Media Cuartilla

Las señoritas de La Camándula

ana maria saavedra media cuartilla

42 años. Soltera. Feminista. Periodista. Vivo sola con mis gatos. Todo un cliché. Amante de Frida Kahlo, Chavela Vargas y la reina Jovita, un personaje de mi ciudad: Cali, en Colombia.

Pero esta no es mi historia, o no lo es principalmente. No seré la protagonista de este relato o esta especie de ensayo que me comprometí a escribir meses atrás, después de una charla virtual con mi amiga Matilde en la que hablamos de periodismo con visión de género y feminismo.

—Es que siento que nací feminista —le dije, mientras a mi mente llegaban algunos recuerdos de infancia y adolescencia y esa sensación de no encajar del todo. De ser diferente, de pensar diferente y de, muchas veces, sentir diferente.  Y así fuimos charlando y le conté que intentaba escribir una historia acerca de La Camándula, como le llaman a una calle de mi pueblo, donde me críe. Le leí unos párrafos de esa historia que esbocé en una tarde de aburrimiento por la cuarentena.

Mi pueblo se llama Ginebra. Y en Ginebra hay una calle conocida como La Camándula. No es un nombre real pero así le pusieron en el pueblo porque allí viven o vivían muchas mujeres solteras y viudas, algo rezanderas. 

Todos en esa calle somos familia. Aunque la mayoría ya están muertas. En esa cuadra crecí visitando a mis tías, las hermanas Saavedra, Luz María y Nena. Viendo a las Prado sentadas en sillas Rimax en las puertas de sus casas al caer la tarde. O yendo a pedir recetas a Miriam, la esposa de Ferney, otro de los primos Saavedra. Mi mamá me llevaba donde Miriam en las tardes.

 Y no sé por qué hoy, que me entró la nostalgia, me dio por escribir la historia de la Camándula. Una calle de caserones viejos y mujeres sentadas en el andén. Una cuadra que reúne tantas historias.

—Pues escribí algo Ana —me pidió la Mati.

Y yo le contesté claro que sí. En noviembre lo hago. Pero pasó noviembre y me enredé con tanto trabajo. Llegó diciembre y empecé a escribir. En enero intenté terminar. Y ahora, en febrero, terminé esta historia.  Escribí y escribo con un nudo en la garganta, entre lágrimas y sollozos intento revolcar mis recuerdos.

Me interrogué, pensé y repensé si nací feminista, ¿se puede nacer feminista? En realidad la respuesta es no. No nací, pero sí me crié así. ¿Será que para ser feminista se tiene que haber leído a Virginia Wolf, a Simone de Beauvoir? ¿O a Chimamanda Adichie, Margaret Atswood o a mi nueva diosa de la literatura Marvel Moreno?

¿Para ser feminista se necesita un cuarto propio? No lo sé. Confieso que siempre he tenido ese cuarto. Esa libertad que me dio, primero un hogar de clase media, luego una carrera universitaria y un trabajo de periodista. Bueno, aunque ese trabajo de periodista por años parecía medio esclavitud con sus horarios eternos, pero ese es otro cuento.

Soy quién soy y como soy gracias a esas mujeres de mi vida, aunque también debo incluir a mi papá, un personaje vital de mis recuerdos.  Nadie me amó y, creo, no me amará nadie como me amó mi papá. Esa es la realidad. Quizá esa sea la razón por la que sigo soltera. O quizá sea una herencia de mis tías, las hermanitas Saavedra. Y es de ellas, o mejor dicho de mi tía Nena, que sigue viva, de quién les voy a hablar. ¿Por qué?

Porque necesito escribir como una catarsis del dolor que tengo. Escribir contra el miedo y contra el olvido. A mi tía, mi madrina, como a tantas otras mujeres, le salió una masa en un seno. A sus 80 años le diagnosticaron un tumor maligno. Ya han pasado dos meses desde que le diagnosticaron cáncer. Hace un mes y medio está quedándose en mi casa mientras le hacen todos los exámenes y las quimioterapias. Ya el pelo se le empezó a caer.

Ella es una de las 462.000  mujeres que cada año son diagnosticadas con esa enfermedad en América, según la Organización Panamericana de la Salud. En Colombia, según el Instituto Nacional de Salud, en 2018 diagnosticaron más de 13.000 con esa enfermedad. Ignoraré las cifras de las que mueren o mejor pienso que 362.000 sobreviven.

Después de unos días de peleas internas con la imagen del Dios católico con el que me criaron, volví a orar para que mi tía sea una de esas sobrevivientes. Ya no le oro a una imagen masculina, ni al padre, ni al hijo o a la paloma. Tampoco a la figura de la madre que llaman Virgen. En mis reflexiones feministas, intuitivas, he pensado últimamente que las religiones son otra forma de patriarcado. Padre, hijo y espíritu santo. Y a ella, a la madre, a María la declararon inmaculada y virgen para ponernos las cadenas de la pureza.

En nombre de religiones han quemado bibliotecas y libros, han quemado mujeres acusándolas de brujas, han matado, han violado. Lo hizo el califa Omar con la legendaria biblioteca de Alejandría; lo hizo la Santa Inquisición de los Católicos en la edad media, que quemaron libros y brujas; lo hicieron los yihadistas islámicos en Tombuctú, Malí; lo hicieron los talibanes en Afganistán y el Estado Islámico en Iraq. Y en pleno siglo XX, en Occidente, lo hizo una profesora apoyada por la Iglesia Católica en Estados Unidos. Y en mi país, Colombia, lo hizo en 1978 (un año antes de mi nacimiento) el ahora embajador ante la OEA, Alejandro Ordóñez. El exprocurador, en ese entonces miembro de la organización Tradición, Familia y Propiedad, encendió una hoguera para quemar libros y revistas en 1978.

Así que cuando oro, no le hablo a esas figuras patriarcales en cuyos nombres quemaron libros y mataron mujeres. Hoy le hablo al Padre y la Madre, al Dios y la Diosa, a Jesús y María, a la tierra y al cielo para que mi tía se sane. Por eso hoy les abro mi corazón, como un homenaje a mi tía y las otras mujeres de mi vida: mi mamá y mis otras tías, primas y amigas.

Para responder esa pregunta de si nací feminista, pues no nací, me criaron. Soy lo que soy gracias a ellas, a su amor, a su ejemplo, a sus aciertos, a sus errores…

Mi tía Nena, Mita, como le digo de cariño a mi madrina, es jubilada, trabajó en el Ingenio azucarero Pichichí, en las oficinas. En mis recuerdos pensé que ella todos los días tomaba el calambuco (una especie de bus o una mezcla de carros con traile que recogía a los trabajadores del ingenio en las poblaciones cercanas) en la esquina de la casa. 

Nena es una mujer seria, ecuánime y que siempre ha apoyado a su familia. Tiene dos amigas entrañables de la época de Pichichí. Mi mamá me contaba que tuvo un novio hace muchos años, como que trabajaba en el ingenio, pero mi papá, que también trabajaba allá, se lo espantó.

Hoy, sentadas en la sala de mi casa, conversamos un rato. Le pregunté sobre su trabajo. Me contó que a los 20 años mi papá la recomendó con Modesto Cabal, el dueño del ingenio azucarero. Llegó sin papeles a una cita con él, solo con su cartón de bachiller. La contrató de inmediato y durante años laboró como auxiliar de caja. Vivió con mi papá y mi mamá en el ingenio.

En mi región los ingenios azucareros eran como una especie de pueblo. La mayoría de sus trabajadores vivían allí, en casas que ellos les alquilaban a bajo precio. Hoy, en nuestra charla, descubrí datos tan interesantes que hacen que la admiración por ella crezca. Que entienda que para ser feminista no hay que leer ni El Segundo Sexo o la Mujer Rota, ni un Cuarto Propio. Leerlos te nutre, te ayuda a entender muchas cosas, pero hay muchas feministas que lo han sido a cuenta de abrirse camino en un mundo dominado por hombres. Y mi tía, la señorita Nena, es una de ellas.

Fue la segunda mujer en entrar a trabajar en el ingenio, en 1960. Cuando entró a trabajar allí como auxiliar de caja solamente estaba la secretaria de gerencia. Y décadas después fue la primera mujer en jubilarse de esa empresa. Fue pionera. Imagínense, una mujer soltera en 1960 en un pueblo conservador de Colombia. Tenía 20 años en ese momento y ni siquiera había votado, pues en esa época la mayoría de edad era a los 21 años.

Aunque el derecho al voto estaba recién adquirido por las mujeres —en Colombia el voto femenino fue aprobado en 1954—, ese derecho lo pudieron ejercer en un plebiscito en 1957. “En el plebiscito del 1º de diciembre de 1957 que proponía una reforma constitucional de catorce artículos para la paz en Colombia, por vía institucional, se depositaron un total de 4.397.090 votos correspondientes a 1.835.255 mujeres y a 2.561.835 hombres. Fue la primera ocasión en que las mujeres pudieron ejercer el derecho del voto en Colombia”, reposa en un documento de la Registraduría.

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En mis recuerdos dije que ella tomaba el calambuco para ir a trabajar. Me equivoqué, pocas veces lo hizo. Cuando mi papá se jubiló y él y mi mamá se fueron a vivir  a Ginebra, ella vivió en la casa de otro familiar por dos años más o menos. Y en 1978 se compró su carro propio: un Renault 4 verde que aprendió a manejar.

Lo compró de segunda y un compañero de trabajo le dio las clases de conducción. El día que se lo entregaron se vino manejando sola, me contó con una sonrisa. Mi tía no es de carcajadas, pero a veces los recuerdos de esa época la hacen sonreír. En estas semanas viviendo juntas por el tratamiento contra el cáncer la he visto reír muchas veces. Ríe cuando mi gato Vito maúlla para pedirle pollo. Ríe cuando mi gata Amelie se sube a su cama. Ríe cuando jugamos cartas y me gana.

Con su carrito, el Renault 4, recorría los 20 minutos de la carretera destapada que separa Ginebra del ingenio. Iba acompañada de compañeros de trabajo, a quienes les ofrecía el aventón.

Con ese trabajo en las oficinas de un ingenio mantuvo la casa de sus papás hasta que murieron y también a su hermana. Mi tía Luz María, hermana de Nena, no pasó de hacer la primaria porque, me contaba mi papá, cuando niña le daban unos dolores de cabeza horribles. Entonces, se dedicó a las labores de la casa y cuidar a mis abuelos mientras vivieron. También a consentir a sus sobrinos hasta que murió de cáncer hace como 15 años.

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Desde ese momento Nena vive sola. Sus días de jubilación los pasa en casa. No tiene gatos, pero sí plantas; aunque no se le dan tan bien, todas las tardes las riega. Lee el periódico todos los días y hace sopas de letras. También ve la Rosa de Guadalupe y algunas novelas.

Siempre ha tenido el pelo corto. Ha sido flaca. Come poco, aunque le gustan las tortas. Mi tía no cocina, frita un huevo de vez en cuando, hace café o caliente la leche. Sabe hacer arroz pero no le pidan unas lentejas o algo más.

—Es que a mí siempre me lo pusieron todo en la mesa. Primero mi mamá y luego mi hermana Luz María —dice.

— ¿Pero tía y estos años sin Luz María qué ha comido? —le pregunto entre risas.

—Pedía en un restaurante el almuerzo —me contesta. De desayuno se toma un café con tostados y de cena casi lo mismo.

Algunos podrían pensar en la señorita Nena es una de ‘esas solteronas’, esa palabra despectiva con la que pretender insultarnos a las “fracasadas”, a los que no pudimos pescar marido. Una publicación de Verne, de El País de España, asegura que una de las primeras apariciones de la palabra «solterona» en la literatura española se remonta a 1809, cuando Santiago González Mateo las describía: “Beata por fuerza, desdentada, virolienta, quadragenaria y tan abominable, que con dificultad pudiera hallarse semejante».

Una imagen que en la cultura popular persiste. Que hace poco escuché en una conversación de primas para referirse a otra que se iba a casar. “Casi la deja el tren”, dijeron, por eso, según ellas, felizmente casadas o divorciadas, se había agarrado al primero que pasó. Lo que fuera con tal de casarse. Creo que se les olvidó que estaba yo, que ni siquiera he comprado el tiquete para ese tren.

—Mita, ¿usted sabe qué es el feminismo? —le pregunté hace pocos días, mientras me miraba leer un libro.

—No sé qué es eso. Es que yo leía poco, trabajaba todo el día —me responde.

Entonces le muestro el libro que estoy leyendo: ‘Feminismo para Principiantes’ de Nuria Varela (PDF) y le leo los fragmentos que he subrayado:

«El feminismo es un impertinente (…) cuestiona el orden establecido (…) es una política que se basa en la justicia». Luego parafraseo otras frases y le cuento que las mujeres hemos sido discriminadas a lo largo de la historia por el hecho de ser mujeres.

Y de mi propia cosecha le digo que este, el movimiento feminista, es diverso, pero que tiene la esencia de luchar por la igualdad: de oportunidades, de decisión sobre nuestros cuerpos. El feminismo derrumba los esquemas, los estereotipos con los que nos han nombrado en lo sexual, en lo personal, en lo familiar y en lo político.

—Tía, yo soy feminista y creo que en parte lo soy por usted.

Soy periodista que ama viajar, incluso sola, que persigue aventuras; soy feminista, que cree que el patriarcado es una estructura que lleva siglos oprimiéndonos, que cree en la inclusión, en la despenalización del aborto, en la necesidad de luchar contra las violencias basadas en género, que ve como una obligación darle voz a mujeres y no solo víctimas sino expertas: abogadas, académicas, doctoras, economistas…

Y recuerdo las veces en que sentí que no encajaba o que sigo sin encajar en el molde y pues, ahora, me pregunto qué pensó ella, en el siglo pasado, en los años 60 cuando entró a trabajar en un mundo de hombres. Para mí, ella, mi tía, la señorita Nena, es una de esas heroínas que me abrieron camino. 

Ilustraciones realizadas por Colectiva

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