Media Cuartilla

El feminismo en mi vida

“No estoy aceptando las cosas que no puedo cambiar, estoy cambiando las cosas que no puedo aceptar”. Angela Davis

Recuerdo cuando escuché por primera vez la palabra feminismo me sonaba a un grupito de mujeres anti hombres, malcriadas y lesbianas que buscaban protagonismo. En ese momento yo era una adolescente y aunque ya llevaba algunos años organizada en diversos espacios de incidencia política y de defensa de los derechos humanos, apenas hablábamos sobre temas de género.

Tiempo después una de mis hermanas empezó a definirse como feminista y a asistir a algunos talleres sobre derechos sexuales y derechos reproductivos. Recuerdo que ella y una amiga estaban muy entusiasmadas y en un programa radial que conducíamos sobre temas dirigidos a jóvenes y adolescentes me preguntaron qué pensaba sobre el feminismo, yo en mi ignorancia dije algo así como: “No es necesario que me tachen de feminista para luchar por mis derechos”. Me apena recordar esto por lo equivocada que estaba. Desafortunadamente por desconocimiento general es un pensamiento que prevalece en el imaginario de muchas mujeres que luchan por sus derechos desde otras aceras.

Fui una adolescente bastante “normal”, rodeada de amigas y amigos, con noviazgos y amores sufridos, arreglándome para verme “bonita” cada vez que había la oportunidad de ir a alguna fiesta. Crecí en un entorno bastante seguro pero controlado y aunque mi familia paterna y materna son bastante religiosos, nunca fui bautizada, sin embargo aprendí prejuiciosamente sobre la idea del verdadero amor, la sexualidad y la forma “correcta” de ser mujer.

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Algunas veces fui dura señalando a otras mujeres cercanas a mí y conmigo misma al vivir con culpa procesos normales vinculados a mis propios sentires y vivencias. Mis primeras desafortunadas experiencias con hombres surgieron con el acoso callejero, sobre todo cuando entré a la universidad y en el bus me jaloneaban o rozaban. Nunca me defendí, mi recurso era el silencio, fingir y huir de la situación, tenía que acostumbrarme a la nueva circunstancia porque ya me habían advertido que en Managua las cosas eran distintas y que me tenía que  cuidar doblemente.

Antes de entrar a la universidad y durante el primer año, fui parte de una organización juvenil de apuesta al cambio social a la que me gustaba pertenecer por las actividades que teníamos, los temas que abordábamos y la red de amistad que tejíamos en los intercambios con jóvenes de distintas zonas del país.

Un día, en una actividad donde varios y varias llegamos como invitados de la organización, el director abusivamente me saludó con un beso en la boca, mi reacción fue de shock, estaba muy confundida y recuerdo que lo único que sentí fue ganas de salir corriendo y de contárselo a alguien que me creyera, pero también tuve miedo de exponer a esta persona por la posición de poder que tenía. Afortunadamente tuve la suerte de ser escuchada por personas que sospechaban del comportamiento de este hombre con otras mujeres y que no dudaron en condenar este hecho que luego tuvo sus repercusiones, como el relato de otras chavalas que habían sufrido situaciones similares o peores por parte de él y de otros miembros de esa organización. Ese evento sin duda me acercó al feminismo en la búsqueda de espacios organizados más coherentes y seguros.

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Mi primer acercamiento con el feminismo empezó cuando me invitaron a participar de un ciclo de formación sobre derechos sexuales y derechos reproductivos. Esos talleres me confrontaron muchísimo con reflexiones profundas sobre cómo aprendí a ser mujer, con mi cuerpo, con mi sexualidad, con mis deseos, lo que me llevó a una transformación total sobre mi manera de ver las cosas. Si bien el feminismo por definición se refiere a la defensa por la igualdad de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres, pensar en el cuerpo como primer territorio de lucha para conquistar todos los derechos era muy extraño para mí, como si lo relacionado a mi cuerpo fuese algo ajeno, sin importancia, cuando en realidad lo era todo.

Desde el feminismo fui capaz de hablar abiertamente sobre el placer, el erotismo, las maternidades deseadas, las identidades de género, etcétera, sin sentir vergüenza, miedo o culpa. Por el contrario, resignifiqué mi manera de relacionarme con los hombres, con mi pareja, con las personas en general, prestando atención a mis deseos y siendo fiel a ellos.

Antes yo creía que ser ciudadana era tener una cédula, poder votar y ser nicaragüense básicamente, con el feminismo entendí que si no podemos ni siquiera tomar decisiones sobre nuestros propios cuerpos, nuestra sexualidad y nuestras vidas en general, no somos verdaderas ciudadanas, que mientras el Estado omita nuestros derechos y hasta negocie con ellos para congraciarse con la Iglesia y con toda una cultura machista y patriarcal, viviremos en opresión, en dictadura.

En este contexto histórico adverso reconozco que el feminismo ha sido una especie de tabla de salvación para sobrevivir a tanto y para reconfigurar mi manera de hacer activismo, de hacer alianzas y estrategias en pro de la defensa de los derechos de las mujeres e intentando ser una mejor ser humana en el ámbito público y privado. Que nada de eso hubiese sido posible sin la sabiduría de mis ancestras, de mis maestras, de las mujeres cercanas y no tan cercanas de las que tuve chance de aprender y de inspirarme, mujeres que contra viento y marea pudieron abrir caminos para que otras sigamos andando y para que podamos ver las cosas con más claridad, con justicia, con libertad.

Poder hablar de diversidad, de pluralidades y de las intersecciones de los cuerpos es vivir de forma más consciente y hermosa en el mundo sin dejar de cuestionar lo que soy todo el tiempo, evidenciando las injusticias, denunciando, acompañando a otras, respetando los procesos de cada quien, practicando el autocuido y la empatía. Estas son maneras de ser y estar que descubrí con el feminismo.

La palabra más hermosa y valiosa que me dio el feminismo es la sororidad, esa complicidad entre mujeres para actuar, para trabajar juntas, para apoyarnos las unas a las otras en los momentos más difíciles, sin importar de dónde venimos o cuales son nuestros campos de lucha. Sentir el abrazo, el apoyo, la fuerza y la palabra precisa de mis hermanas feministas en momentos de desesperanza, de injusticia y de desolación ha sido vital en tiempos de crisis.

Es difícil numerar los aprendizajes que el feminismo me ha dado, en especial el  movimiento de mujeres históricas de mi país y su lucha, pues a ellas les debo mi nueva forma de ser mujer, de ser hija, de ser tía y de ser pareja. Y aunque no ha sido fácil y más bien ha sido un constante aprender y desaprender, sé que la vida es más ligera cuando hay conciencia feminista, cuando soy capaz de tomar decisiones en beneficio de mí y de lo que quiero, siento y procuro.

Ojalá algún día en la Nicaragua que todas deseamos y merecemos el feminismo no sea tema aparte de un sector reducido de la sociedad, sino una apuesta de todas y todos por ser mejores humanos y por construir una verdadera democracia, libre de demagogias, de discursos viciados, obsoletos, sin ningún fundamento, porque cada día somos más y cada vez menos lo que estamos dispuestas a soportar gracias a la conciencia feminista.

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