Media Cuartilla

“Donde yo te mire y con quien te mire te mato”

“Marina” es sobreviviente de violencia machista. En este relato narra todas las violencias que sufrió de parte de su exesposo y cómo entrar a un albergue contribuyó a salvar su vida.

De novios nunca me dijo «esto no me gusta». Nunca. Decidí irme con él cuando tenía 15 años. Nos fuimos a vivir a la casa de su familia, teníamos un cuartito chiquito y todo era color de rosa al principio. Eso fue en 1986, estaba mi suegro vivo y la casa también la compartíamos con dos matrimonios más. Eran bastantes personas.

Recuerdo que mi mamá llegó a buscarme hasta allá y me dijo: “Vámonos, te vengo a traer”. No me quise regresar. Yo no lo conocía bien. Cierta parte de él fue la que conocí, de la que me enamoré, que me deslumbró, pero hasta ahí nomás.

Yo quería tener un hijo, pero él no. Me decía que todavía no era tiempo, que no sé qué, pero igual yo dejé de tomarme las pastillas. Salí con el embarazo. En 1987 nació mi primer hijo. Él trabajaba en el aeropuerto, era estibador. Yo me quedaba en la casa, comía con mi suegra y hacía las cosas, lavaba la ropa de nosotros y todo lo demás.

Como a los tres años de que nació el niño fue que los problemas comenzaron, él empezó a tomar. Tomaba con sus amigos, se perdía toda la noche. Cuando regresaba a veces por cualquier cosa había pleitos, de lo más mínimo, si él llegaba y el niño estaba despierto y estaba tomado reclamaba que por qué el niño estaba despierto hasta esa hora. Cualquier motivo para él era pleito. Así gradualmente las cosas fueron aumentando hasta que no recuerdo la primera vez que me dio un golpe.

Una vez me dio una patada y no me pude levantar. A como pude fui al hospital con ayuda de un vecino. Me dio rabia. En el hospital me preguntaron qué me había pasado, yo les dije que me había caído, que me había golpeado. Cuando el médico me vio, me dijo que tenía un desgarre en el nervio ciático. Me mandó de reposo absoluto. Ya no me acuerdo cuál fue el motivo, por qué me golpeó.

Cuando mi hijo tenía 7 años yo trabajaba en un colegio de monjas. Siempre a los dos o tres meses tenía que retirarme de los trabajos. Él decía que yo tenía que trabajar en un lugar solo de mujeres porque si a mí me hablaba cualquier compañero de trabajo, ya tenía yo que ver con ellos y era discusión o pleito. Para estar así mejor no trabajaba, así que perdí muchas oportunidades.

La mamá de él se daba cuenta y le decía: “¿Por qué sos así si nunca has visto que tu papá me ha dado un golpe?” La verdad yo nunca miré que el señor le diera algún golpe a ella, ni que le contestara mal. Cada vez que él llegaba bolo ella moría de los nervios. Yo me quedaba en una silla, estática, para tratar de no dar motivos y que se pusiera molesto. Si él quería una sopa en ese momento, yo tenía que buscar cómo hacerla.

Hubo un tiempo en que se fue de la casa, anduvo con otra persona, tuvo una hija con ella. Yo me fui donde mi mamá. Pero bueno, luego regresó y “mira que yo te quiero”, me decía, las promesas que le hacen a toda mujer, así que regresé. La verdad es que hay muchas cosas que hoy casi no me acuerdo, no sé si es por el tiempo o porque he querido olvidar. No sé la verdad.

Cuando el niño ya tenía 9 o 10 años vivíamos en el barrio San Sebastián. Él comenzó a trabajar en otra institución del Estado. Igual tomaba, se perdía dos o tres días y llegaba al día siguiente ebrio. Los pleitos siguieron, si tal vez ya no tenían para tomar licor entonces me reclamaba. Un tiempo se calmó, dejó de tomar. Todo transcurría bien.

Nació mi hija. Una vez él llegó y ella estaba en la cama dormida conmigo. Llegó tomado, no sé qué me dijo, pero me dio un golpe y en vez de darme a mí, le dio a ella. No se medía ni delante de los niños, si tenía un vaso de agua helada en la mano me lo tiraba. Al día siguiente se hacía el arrepentido, hasta lloraba. “Perdoname”, me decía, “no va a volver a suceder”. “Es que no me acuerdo”, insistía. Siempre era lo mismo. “Es que el licor me transforma”, se justificaba.

Yo creo que me amoldé. En mi familia me decían que el matrimonio era para siempre, que uno tiene que aguantar por sus hijos, que uno no puede andar con uno y con otro. Al principio me preguntaba: Si yo lo dejo, ¿qué voy a hacer? No sabía nada. ¿Dónde voy a agarrar dinero? No tenía ningún oficio.

Cuando entré a estudiar sabatino para terminar mis estudios eran insoportables sus celos. Me iba a dejar y a traer. No podía salir tranquila a la calle, no tenía ni amigas. No le daba mi número de teléfono a nadie, menos a un varón.

Una vez ya harta lo denuncié porque golpeó en la cara a mi hijo, lo pateó. Fui a la Comisaría de la Mujer en la estación II, llegó la policía a traerlo y se lo llevaron preso. Llegamos hasta el juicio, estuvo detenido como cuatro meses.

Él tiene una hermana que es monja y ella llegó adonde mí, me dijo: “Mirá, pobrecito mi hermano, hacelo por mi mamá”. Total, que al fin y al cabo salió libre, él prometía lo mismo a las hermanas, que se iba a componer, que iba a cambiar, que él no me iba a agredir. Bueno, salió libre. El hombre regresó a la casa con las mismas, pasó tres o cuatro meses sin tomar y todo bien, pero ya después volvieron las agresiones. A veces no me acostaba esperando que se durmiera. Tenía temor que me diera un golpe.

Al pasar los años él comenzó a consumir drogas. Al principio lo hacía escondido, hasta que una vez yo lo vi. Un día mi hijo me dijo: No puedo estar en el mismo lugar que este señor porque o me mata o lo mato, así que mi hijo se fue de la casa. No quería que se fuera ¿pero qué podía hacer?

Un día le dije: me voy a ir y respondió: “Donde vos estés te voy a encontrar, debajo de las piedras te voy a encontrar”. Donde mi mamá no me podía ir porque era el primer lugar donde iría a buscarme. ¿A dónde me iba? ¿A dónde me iba a esconder? Yo no tenía amigas. ¿Dónde? O sea, alguien de confianza a quien decirle lo que estaba pasando no tenía.

Pero estaba decidida a irme de la casa, ya no lo aguantaba. Me aburrí de los golpes, de vivir con miedo. Siempre estaban las amenazas constantes: “Que si te vas igual te voy a encontrar, y si yo te miro, te voy a matar”. “Donde yo te mire y con quien yo te mire te mato”.

En una oportunidad, no sé por qué, hablando con mi hija le dije que si tuviese un lugar donde irme, un lugar donde yo supiera que voy a estar segura, yo me iría. Entonces me preguntó si estaba segura. Yo voy a hablar con alguien que conozco, me dijo. Y así fue. Ella habló y consiguió que yo entrara a un albergue para mujeres víctimas de violencia. Fui alistando de poquito en poquito mi ropa y la tenía en el cuarto de ella porque muy poco llegaba ahí él.

El albergue

Un martes supuestamente yo iba a trabajar, él se fue en la mañana en el taxi en el que trabajaba. Inmediatamente salió fui a traer mi bolso y me fui.

Una hora y media después ya me estaba llamando. Yo sentía que me moría, era un manojo de nervios, tenía miedo pero no quería regresar a la casa. Siempre a las seis de la tarde, cada vez que ya sabía que él iba a llegar, era una tortura para mí.

Cuando llegué al albergue era como la una de la tarde. Ahí estaban otras dos muchachas. Me invitaron a almorzar. Ahí se siente la protección, o sea, es un lugar cómodo, acogedor, porque sí, son muy buenas compañeras. Cuando van pasando los días te vas sintiendo en confianza y te vas sintiendo segura. Estás segura de que no te va a suceder nada, que no corres el peligro de que te encuentre.

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Yo no puse ni un peso. Te brindan ayuda psicológica. Hay una psicóloga y en mi caso, pues como yo le solicité a ella que quería divorciarme y como fue un divorcio unilateral, ellas me brindaron la ayuda legal.

Estando ahí decidí poner la denuncia por violencia porque mi esposo quedó ahí en la casa y él no se quería ir. Entonces le dije: Voy a tramitar el divorcio, quiero que salgas de la casa, pero costó como dos meses para que saliera porque él me pedía que no lo metiera preso.

La primera noche en el albergue no dormí. Sí, me instalé, cené y todo, pero no dormí. Tuve que tomar pastillas para dormir. Me preocupaba porque no sabía si me iban a despedir o no de mi trabajo, pero tuve la suerte que mi jefe fue muy consciente. Estaba el pico alto de la pandemia y nos mandaron de resguardo. Hablé con la asistente de mi jefe y le dije que necesitaba más tiempo de resguardo, le expliqué por qué y mi jefe dijo que sí, que no me preocupara, que me tomara todo el tiempo que fuese necesario.

Pero una vez tuve que ir al trabajo a firmar unos papeles y no sé cómo pero mi esposo se apareció, llegó a insultarme y tuve que esconderme. No lo dejaron entrar, pero hizo un escándalo. Llegó mi jefe ahí a sacarme, me monté en su camioneta y él me llevó hasta donde mi mamá. Me dijo: haga todo la gestión que tenga que hacer, tómese el tiempo que tenga que tomar, pero si usted tiene que echarlo preso, échelo preso porque ese hombre no la va a dejar en paz. Sentí un gran un apoyo. Me dijo que no llegara a firmar, que no me expusiera a salir del albergue.

Dos meses y medio estuve en el albergue y me vine porque ya tenía que entrar a trabajar, pero en todo ese proceso recibí asistencia psicológica y estuve yendo a la estación de policía, a la Comisaría de la Mujer. La primera vez que llegué la investigadora estaba molesta y me levantó la denuncia sin testigo, sin mandarme una orden, ni remitirme a Medicina Legal ni nada. Quiero que se lo lleven preso, él está en la casa y no se quiere ir, le dije. “Vamos a ver porque si denuncian y llegan a acuerdos y quedan en lo mismo, nada hacemos”, me respondió la investigadora. Lógicamente me dio cólera escucharla, pero así lo dejé.

¿Qué hubiese pasado conmigo si yo no hubiese buscado cómo resguardarme y tomar mis medidas? Seguro hoy estaría muerta.

Para mí el albergue es un lugar donde hay una seguridad completa. El yo interior de uno se encuentra allí. Hay una gran diferencia. Ahora no soy tan sumisa como era antes. Ahora yo digo: quiero esto y no hay quien me diga no. Sí, soy una mujer con una coraza nueva, así me siento, me siento más fuerte. 


Este relato se construyó basado en la entrevista que la periodista Kathya Reyes realizó a Marina.

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