“Cuando hablamos de femicidios tenemos que guardar todos los manuales de periodismo tradicionales”

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Por Matilde Córdoba

Dos décadas atrás la periodista argentina Silvina Molina, quien entonces trabajaba en radio, empezó a recibir llamadas de mujeres que eran víctimas de violencia de género.  “Yo no sabía muy bien qué hacer pero por intuición no las sacaba al aire», recuerda. «Empecé a buscar apoyo en profesiones de la psicología, del trabajo social, ellos me fueron regalando bibliografía, involucrándome, enseñándome cómo abordar ese tema”.

De esta forma aprendió a hacer periodismo con perspectiva de género. “Mi ingreso en los temas de violencia fue de la mano de las propias mujeres, me formé en una onegé, haciendo cursos en los hospitales, en espacios donde no era común que hubiese periodistas”.

En 2011, tras muchos meses de análisis y recopilación de información el Área Práctica de Género del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo en América Latina y El Caribe publicó el Manual de Género para Periodistas, que fue elaborado y redactado por Silvina, quien trabaja actualmente en Télam.

En esta entrevista, que fue realizada por skype, explica cuáles son los errores que se siguen cometiendo en los medios de comunicación en la cobertura de casos de femicidios y cómo desde los medios reforzamos la desigualdad entre hombres y mujeres.

¿Cuáles son los errores más comunes que cometemos en los medios cuando damos cobertura a temas relacionados con la violencia de género? Empecemos por los que se cometen cuando se informa sobre femicidios

No puedo hablar por Nicaragua pero en general en América Latina y el Caribe, hace poco estuve en Dominicana dando un taller, seguimos justificando los feminicidios a veces abiertamente desde los medios, y esto lo fui aprendiendo con los años y en los encuentros con periodistas. En la rutina diaria está tan incorporado el por qué la mató.

¿Por ejemplo cuando preguntamos por el móvil del crimen, la causa por la que ocurrió el femicidio?

“La mató porque estaba celoso”, “porque estaba borracho”, el por qué está justificando al femicida y eso lo tenemos que desterrar de nuestro trabajo periodístico.

El femicida no puede ser justificado de ninguna manera, no todas las personas que tienen problemas con el alcohol y con las drogas matan, por ejemplo. Esto es algo que se escapa aún en algunos medios que hacen buena cobertura cuando empezas a leer el texto: la mató porque… La mató porque es un asesino, porque es un representante de una sociedad injusta en la que los hombres consideran que tiene poder sobre las mujeres, que somos objeto y hasta la pueden matar.

Otro tema problemático es que sigamos hablando de crímenes pasiones, los crímenes pasionales no existen, la pasión es maravillosa, en las relaciones de pareja es lo mejor, pero asesinar y golpear no es pasión, eso se llama violencia y se llama feminicidio. Creo que son dos de las cosas que nos cuesta trabajar cuando tocamos temas que tienen que ver con feminicidios.

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Las mujeres que se reinventan por el cambio climático

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Cultivo de maíz en la parcela de Yokasta Calero, en San José de Pire, Condega, Estelí.

Por Matilde Córdoba

En los primeros días de septiembre Yokasta Calero, agricultora de San José de Pire, una comunidad ubicada en las profundidades de Condega, en el corredor seco del país, tiene previsto sembrar dos manzanas de frijoles y de sorgo. En sus manos tiene un informe meteorológico para los próximos quince días. Sabe cuánto será la velocidad del viento, la humedad relativa, las temperaturas máximas, mínimas y medias; la radiación solar, la cantidad de lluvia que caerá y con qué intensidad.

Esta información le fue proporcionada por una de las 12 estaciones meteorológicas que han sido instaladas en comunidades de algunos de los municipios de Estelí y Madriz. Una de estas se encuentra en una parcela propiedad de Yokasta, quien tiene 40 años y es madre de dos mujeres y un varón.Leer más »

Más de 10,000 caricaturas, pero solo 7 para llevar

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Por Matilde Córdoba

Hace unos meses le pedí al caricaturista Pedro X. Molina que escogiera las cinco caricaturas con las que más se identificara. Le costó un poco decidir, pero aquí está finalmente su selección y también una explicación de por qué las escogió. En vez de cinco, eligió siete. Dice él que esta entrada podría titularse “Siete caricaturas que no son la octava maravilla pero que a Pedro X. Molina le gustan”. Yo creo que dibujan su larga y fructífera trayectoria.

En septiembre de 2012 le hice una entrevista y fue un poco complicada. A Pedro le fascina parecer un tipo aburrido que no tiene nada que contar. Esa pose, sin embargo, poco o nada tiene que ver con él. Es un gran conversador y eso queda en evidencia hasta en sus extensos correos electrónicos.

Así empezaba el texto que escribí entonces: “Pedro X. Molina, el genial caricaturista que ha sacado más de una corroncha a políticos, a curas y a otras personalidades de la vida nacional, creció entre historietas cubanas y libros de comunistas rusos. Se resiste a contar detalles de su vida privada y jura ser el hombre más aburrido del mundo. Lo cierto es que es un hablador nato que gusta de la crítica porque la ve como esencia de la democracia”.

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Sus caricaturas han sido publicadas en todos los periódicos de circulación nacional y en diversos medios internacionales, entre ellos The Washington Post, Los Angeles Times, Chicago Tribune, The Vancouver Sun, El Universal de México, La Tercera de Chile y Newsweek (Latinoamérica).

Esta es la selección de Pedro. El texto debajo de cada caricatura y el titular fue escrito por él, en este explica el por qué de la elección.

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«La palabra feminismo se empezó a usar hace poco más de 100 años en Nicaragua»

VICTORIA GONZÁLEZ
Victoria González Rivera-Media cuartilla

Por Matilde Córdoba

¿Quiénes fueron esas primeras mujeres que empezaron a hablar de feminismo en Nicaragua? La historiadora Victoria González Rivera se remonta a inicios de 1900 para contestar esta pregunta.

González Rivera es autora de “Before the Revolution, women’s Rights and Right-Wing politics in Nicaragua 1821-1979”, que aborda los inicios del feminismo en el país y actualmente elabora una investigación sobre los últimos años de la diversidad sexual en Nicaragua.

¿Quiénes fueron las primeras feministas en Nicaragua y qué demandaban?

La palabra feminismo se empieza a usar hace poco más de 100 años en Nicaragua.Yo encontré que ya para 1905 se usaba, pero tiene orígenes todavía anteriores. En el caso de Nicaragua, al igual que en el resto de América, esta lucha de las mujeres está ligada a los procesos de independencia.

Cuando los hombres dicen: somos libres o queremos ser libres, pues se dan cuenta las mujeres, y los hombres también, que es muy hipócrita el tener derechos y negárselos a las mujeres.

Ese discurso en parte tiene orígenes europeos pero también autóctonos, porque ¿qué más autóctono que el deseo de ser libre? Se habla de la Revolución Francesa, y eso no se puede negar pero quisiera hacer hincapié en las experiencias locales. Lo que sucede en Nicaragua es que mujeres a nivel individual deciden que quieren ampliar sus experiencias, tener acceso a carreras universitarias y a nivel individual avanzan y eso ya es un precedente. A nivel colectivo con el nombre de feministas no se crea un movimiento hasta el siglo XX. Pero son importantes todos los pasos que se dan en el siglo XIX.

El movimiento feminista de esa primera ola tenía lazos con mujeres en otros países y en mi opinión no hay que verlo como injerencia extranjera, todas se comunicaban y viajaban y se conocían entre ellas. Estaba entre ellas Juanita Molina de Fromen.

¿Quién era ella?

Ella es un caso muy interesante. Trabajó con doña Josefa Toledo de Aguerri, fue delegada en la Comisión Interamericana de Mujeres y asesora en asuntos de educación para el gobierno nicaragüense. Se casó con un estadounidense, estudió en Nueva York, quedó embarazada y tuvo depresión postparto y parece que se suicidó, entonces el esposo, quien apoyaba mucho el movimiento feminista en Nicaragua, tuvo un hijo luego que se volvió a casar, hablé con el hijo y él no sabía nada sobre esto. Ella estaba en contra de los marines estadounidenses en Nicaragua y tenía mucho optimismo de los cambios que iban a haber en Nicaragua. Trabajó para el gobierno nicaragüense de marzo a agosto en 1930 para el gobierno de Moncada.

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Nicaragua: ¿es cierto que los jóvenes de hoy son apáticos a la política?

JOVENES MEDIA CUARTILLA

Por Matilde Córdoba

Un par de semanas atrás el sitio web del semanario Confidencial publicó un artículo que provocó un acalorado debate entre los jóvenes y algunos adultos y no tan adultos. Abordaba algunos de los hallazgos del estudio Masculinidad hegemónica en los jóvenes posrevolución  —realizado por la periodista Sofía Montenegro, del Centro de Investigaciones de la Comunicación (Cinco)— entre los que destacaba el escaso interés de la juventud actual por la política. Las reacciones fueron inmediatas. Artículos con explicaciones y reclamos fueron y vinieron en distintos medios digitales y en las redes sociales.

“Nos tildan de “individualistas” porque valoramos la educación como una forma de salir adelante y aportar al país (eso es acción política, pero no la que quieren reconocer como tal ahora)… Nos llaman pasivos porque nuestros padres nos han recomendado hasta el cansancio que no vale la pena solo concebir la idea de comprometerse a un proyecto armado en contra de un gobierno”, fue parte de lo escribió Ernesto Rogelio Valle Moreno en un artículo publicado en la comunidad de bloggers Política Mente Incorrecto a modo de respuesta.

Ese fue una de las primeras reacciones, pero luego vinieron muchas más, entre esas la del caricaturista Pedro X. Molina, quien dedicó una caricatura al tema y luego escribió un artículo respondiendo a las críticas de los jóvenes.

Convencida que el tema nos atañe a todos, entrevisté a Sofía Montenegro para que ahondara más sobre la investigación y respondiera a los cuestionamientos. A continuación la conversación con ella.

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El mito de Oliverio Castañeda

LA TUMBA

Por Matilde Córdoba

Soy Gregorio Reyes, panteonero desde los once años. En ocasiones improviso y me convierto en guía turístico. Así como ando, con zapatos viejos y sin calcetines, a veces sucio y cargando un balde y una pala, sigo a los despistados que se aparecen por aquí buscando la tumba del famoso envenenador. Esta tarde de sábado, nublada y como siempre calurosa, estaba sentado con otros tres amigos debajo de un frondoso nim que está en la calle principal del cementerio cuando de pronto se detuvo un vehículo chiquito, de esos que ahora abundan.

Bajaron el vidrio de adelante y preguntaron:

—¿De casualidad saben dónde está la tumba de Oliverio, de Castañeda?

Era una muchacha. Supe después que era periodista porque hacía muchas preguntas.

—En la tercera calle doble a la izquierda, al tope, junto a una tumba de verjas negras. No se pierde— contestamos los tres casi al mismo tiempo, señalándole con el dedo.

Pero se perdió. Casi siempre se pierden. Logré ver el carrito desde lejos y me monté en mi bici. La seguí junto a uno de los chavalos que me acompaña siempre, uno que también vive en el barrio, aquí nomás en Guadalupe. Ya había llegado al tope y estaba enderezando el carro, por lo que le pedimos que nos siguiera y así lo hizo. Nos detuvimos a pocos metros.

—Esta es, bájese— le sugerí, mientras le señalaba la losa blanca que tiene inscritas las palabras que ella miró toda alegre: “Dr. Oliverio Castañeda. 7 Julio, 1936”. Sobre la losa hay también una lápida, otra fecha (7 junio, 1936) y un versículo: “Mía es la venganza”. Hebreos 10:30.

Se quedó un rato viéndola, como hacen todos. Así pasó con una chinita que vino hace poco. Cargaba el libro que escribieron sobre él y pidió que la trajéramos. Me dejó cien pesos porque le estuve contando cómo vienen aquí los estudiantes de psicología y los de derecho y se paran frente a la tumba para cuchichear entre sí. A esta periodista le conté lo de la china y también lo de los cien pesos.

—La otra vez vino un gringo, traía un libro autografiado por el que lo escribió. Ese que lo escribió también vino y se hizo fotos.

—¿Y quiénes más vienen?—preguntó ella.

—También vino el Canal 10 y un picadito le dijo un poco de locuritas. Le habló de una viuda que viene a enflorar la tumba. Puras locuritas esas.

—Dicen mucho eso, que viene una mujer, que siempre está enflorada la tumba—insistió la muchacha.

Así que le aclaré que no, que eso no es cierto y le conté que desde chavalo me manejo en el panteón. Que antes sí solía venir con alguna regularidad una señora que vivía en el extranjero y que creo que vivía en Miami, pero ya ha de estar bien viejita porque hace mucho no viene. Parecía que había sido estudiante de él.

Al decirle eso ella me quedó viendo con cara de que no me creyó y se puso a tomar fotos. Cuando terminó de hacerlo le conté que una vez le vendí el libro que escribieron sobre Castañeda a un extranjero que se apareció aquí buscando la tumba.

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Lo que el güegüe me enseñó

UN GUEGUE1

Por Matilde Córdoba

Poco después de accidentarme junto con mi tía Mirna aquel 6 de enero de 1990 recibí un regalo: el cuento infantil Un güegüe me contó. Me lo llevó alguien que llegó a visitar a mi abueli a León después de la muerte de mi tía. Antes de escribir esto le pregunté a mi mamá quien había sido. Dijo que María Hamlin. «Era amiga de Mirna», añadió.

Los meses posteriores a la muerte de mi tía me atribulé con pensamientos nada típicos en una niña de cinco años. Nadie había podido explicarme bien cómo es que ella había muerto. Las pocas preguntas que hice entonces no pudieron ser respondidas. Creo que entonces asenté algunos rasgos muy característicos en mi personalidad. En esos momentos de silencio encontré paz en el libro. Me intrigaban los cuerpos desnudos de las personas ahí retratadas, sonreía viendo cómo le colgaban las chichas a las mujeres ilustradas. Volteaba las páginas y me quedaba ida frente a las huellas pintadas en las páginas del libro —las huellas de Acahualinca—.

«Un día malo, hace ya como quinientos años,

hombres de casco y coraza, encaramados en caballos,

con armas de hierro que volaban pólvora,

llegaron a Nicaragua para robar el oro de los templos

y el de los brazaletes…».

Extracto de Un güegüe me contó

Unos años atrás fui a entrevistar a María López Vigil a su oficina en Nitlapán y me encontré con el libro expuesto en una vitrina ubicada en la recepción, ¡qué gran alegría fue aquella! Yo me sabía única por haber tenido ese libro. Pensaba que solo yo lo tenía. Supe hasta ese momento que mi entrevistada era además su autora y con gran entusiasmo le conté que el libro había sido algo así como una fuente de tranquilidad para mí. Con pena le confesé que nunca lo había leído.

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¿Tenemos todos un poquito de Ricardo Mayorga?

 

 

PORTADA QHUBO

Por Matilde Córdoba

Asistimos al último espectáculo de Ricardo Mayorga. Vimos un video en el que sale robándose un celular con la experticia de la mejor ganchera, escuchamos luego las declaraciones de su abogado, Carlos Mario Peña, asegurando que el exboxeador estaba guardándose el aparato en la bolsa trasera de su short. Luego lo escuchamos a él diciendo que no tiene necesidad de robarse un celular porque “¡celulares son lo que más le sobran!”. Volvimos a ver el video (solo en la web de El Nuevo Diario las cuatro notas acerca de esto tuvieron 60,000 visitas en un día) y nos quedamos, como siempre, debatiendo sobre la vulgaridad y los excesos del que un día fue el campeón de las 147 libras de la AMB y el que noqueó a Vernon Forrest.

A Mayorga lo acusaron por violación poco antes de su pelea contra Félix Trinidad en septiembre de 2004, pero antes ya había ido a los juzgados acusado por los delitos de amenazas y lesiones. El año pasado lo vimos en la tele manoseándole las nalgas a la novia de Shane Mosley y luego observamos con detenimiento un video grabado por unos transeúntes en el que salía durmiendo en aparente estado de ebriedad. Todo lo que huele a Mayorga genera visitas en las páginas web, rating y controversia. Me explicaba el colega Carlitos Alfaro que Mayorga ha sido experto en mercadear sus peleas. Cuando se enfrentó a De La Hoya, a Vargas, a Mosley y a Cotto fueron llenos totales porque él “con su estilo de chico malo motivaba a la gente a pagar el PPV”. Dicen los consabidos en el tema que técnica nunca tuvo pero que era fuerte, que aguantaba y que golpeaba. Más recientemente popularizó las artes marciales mixtas en el país. Ahí estábamos todos viéndolo hacer el ridículo. Para quejarnos, para vulgarearlo o para mostrar pesar, pero estuvimos frente a la tele.

Por eso entonces convendría que nos preguntáramos qué tanto tenemos todos de Mayorga y en qué medidas hemos contribuido a hacer de él lo que hoy es. Yo iría más allá y preguntaría por qué en su mayoría los deportistas nicas no son responsables con la fama que llevan a cuestas y por qué vivimos tratándolos con guantas de seda.

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El periodismo me regaló un abuelo

ONOFRE GUEVARA

Por Matilde Córdoba

El periodismo me regaló un abuelo.

A los cuatro años él dejó de caminar. Se quedó tullido. Su hermano mayor lo tuvo que llevar cargado por casi seis meses donde una vecina que le regalaba a diario un vaso de leche de cabra y así pudo andar de nuevo. Lo llamaron Onofre, como su papá y su bisabuelo. Tiene ya 86 años y nunca le han gustado los santos. Le daban miedo, me contó hace poco. Él ahora cree que ese es el origen de su nula creencia religiosa.

Se convirtió en mi pariente por decisión propia. Un día, no sé cuál, me adoptó como su nieta y hasta la fecha yo lo he asumido con orgullo. Siempre dice que padece de cuatro enfermedades. Recuerdo que solía repetírmelo antes de salir del periódico a tomar el bus en la calle marginal. Lo decía carcajeándose: estoy viejo, soy pobre, ando a pie y vivo largo.

Escribir estas líneas es complicado porque ahora que lo pienso, no hay nadie que haya señalado más mis errores que él. Si encuentro un correo suyo en la bandeja de entrada intuyo que algún error fue publicado bajo mi nombre. Ahorita me puse a buscar sus correos y entre tantos encontré este de 2012: “En esa página de buena lectura hay un error de la entrevistada, pero que vos pudiste corregir y no lo hiciste: ‘…muchos quieren encajar en esta sociedad a como dé lugar…’. Esa preposición a, antes del adverbio como (‘a como’), es inadmisible en español: es un error. Basta decir: quieren encajar en esta sociedad como dé lugar. Abrazos del abuelo necio”.

El abuelo necio ya era una leyenda cuando lo conocí. Había leído un libro suyo en la UCA —¿Cómo dice que dijo?— y también sus columnas. Sabía que había sido sindicalista y que es autodidacta. Un día de estos me fui a visitarlo y le pedí que me contara más sobre él. Nos sentamos afuera de su casa, en San Judas. Yo sosteniendo un calachero en las piernas —grabadora, bolso, libreta y lápiz— y él un ejemplar de Gente de Gallos y otro de El Quijote. El libro, ya malmatado y amarillento, fue obsequio de uno de sus hijos fallecidos en la guerra. Lo ha leído unas cuatro veces me contó ese día.

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¿Quién defiende a las que nos defienden?

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Por Matilde Córdoba

A Cecilia Torres la mató un maestro. “Mire, doña Cecilia, vengo a arreglar con usted”, le dijo el hombre momentos antes de meterle el cuchillo en el estómago. Ella había luchado incansablemente durante tres años para conseguir la pensión de alimentos para su nieta y lo había logrado, pero el maestro no había cumplido con entregar los C$600 estipulados por un juez. Antes que la asesinara, ella había instado a su hija a que lo demandara por incumplimiento de deberes alimentarios y así había sido.

La mujer, oriunda de Caratera, La Dalia, era una partera, brigadista de salud, activista del Cenidh y también miembro de la Red de Mujeres del Norte. “¿A qué reuniones no iba la Cecilia? A todas. La recuerdan siempre buscando cómo ayudar a los demás y en especial a las mujeres. La recuerdan valiente, decidida: no tenía miedo a hablar, en cualquier reunión siempre estaba dispuesta a compartir experiencias”, dice un artículo publicado en la revista Envío en diciembre de 2007, año en que fue asesinada Cecilia, que fue escrito por el Grupo Venancia.

El caso de Cecilia, uno de los 60 femicidios registrados ese año, lo trae a la plática Jamileth Vallejos para describir los riesgos a los que están expuestas las mujeres dedicadas a defender nuestros derechos. Ella pertenece a la Red de Mujeres del Norte y conoce en carne propia estos riesgos. Una vez un hombre armado la llegó a buscar cuando se encontraba acompañando a una mujer que había sido violada.

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