Media Cuartilla

Por el feminismo me reinvento y sano

Hace un año una amiga me preguntó: ¿Qué significa el feminismo para vos? Era la primera vez que alguien me hacía esta pregunta y no supe qué contestar. Nunca había reflexionado sobre lo que significaba el feminismo para mí.

Sabía sobre la teoría y estaba al tanto sobre las discusiones alrededor de su definición. Lo definía como un movimiento social que lucha por la abolición del sistema patriarcal, como una filosofía de vida y una práctica política. Pero mi amiga no me preguntó eso, no me preguntó cómo lo conceptualizaba, me preguntó qué significaba para mí. ¡Qué complicada pregunta!

A los 16 años, cuando lo conocí, significó el despertar. Siempre había sido bastante reflexiva y ávida de conocimiento, me hacía preguntas que a los demás no les gustaba, disfrutaba debatir y contradecir. El descubrimiento de este nuevo mundo fue una oportunidad para sumergirme y conocer de todo.

Exploré la historia de mujeres de otros países y de Nicaragua. No sabía que muchos años atrás no teníamos derecho al voto, a la educación, a la propiedad, a la independencia, a la libertad. Vivía en una burbuja gozando de los derechos que a muchas les costó la vida. No sabía que a millones de niñas las mutilan, no solo con cuchillas reales, sino también con el matrimonio, los embarazos forzados, la violencia sexual, el trabajo doméstico.

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Fue un abrir de ojos doloroso, pero también de gran crecimiento personal. Comencé a leer mis primeros libros de feminismo y conocí las gafas violetas. Después de ponérmelas nunca me las he podido quitar. Devoraba libro tras libro, quería saber sobre todas las corrientes, teorías y referentes. Esto me llevó a otro significado: cuestionar.

Súbitamente empecé a cuestionar las expresiones de machismo que había en mi escuela, ya que tenía 17 y estaba a punto de bachillerarme. Cuestionaba el machismo en mi casa, cuestionaba el sexismo de las personas cercanas a mí, cuestionaba mis propias creencias. La gente no se lo tomó bien y comenzaron a señalarme y a excluirme, a llamarme exagerada o loca. Hubo un compañero de clases que me llamó “lesbo-vagina-matriarcado”. Le di diez puntos por su creatividad. No obstante, era realmente cansado tener que lidiar con eso todos los días.

En ese momento miré el feminismo como un refugio, me sentía sola y al escuchar a cantantes feministas o al leer sobre las feministas de la historia me hacía sentir comprendida y que estaba acompañada. Al llegar a la universidad conocí a otras muchachas parecidas a mí, mujeres organizadas, activistas, académicas, todas unidas para combatir el machismo. Fue una experiencia bastante enriquecedora, me di cuenta que todavía tenía mucho que aprender.

En ese momento intentaba ser “la buena feminista”, la que nunca cometía un error, la que aplicaba todo lo que decía para su vida. Intentaba sobre todo ser coherente con mi discurso y mis acciones, pero al mismo tiempo yo era la persona que más juzgaba. Tuve que aprender a negociar conmigo misma, a entender que vivía dentro de un sistema y que eso condicionaba mis acciones y mi forma de pensar, que al final de todo yo también cargaba machismo dentro de mí, que no existía eso de ser “buena feminista”.

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Me había introducido al feminismo y al aferrarme a él lo había convertido en un dogma, en una camisa de fuerza. Se supone que el feminismo era libertad y yo misma me la estaba quitando. Lo empecé a vivir desde otra manera, desde al amor a mí porque si algo había aprendido en todos esos libros que leí, es que el amor a una misma era el acto más revolucionario en un sistema patriarcal.

Creo que esa fue la etapa más valiosa en este proceso, el conectarme desde el afecto, desde el autocuidado, desde la sororidad. Transformé mi perspectiva sobre el amor en todos los aspectos, me volví más sensible y la vez más fuerte.

Si tendría qué decir ahora lo que significa el feminismo para mí, diría que es un puerto seguro al que voy cada vez que hay una tormenta, es donde me resguardo hasta que me siento lista para ir al mundo otra vez. Es también donde me atrinchero y batallo contra los anti-derechos. Es mi fuerte emocional donde recargo fuerzas y continúo el camino.

Soy entre muchas cosas, una feminista y también soy una mujer que va aprendiendo, que se va reinventando, que se va curando, que va sanando. Y aunque todavía me queda una larga travesía por vivir, voy con todo lo que me ha enseñado el feminismo y con todo lo que me han enseñado las mujeres.


Arte realizado por El gato negro lunar

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