hacer arte por medio de videos en casa, con coreografías alusivas a lo que todos estábamos sintiendo desde el confinamiento, un aprendizaje abstracto y consciente del valor de la vida y de cómo todo cambió en un segundo.

La disciplina, esfuerzo, dedicación y resiliencia aportaron a la unificación del grupo. No solo vimos la parte práctica de la danza, sino el trasfondo artístico, social, cultural y moral de cómo la danza puede ser un modelo de vida propositivo y transformador. Los documentales, videos y conversatorios nos mostraron lo difícil que es ser bailarín y bailarina y lo hermoso que es volar muy alto.

Actualmente sigo en pie y considero que llena de vitalidad. Lucía Jarquín después de un 18 no solo cambió sino que aprendió, luchó, creció, valoró, lloró, sufrió y sacó lo mejor de sí. La danza me ayudó a exteriorizar el dolor. El apoyo de mi pareja me incentivó a seguir adelante, juntos creamos un producto audiovisual titulado LA SOGA, que representa no solo mi desesperación, sino el arte de la danza como una manera de expresión y terapia corporal y espiritual para canalizar las energías negativas y ser resiliente.

Una mujer resiliente viene de un trasfondo, viene de una evolución como ser humano, mujer, pareja, hija, docente y amiga. Hoy me veo al espejo y agradezco todas esas luchas que me forjaron y moldearon. Todos los días sigo aprendiendo.

Ilustración realizada por El gato negro lunar

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